¡Más fanarts de Un pavo rosa!

He tardado, ¡pero por fin he escaneado los fanarts de Nick y Álex que me dio Albaharu en las jornadas KBOOM! ¡Me en-can-tan!

¿Que cómo voy con la segunda parte? Em, pues eso. Voy.

Tengo que decir que este año me ha hecho ilusión encontrarme con fans inesperados. En Sant Jordi y las KBOOM vinieron a verme varias personas que querían charlar específicamente sobre Un pavo rosa o que venían a comprarlo por recomendación de alguien. Alguna vez me ocurre también en las redes sociales que alguien (desconocido para mí) salta: “Oye, que me he leído todo lo tuyo y me flipa”. OH, LECTORES ANÓNIMOS QUE TAN SILENCIOSAMENTE PASÁIS POR MIS CREACIONES CUAL VIENTO ENTRE LOS SAUCES, ¿POR QUÉ NO DAIS SEÑALES DE VIDA ANTES?

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BSO de Un pavo rosa (Acto I)

Por si alguien no se ha dado cuenta aún, Un pavo rosa es una comedia musical. En él la música, al igual que la representación teatral, tiene una importancia enorme. En esta entrada hablé de la obra que en él se representa, la famosa El hombre de la mancha, pero hoy voy a desglosar las canciones que componen esta “banda sonora” de este primer acto de la historia. ¿Preparados para el flashback?

—¿Pero tú conoces algo de música, aparte del Play Music y los 40 Principales? ¡Ninguna de las aberraciones que has nombrado merece siquiera llamarse música!

—¿Qué? —dijo Nick, perpleja—. Bueno. Pues lo mismo yo creo que lo que escuchas tú es una basura, ya ves. Cada uno tiene sus opiniones.

La mayor parte de la música que escuchan los personajes de la novela son canciones conocidas de los 90. La década de los 90 es, a día de hoy, la gran desconocida: todavía no ha pasado el tiempo suficiente para que la distingamos de la música que se publicó en los 2000-2010 (tampoco ayuda que los primeros 2000 tuvieran un sonido muy parecido) y, para otros, forma una especie de amalgama indistinguible con los años 80 que se engloba dentro de aquello llamado juventud o infancia.

Sin embargo, para los que fuimos adolescentes a mediados de los 90 había muchas opciones. Fue una época de esplendor para el rock y el punk alternativo (Garbage, Green Day, Offspring) y los inicios de géneros como el grunge o su derivación screamo (Nirvana, Soundgarden, Foo Fighters). También tuvimos hip-hop, el comienzo del nu-metal, una época dorada del pop británico (los años del “Cool Britannia”), varias “mujeres blancas enfadadas” como Alanis Morissette, Tracy Bonham, Ani DiFranco, Meredith Brooks… Y, por supuesto, ese género tan noventero y tan europeo como el eurodance, una especie de tecno-trance-bakalao mezclado con melodías poperas y pegajosas cual chicle de fresa. Nadie ha reconocido lo suficiente la influencia del eurodance en sus primeros besos o en sus primeras borracheras.

Si no tienes tiempo para leer la lista entera, he creado un par de listas en Spotify que te harán el apaño. Incluyen algunas canciones que finalmente no cupieron. 😉


1. Backstreet Boys – Everybody (Backstreet’s Back)

Aunque se tratase solo de decidir qué Backstreet Boy estaba más bueno en general, si Kevin o Brian, Nuria era capaz de defender a muerte su elección.

Everybody (1998) fue el primer single del segundo álbum de estudio de los Backstreet Boys, aquel grupo de muchachos de Orlando que seguían la estela de las boybands como New Kids on the Block y Take That. Boybands siempre ha habido y siempre habrá: responden a la fórmula de chicos jóvenes y guapos (ahora se dicen metrosexuales) que cantan canciones pop no muy complejas, con cierta armonía vocal, y que provocan una reacción automática entre las adolescentes. Se podría decir que están asociadas irresolublemente con su despertar sexual.

En Un pavo rosa, aunque Nick prefiere a Kevin y Nuria a Brian, Álex establece una correlación lógica (de esas que solo Álex entiende) entre su compañera Verónica Harrington y Nick Carter de los Backstreet Boys. Al margen de si el parecido físico es notable o no, el apodo termina por ser muy popular en el instituto.

2. Chayanne – Salomé

Su vecino eligió ese momento para dar volumen a Los 40 Principales, el Play Music o lo que fuera que estaba escuchando esa mañana: Baila que ritmo te sobra, baila que báilame, retumbó la pared con la voz de Chayanne.

Chayanne fue una muestra más de la penetración de los artistas latinoamericanos en la península, al estilo de Ricky Martin o Shakira. La fórmula era simple: cantante de buen ver y temas bailables al tiempo que románticos con cierta inspiración latina (los ritmos “latinos” como el reggaetón todavía no estaban tan de moda). La canción Salomé hizo estragos en el verano del 98 y su estribillo nos persiguió durante años.

En Un pavo rosa, es una de las primeras canciones que aparece, para definir bastante bien el ambiente en el que nos movemos. Esto no es un libro hipster, señores. Aquí las protagonistas se despiertan con Chayanne a todo volumen en el televisor del vecino.

3. Garbage – When I Grow Up

Un extraño silencio imperó después de esto, con la canción de When I Grow Up como fondo.

Garbage es uno de los pocos grupos que lograron un resultado duradero mezclando rock alternativo con una electrónica sucia bastante convincente. Aunque yo prefería a los Garbage más en bruto de I’m Only Happy When It Rains a los más refinados de Cherry Lips, reconozco que supieron reciclarse y gustar al gran público, cosa que no era tan fácil con su estilo. Pegaron fuerte desde mediados de los 90 hasta bien entrados los 2000.

Aunque lo que más se recuerda de When I Grow Up es el “papapapá, papapapá” del estribillo, este tercer single de Version 2.0 (1998), después del grandioso I Think I’m Paranoid, es una especie de himno a la adolescencia. Tenía una letra que pretendía reflejar la irreflexión y el arrojo de la edad. “Unprotected, God I’m pregnant, damn the consequences”. Era ideal para que sonara en el pináculo del teenage angst de la novela.

4. Green Day – Basket Case

Dio un portazo, puso Basket Case de Green Day a todo volumen en su minicadena y se arrojó de un salto sobre la cama. Protegida por el sonido atronador de la guitarra eléctrica y la voz de Billie Joe, dejó caer unas pocas lágrimas de autocompasión.

También conocida como “la canción del boli verde” y “oyoyoyoy la canción esa” en Un pavo rosa, el tema punk rock Basket Case (que podríamos traducir como “Un poco ido”) es uno de mis temas favoritos de Green Day y con el que identifico bastante a Álex. 😉

Aunque el disco que Green Day había sacado en 1998 se llamaba Nimrod, Basket Case es de 1994. Más adelante también se harían famosos otros temas como American Idiot y When September Ends.

5. DJ Kun – Ponle sabor

—Y en el número cinco de nuestro Top Play continúa DJ Kun con su canción Ponle sabor. Os dejamos con ella.

¿Alguien se acuerda de DJ Kun? Era un chico argentino que hacía una especie de, no sé, ¿pre-reggaetón? Su canción Ponle sabor estaba por todas partes en 1998. Lo cual se traduce, lógicamente, en que suena de forma invasiva cuando Nick va al baño en su casa.

6. Nirvana – Smells Like Teen Spirit

El sonido de la música resultaba atronador para los oídos de Álex: With the lights out it’s less dangerous, decía Kurt Cobain, y por un instante, Álex deseó amordazarlo.

Obvio, pero no podía dejar fuera este homenaje noventero al teenage angst y la canción más conocida de Nirvana. Álex es una gran fan de Kurt Cobain (al extremo de que tiene la agenda decorada con recortes suyos y que piensa que Courtney Love debería estar en la cárcel).

Hasta los que en su vida han escuchado grunge pueden recitar este estribillo: “With the lights out, it’s less dangerous / Here we are now, entertain us”. Tenía sentido que sonara en una fiesta repleta de adolescentes.

7. Ska-P – El gato López / Cannabis

—¡Manu! Querrás ya dejar de hacer el mono de una puta vez —voceó desde atrás una voz de chica.

—Sigue, sigue, sigue, sigue, sigue, este López.

España entera bailó ska y gritó oi! con Ska-P en 1997-98. Es uno de estos fenómenos que a veces aparecen: un grupo de anarcopunks que firma por una gran discográfica y hace un disco que va y gusta al gran público. Con letras como “Somos la revolución, sí, señor, tu enemigo es el patrón”, que canturreaban los adolescentes de todos los tipos mientras se liaban un porro.

En Un pavo rosa aparecen dos canciones de Ska-P, a falta de una: El gato López, que en mi cabeza está asociada firmemente con Richi y su familia, pese a tener distinto apellido; y Cannabis, que se menciona de pasada en otro momento. Era muy difícil no tener en la cabeza en todo momento ese estribillo de “legalegalización”. Ska-P siguieron sacando álbumes y haciendo canciones en su estilo durante casi toda la década de los 2000.

8. Roxette – Joyride

Por los altavoces de la montaña rusa, que vibraba con el peso de las vagonetas, sonaba una versión acelerada de Joyride, de Roxette.

Se escucha como un eco en la montaña rusa de la feria bajo la que hablan Álex y Nick. Si me hubiera puesto estricta con la época, lo más probable es que hubiera sonado la reciente Sleeping In My Car o, como mucho, How do you do! Pero Joyride era ineludible para una feria con sus cacharritos y su algodón de azúcar. No podía resistirme a hacer que Álex abriera su corazón mientras de fondo sonaba ese inconfundible estribillo: “Hello, you fool, I love you”.

9. Ace of Base – Cruel Summer

Los Ace of Base gritaron it’s a cruel, cruel summer.

Al igual que Roxette, Ace of Base también eran suecos, y sus melodías de corte pop dance pegaron fuerte en los 90. Seguramente recordaréis esa icónica All That She WantsCruel Summer es una versión de una canción de Bananarama de los ochenta (si aún no habéis escuchado a Bananarama, no sé qué estáis haciendo). Aunque me gusta más la original, esta canción pegaba perfectamente con ese verano salvaje que están viviendo Álex y Nick en el 98.

10. Camela – Estrellas de mil colores

—¿Cómo es la canción? Soñaremos juntos llenos de ilusiones, veremos las estrellas… —Puso cara de morder un limón.

De mil colores… —completó Nick con una sonrisa.

Los 90 no están completos sin Camela. Puedes pensar lo que dé la gana acerca de su tecnoflamenco-rumba-pop-todo-suena-parecido, pero el grupo vendía millones de discos por entonces. Si no era Escúchame, este otro tema tenía que hacer su aparición. A Nick le gusta mucho Camela, incluso tiene cintas grabadas de ellos. ¡Eso para Nick es mucho!

11. Frank T – La gran obra maestra

Alguien había tenido la buena ocurrencia de poner a Frank T, cuyo rap sonaba a todo volumen.

Al igual que aquellos que no son fans del grunge saben lo que es Nirvana, aquellos que no son fans del rap quizá conozcan a Frank T. En 1998 era uno de los máximos exponentes del hip-hop patrio, primero con su grupo (El club de los poetas violentos) y luego en solitario. Es de Torrejón, a pocos kilómetros de Alcalá de Henares, la ciudad del este de Madrid que acogió el nacimiento de la escena del rap en España. En Un pavo rosa actúa precisamente en las fiestas de Torrejón de Ardoz.

Frank T es un bro. Es un tipo inteligentísimo con unas letras de lo más ocurrentes. Las chicas le tenemos simpatía porque nunca ha adoptado esa actitud típica de raperos de degradar a las mujeres por diversión. Echa una mano a los chavales que quieren hacer hip-hop en España y es, como supongo que siempre quiso, un modelo para ellos. A Nick le gusta mucho… en muchos sentidos, lo que hace bastante probable que repita aparición en el acto II.

12. Soundgarden – Black Hole Sun

Jorge tenía puesta Radio 3. A través de los altavoces de la minicadena sonaba la canción del momento de Soundgarden.

Aunque no es mi canción favorita de este grupo, era otro de esos temas que estaban por todas partes a finales de los 90. Soundgarden representan el grunge ya algo derivativo, heredero de Pearl Jam y Nirvana, y tuvieron un gran éxito con esta canción y con su otro single, Spoonman. En mi cabeza Black Hole Sun está asociada a Jorge y, más específicamente, a la manera trágica de ver la vida que él y Álex comparten: “Black hole sun, won’t you come / And wash away the rain…”.

13. Olivia Newton-John – Xanadu

—¿Qué es eso? —preguntó Álex, levantando la vista.

—Es que estaba puesto el vídeo —explicó rápidamente Nick.

—No, espera. ¿No es esa la película de Xanadu?

También conocida como “la canción que suena en ‘ese momento'”, es una de las pocas canciones de la novela que no pertenece a los noventa, pero sí a un musical. A uno de los peores musicales de la historia, para ser sinceros, ese que se suponía que debía catapultar a Olivia Newton-John a la fama después de Grease y que la catapultó de cara a las críticas más duras.

Con todo, la escena de los patinadores (que presencian con arrobo las dos protagonistas de la novela) es entrañable. En todo Un pavo rosa hay detalles inspirados en diversas películas musicales. De Xanadu está presente, sobre todo, el sombrero blanco de vaquera, pero animo a cualquiera que esté aburrido a intentar encontrar más señales, tanto en el acto I como en el II.


Con este percal, de nuevo… ¿Qué se puede esperar para el acto II? Más años 90, por supuesto, pero habrá algunos cambios. La música está evolucionando rápidamente. El eurodance da sus últimos coletazos. El hip-hop se adueña del cambio de milenio. Puede que a Álex y a Nick ya no les interese tanto la música que respectivamente les gustaba.

En Un pavo rosa 2 harán su aparición todos los grupos británicos de pop rock que, esta vez sí, a mí me encantan, pero también habrá espacio para el pachangueo y las canciones procedentes de musicales. Todavía estoy puliendo lo que se quedará y lo que no (so pena de que la novela parezca más bien un anuncio). A veces me veo en la tesitura de buscar exactamente el día en el que salió un sencillo en España, ¡y no creáis que es tan… sencillo! 🙁

En general la banda sonora será similar a la del acto I, pero es posible que suene algo más “barroca” (iba a escribir “madura”, pero JAJAJAJA). Si es así, estará en consonancia con el texto… 🙂

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Teaser del acto II de Un pavo rosa

¡He terminado el acto II de Un pavo rosa! Aquí está.

Había que imprimirlo para dar fe, pero la impresora de mi curro se ha quedado muerrrta con semejante taco de folios.

¿Queréis leer algo? ¿El primer capítulo? Vamos con algo más visual, mejor. Estas son Álex y Nick con el atuendo que llevan en parte del acto II y vistas por la increíble tableta de dibujar de Henar Torinos.

No sé cómo lo ha hecho, pero a esa Álex le daba yo un muerdo.

Nick con un traje. Esto es… es… ES.

¿Qué os parecen? ¿Mucho cambio en poco tiempo? Hombre, tan poco no será, ¿habéis visto que a Nick le ha crecido ya su melena a lo tazón? Y la Gran Pregunta: ¿QUÉ DEMONIOS UTILIZARÁ ÁLEX PARA ALISARSE ASÍ EL PELO? ;D

Ahora bien: si volvéis al taco de folios (después de admirar los dibujos), es posible que veáis una duda con el subtítulo. Es la primera de muchas. Porque de esta versión, aproximadamente un 50% será descartado, enviado a la papelera (azul) y convertido en pulpa para imprimir catálogos del Media Markt.

Que no cunda el pánico. Yo escribiendo soy una “pintora al óleo”. Suelo escribir mucho y no siempre encuentro a la primera lo que quiero decir, o más bien lo que la obra ha decidido decir. (*) Entonces pongo otra capa de pintura más definida encima, a menudo tapando lo que ya había hecho. Y voy añadiendo capas y capas hasta que el conjunto está más o menos completo. Por supuesto, en las sucesivas revisiones se va desechando material; es lo lógico, aunque a veces todavía me pica deshacerme de esa escena que tanto me gusta y hago la trampilla de ponerla en otro sitio o convertirla en algo diferente (pero con la misma línea de diálogo).

“Terminar” una novela, en mí, que tengo este estilo de escritura y que además me dedico a hacer NaNoWriMos, significa más bien: “Producir una cosa que se podría leer desde el principio hasta el final sin demasiados fallos de coherencia”. Énfasis en podría y en demasiados. Porque este acto II tal como está, maaadre mía. Si dieran un premio a las subtramas peor resueltas, estaría nominado de fijo. (En mi defensa debo decir que Un pavo rosa tiene un montón de personajes. Pero sí, ya sé que no es excusa para dejar una trama más colgada que un cuadro solo porque había que llegar al clímax).

En suma, esta versión aún no es Un pavo rosa (Acto II), sino una especie de amago de lo que será. Bueno, si estiro la pata, mi pareja tiene permiso para pasársela a todos los que necesiten saber cómo acaba la historia de Álex y Nick, pero salvo caso de extrema necesidad, no creo que sea necesario hacer pasar a nadie por esto. A estos folios les falta toda la revisión que les hará pasar de “cosa que más o menos cuenta la historia” a una novela. Y llegaremos a ello, poquito a poco: todavía queda mucho 2017 por delante… 🙂

(*) Si hablo de forma tan impersonal, es porque no puedo evitar la sensación de que las historias, en muchos casos, están ahí para ser descubiertas y relatadas; y que son mejores cuanto más se adecuan a lo que quieren decir. Como decía Michael Ende, es necesario encontrar el tono de la historia, pero cuando llegas a ese tono adecuado, la historia se hace real. Yo identifico “tono” con algo musical. Y como soy tan negada para la interpretación, tengo que tocar muchas notas antes de llegar a esa tonalidad cristalina.

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Interludio: I Saw Mommy Kissing Santa Claus

Ando a mil cosas, pero aquí dejo una breve historia navideña de Un pavo rosa para desearos feliz Navidad y amenizar un poco la espera para el acto II. También podéis descargarla directamente en PDF. Espero que os guste. 😉

INTERLUDIO
I Saw Mommy Kissing Santa Claus

Una historia de

1. Santa Claus

Le habían comprado un traje blanco y una capita plateada. Su madre se había pasado horas recortando formas de una cartulina dorada, cosiendo estrellas aquí y allá, cortando hilos con los dientes. Cuando por fin le enseñó el resultado, Nick gritó de emoción. ¡Iba a ser un ángel de verdad, un auténtico ángel del cielo! Y no te olvides de esto, añadió su madre, que le colocó en la espalda un palito con un aro que parecía flotar sobre su cabeza. Nick quería ir a enseñárselo inmediatamente a sus vecinos, pero ella se negó. Si te lo pones ahora, se manchará, ¡y no me he pasao yo el rato pa que esto se eche a perder!

Por suerte, el día de la representación quedaba ya muy cerca. En el colegio ya estaban rastrillando el terreno del belén, una gran extensión de hierba con un pequeño arroyo en medio. Junto al arroyo había un pino enorme y algunos compañeros le habían dicho que iban a colgarla de él… Nick no sabía si iba en serio, pero sentía mariposas en el estómago. ¡Sería el ángel de la estrella, subida al árbol más alto del colegio! ¡Desde allí, todo el mundo la vería; absolutamente todo!

—Mi niña es un ángel, un ángel —bromeaba su padre mientras brincaba por el jardín, rodeado de motivos navideños, y la hacía saltar en sus brazos—. Y yo, ¿sabes quién soy? Soy… ¡el demonio!

Su padre la mordía en el cuello con labios húmedos y calientes, haciéndole cosquillas; la borla de su gorro de Santa Claus le acariciaba la cara, y Nick se reía. Su madre también se reía. Por aquella época estallaba en carcajadas estruendosas casi por cualquier razón. Se acercó a ellos y Nick sintió que sus manos la tocaban, solo que sabía que no quería abrazarla a ella, sino a su padre; así que se deslizó hasta el suelo y contempló con una extraña mezcla de envidia y fascinación cómo su madre se aferraba al cuello de Santa Claus y lo besaba en la boca. Ángel o demonio, me vuelves loca, murmuró la madre. Santa Claus volvió sus ojos claros hacia Nick y, por un instante, la niña vio en ellos la sombra de una duda.

Tres días y muchos gritos después, su madre y ella estaban dentro de un avión en el que hacía un frío terrible y que no llegaba nunca a su destino. Nick le daba vueltas al aro entre las manos sin saber qué hacer mientras, a su lado, su madre dormía, a ratos miraba el asiento de delante sin pronunciar palabra y a ratos rompía en sollozos roncos que trataba de ahogar con las manos sobre la cara.

Lo que vino después fue igual de desagradable. Sus tíos habían venido de Valladolid para estar con ellas, pero su madre no estaba para nadie. Hubo más gritos, más llantos, algo de sangre. Su madre vació varias botellas y, cuando las acabó, salió a comprar más. Bebía hasta perder el conocimiento, sin preocuparse por la presencia de Nick. Mientras yacía en la cama, Nick se hizo un ovillo en un rincón y terminó por ponerse a llorar también: de hambre, de pena, de preocupación y de nostalgia por los besos y abrazos del ángel (o más bien demonio) que habían dejado atrás.

Entonces la mujer de su tío se llevó a la niña a dar un paseo. Le dijo que se podía poner “su disfraz”, porque ese día también habría otros niños vestidos así. A Nick le importaba un pepino lo que hiciesen otros niños, pero cuando pasaron frente a las puertas abiertas de un colegio, los observó con envidia. Había pastorcillos y lavanderas, reyes y soldados.

Mientras su tía pegaba la hebra con alguien, Nick aprovechó para soltarse de su mano y mezclarse con aquellos críos disfrazados. Examinó el patio. No era grande ni bonito. Llegó a la sala desde la que se oía música y vio que el belén donde cantaban era un rincón destartalado y oscuro, sin más decorado que un crucifijo en la pared y una cartulina con dibujos. ¡Vaya actuación más triste! Le dieron ganas de soltar una carcajada.

Aprovechó que los padres se hallaban inmersos en la contemplación de sus hijos y fue a coger algo de comida de las mesas. Se metió en la riñonera pasteles, caramelos, gusanitos. Entonces alargó la mano y esta se chocó con la de otra niña que pretendía arrebatarle la última pasta de coco. Nick la fulminó con la mirada y se preparó para defender su causa, pero la niña se había quedado quieta. Era alta, morena e iba vestida de Virgen María. La miraba fijamente y Nick sintió que con su mirada la invadía, la investigaba, con unos ojos de color azul claro tan enormes que le recordaban al cielo que había dejado atrás. Por un momento y contra todo pronóstico, se quedó sin palabras.

De pronto, la niña se quitó la mochila que llevaba a la espalda, rebuscó en ella y le alargó un Santa Claus de chocolate mientras se llevaba el dedo a los labios. Nick lo tomó y la miró desconcertada. La Virgen María se llevó el dedo a los labios, señaló a la gente de alrededor y se encogió de hombros.

Nick comprendió. Lamentó que aquel traje no llevase los bolsillos en los que escondía su reserva habitual de caramelos, pero buscó en un compartimento de la riñonera y le entregó una gominola verde que le habían regalado antes de coger el avión. La niña le dio las gracias; Nick pensó que era un trato excelente. En ese momento, la mujer de su tío apareció, zarandeó a Nick de arriba abajo y la regañó mientras la arrastraba fuera del colegio.

Cuando volvió a casa, Nick caminó con cuidado hasta la cama de su madre, apartó algunas botellas y dejó el Santa Claus de chocolate sobre la mesilla de noche. Su madre dormía profundamente. Nick se acostó a su lado y apoyó la frente sobre aquella espalda tan conocida y a la vez tan lejana. Quería volver a sentir unos brazos calientes que la rodearan, pero el cuerpo de su madre estaba blando y tibio, curvado sobre sí mismo. Terminó por dormirse también.

Cuando se despertó, el día ya había caído y el cuarto estaba más oscuro. La sábana estaba arrugada, pero su madre no estaba en la cama. Escuchó con más atención, con el corazón en un puño. De la cocina venía un ruido de agua corriente y fregar cacharros. Sobre la mesilla, en el lugar donde había estado el Santa Claus, solo quedaban unas virutas de aluminio rojo.

2. El Hombre de la Navidad

No llevaba mucho tiempo en ese colegio, pero la profesora quería que hiciese de Virgen María porque el niño que iba a interpretar a San José era el más alto de la clase. Tardó mucho antes de decírselo a su madre y, cuando llegó el momento de comprar el traje, le entró un ataque de pánico. Tiró de su mano hacia fuera de la tienda y le dijo que una Virgen María con gafas era ridícula, que no sabría actuar delante de todos sus compañeros, que odiaba la Navidad. Esto último era cierto. Aquellas fechas le traían recuerdos de cruces, féretros y gente vestida de negro con un gesto de todo menos feliz. ¿Por qué tendría que estar alegre? ¿Acaso tenía que fingir?

Su madre quiso convencerla de que hacía varios años de aquello, los suficientes para que Álex pudiese cantar y bailar y recibir la llegada del Hombre de la Navidad sin sentirse culpable, pero ella permaneció inamovible. Finalmente, acordaron que solo tendría que pintar el decorado del belén. Se dedicó a ello, aliviada, pero entonces el director del colegio dijo que quería hablar con ella y su madre.

En el despacho, todavía con los pinceles en la mano, Álex se limitó a escuchar. El director era bajo y corpulento. Tenía el labio superior lleno de sudor y la sotana le apretaba el cuello. Él cantó una tras otra las virtudes de la niña; después se agachó a su lado y le quitó las gafas con una mano viscosa. Álex sintió como si la hubieran desnudado. Hablaban de ella de la misma forma de la que se habla de un jarrón para poner en el vestíbulo:

—Mire, mire qué cambio. Estará muy guapa de María.

El director sonrió; Álex vio que su madre también sonreía, y los tres se quedaron un rato en silencio. Álex notó cómo miraba el director a su madre y no le gustó.

El día del belén, Álex se recogía la túnica celeste con una mano y, con la otra, tanteaba por el pasillo para encontrar el camino hasta el gimnasio. Tocaba paredes y hombros de niños desconocidos, o tal vez no tanto, personitas ansiosas y disfrazadas como ella que correteaban de arriba abajo por el colegio. Bajo el decorado, sus compañeros entonaban ya el Dime niño.

Álex entrecerró los ojos. La niña que hacía del ángel estaba robando comida de las mesas para los padres, solo que no era la niña que conocía, aunque sin gafas podía confundirse. Quiso ser amable y preguntarle a qué clase iba, pero la niña no hacía más que atiborrarse de galletas y no le hacía caso, así que intentó cogerla de la mano. Al hacerlo, sus dedos chocaron y la niña la miró con ojos furibundos. Álex tuvo miedo, porque aquellos ojos brillaban como el fuego, pero también se sorprendió. Había más cosas detrás de esa mirada. No sabía explicarlo, pero aquella niña era sin duda muy desgraciada. Y los ojos ahora mismo la odiaban, pero Álex tenía la sensación de que podían cambiar en cualquier momento.

Como empujada por una fuerza mayor, se quitó la mochila y rebuscó dentro de ella. La niña la miró con desconfianza. Antes de venir, la madre de Álex le había dado un Papá Noel de chocolate. Para el director, le había dicho con una sonrisa tímida. Álex se alegró mucho cuando le alargó el Papá Noel al ángel y este lo tomó. Sus ojos cambiaron a sorpresa. Álex se llevó el dedo a los labios; aquello era un secreto.

El ángel la miró sin decir nada. Luego abrió su riñonera y le dio a cambio una gominola verde y rara. Cuando sus manos se rozaron de nuevo, la niña desconocida sonrió un poco y Álex sintió algo por primera vez dentro de ella, como una tormenta de nieve en el pecho. Pero entonces la niña salió corriendo, con el Papá Noel bien agarrado, y unos profesores vinieron a buscar a Álex. La cogieron y la obligaron a cantar villancicos delante del portal pintado hasta que se le quedó la voz ronca y se le rompió la goma que le sujetaba el pañuelo de la cabeza.

Cuando Álex arrastró los pies por el pasillo y entró en el despacho del director para buscar sus gafas, demasiado cansada para llamar a la puerta, no vio con claridad la apasionada escena que transcurría encima de la mesa. Sí se dio cuenta de que su madre dejaba escapar un grito y Papá Noel, ¿Papá Noel?, el director del colegio se apartaba de encima de ella a trompicones. El pañuelo resbaló de las manos de Álex y cayó al suelo. No estaba segura de si se trataba de un momento horrible, bonito o simplemente absurdo, pero prorrumpió en lágrimas. Solo recordó que hubo un alboroto a su alrededor y que su madre se la llevó en volandas.

—Alejandra, cariño mío, mi vida —le susurró una y otra vez, ya en casa, mientras la besaba en las mejillas—. He cometido un error, ¡lo siento tanto!

Perdóname, perdóname, escuchaba Álex. Su madre se agarraba a ella como si fuera el crucifijo que colgaba encima de la cama. Lloró largo rato sobre Álex y luego sobre el colchón, incluso cuando Álex ya había logrado apartarse y contemplaba el cuerpo sacudido por los sollozos con una extraña distancia.

Sacó la gominola para ahogar sus penas, pero se detuvo. Tenía un aspecto horrible y, como diría su madre, seguro que estaba llena de gérmenes. Haciendo acopio de valor, fue a la cocina y la tiró al cubo de basura: cualquier cosa era preferible antes de pillar una gastroenteritis. Después tomó un libro, se encerró en su dormitorio y puso una casete de villancicos alemanes para no escuchar el sonido del llanto.

FIN

«… por cuanto todos pecaron,
y están destituidos de la gloria de Dios…»

Romanos, 3:23

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Un pavo rosa tras los focos: de botellas de vino en Barcelona a… botellas de vino en Barcelona

Vamos a recopilar las entradas de este “Un pavo rosa tras los focos“, que se ha extendido bastante más de lo que pretendía por mi vena nostálgica: Mis años de colegio y El diluvio que viene (1994-1997); Mi adolescencia y esa chica rubia (1997-2000); La universidad, Show Me Love y Sugar Rush (2000-2004); El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch (2004-2005). La última de todas (por el momento…) será esta, que irá sobre la época en la que se me ocurrió la novela y su proceso de escritura.

Ya os lo adelanto: fue una época de mierda y es un proceso de mierda. No los recomiendo.

Hoy día, cuando hasta quien no sabe hacer la O con un canuto publica un libro, se diría que escribir es facilísimo. En estas circunstancias, casi me avergüenza decir que, en términos generales, a mí escribir me cuesta un huevo. Y aunque la idea de Un pavo rosa surgió con mucha facilidad, las circunstancias en las que surgió (al borde de una ruptura; a mitad del camino de la vida, sin saber bien dónde me encontraba) y la forma en la que la arrastré durante muchos años, escribiéndola a cachos, han hecho que mi relación con ella no sea especialmente sencilla.

Un momento complicado

Regresemos al año 2007. A ese momento en el que estoy delante del teclado con una botella en la mano. Estoy sola en Barcelona. Estudio un doctorado en teoría cinematográfica, pero tengo que mentir y decir que no tengo la licenciatura para conseguir un currillo en el bus turístico y así subsistir. Vivo en una habitación en un piso compartido. Mi relación con mi familia no es buena, mi pareja y yo hemos roto (aunque seguimos pegándonos revolcones), tengo la mala costumbre de beber cuando estoy sola y no tengo amigos en esta ciudad. Cuando no trabajo, pueden pasar días sin que alguien me dirija la palabra.

Como además tengo encima una crisis existencial de las guapas y no sé adónde me dirijo ni lo que busco, escribo mucho, pero casi todo tiende a convertirse en una espiral sin fin. En una época en la que aún no están de moda las sagas kilométricas ni las novelas al peso, yo tengo problemas para poner punto y final a mis historias, porque casi todas engordan hasta hacerse inabarcables. Mi NaNo de 2006, una novela sobre varias generaciones de mujeres, se quedó más o menos al 80%. Con mi historia sobre las muchachas de un internado británico sucedió más o menos lo mismo: el universo se hizo inmenso y al producto final se le saltaban las costuras por todas partes. Eso sí, me sabía la vida y milagros de todas mis chicas.

Entonces pensé en el NaNo de 2007 y me dije que ya estaba bien. Escribiría una novela y la terminaría. Después de todo, lo había logrado un par de veces cuando era adolescente, ¿por qué no ahora?

Diseñé una novela breve y, para asegurarme el control sobre ella, la orienté a un lector más joven que yo; no necesariamente un adolescente, pero sí alguien que acababa de entrar en la veintena. La acoté también en el tiempo y el espacio: los años 98 y 99 y Alcalá de Henares. Acoté el género: sería una comedia romántica. Todo eso me ayudaría a terminarla, pensé. Sería una cosa sencilla.

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Notas iniciales de Un pavo rosa cuando no eran más que conceptos.

Aquel maravilloso NaNo

Estamos, pues, en 2007. Ese año, mucha gente se apuntó al carro del NaNoWriMo. Para mí era la segunda vez y me dedicaba a la construcción de los esquemas de la novela con fervor religioso. Por suerte, contaba con gente maravillosa como Adhara o Fer para leerme y aconsejarme, personas que también trabajaban en sus propias obras con un entusiasmo contagioso.

Como no hablaba con mucha gente más allá de mi ex, le hablé de la idea que tenía y le envié el esquema para que le echara un vistazo. Mi ex era una persona “leída” y no se cortaba en absoluto a la hora de alabar o poner a caldo las cosas que yo escribía, así que suponía que me daría una crítica constructiva sobre esta. Grave error.

Por razones que ya he comentado en las entradas anteriores, mi ex reconoció enseguida la experiencia personal que había en la novela y reaccionó con una virulencia inesperada. Me puso el esquema a caer de un burro y me dijo que la historia no tenía la más mínima gracia. Lo resumió todo en la frase que hoy más recuerdo: “Lo mejor que puedes hacer con esa historia es no escribirla”.

Ante semejante planchazo, me hice una bola y lloré hasta que Adhara me dio un coscorrón traté de buscar una solución a los muchos problemas en la historia que amablemente había apuntado mi ex, a quien, por cierto, no he vuelto a ver desde entonces. La había tachado de simple y predecible, así que introduje un cambio importante en la narración. Se me ocurrió que todo podría estar contado en una especie de flashback recurrente. Y cambié el principio para ponerle ese comienzo in media res que tiene ahora, con Nick y Álex en la cama.

A veces estoy muy contenta de esta decisión y a veces maldigo el momento en el que se me ocurrió trocear el tiempo de esa manera: la historia original podía pecar de predecible, pero al menos no estaría haciendo las filigranas temporales a las que me veo obligada ahora.

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Y esto son solo unos apuntes a vuelapluma…

Y llegó noviembre…

Estamos en noviembre de 2007. No sé cómo me mantuve sin escribir una sola palabra de Un pavo rosa (por entonces ya tenía claro el título) hasta entonces. Había regresado a Madrid sin portátil (me lo habían robado), sin trabajo y sin saber muy bien qué iba a ser de mi vida. Solo recuerdo que el 1 de noviembre estaba conectada al Messenger y con un archivo de Word abierto.

Cuando el reloj marcó las 00:00, fue como si me prendieran una mecha. Nunca había deseado tanto empezar una novela. El capítulo 1, en el que Nick se despierta de la cama con resaca y ve a Álex a su lado, fue como si se escribiera solo. Y el 2. Y el 3. Si todos los primeros capítulos suenan alocados, casi maníacos, es porque mi estado de ánimo lo era. No sabía qué hacía, solo quería escribir, escribir, escribir esa historia.

Llevaba el NaNo a buen ritmo cuando, en torno al día 7, recibí una llamada de teléfono. Resultó que había hecho una entrevista de trabajo en Frankfurt para un conocido desarrollador de juegos, les había gustado y querían que me incorporara a la plantilla. Acepté y quedamos en que empezaría la semana que viene. Colgué y seguí escribiendo más escenas de Álex y Nick. Luego me levanté, pensé que tenía que planear una mudanza internacional y me mareé un poco, solo un poquito.

En tierras extrañas

No me costó demasiado irme. La estancia en Barcelona me había dejado vacía de cosas, casi de sentimientos. Me marché con una maleta, una mochila y un pequeño portátil que me prestó mi madre. Las primeras semanas me alojé en un lugar a unos cincuenta minutos en tren de la ciudad, en una casa enorme con dos perritos que se intentaban montar todo el rato y que estaba habitada por testigos de Jehová de mi edad que me hablaban de usted. Yo me hacía la cena y luego escribía. Iba por las mañanas a la empresa de Frankfurt, me explicaban qué tenía que hacer en el nuevo trabajo, conocía gente nueva y variopinta, me fascinaba la escasez de luz que había en todas partes y, cuando llegaba a casa, sacaba el pequeño portátil y me ponía a escribir sobre los dimes y diretes de dos adolescentes en Alcalá de Henares. Escribía a toda prisa. Aparte del NaNo, sentía como si me acabara el tiempo.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con los atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Gané el NaNoWriMo unos días antes de que terminase noviembre. Sin darme casi cuenta, había escrito las 50.000 palabras de rigor y, para mi sorpresa, la historia no había hecho más que empezar. No me concedí apenas descanso y seguí escribiendo a un ritmo parecido: quería terminar la novela. Mi ex me escribió para decirme que había empezado a salir con otra persona. Quise tirarme al río. Al final solo volví a emborracharme un poco y lloré. Seguí escribiendo. No recuerdo si paré de verdad hasta las Navidades. Solo entonces miré atrás, vi todo lo que había escrito y pensé: “Bueno, esto de novela corta tiene poco, lo mismo hay que dividirla en dos o algo así“. Me concedí un respiro. Acababa de terminar el acto I.

Después de la tormenta

Estamos en 2008. Cuando regresé a Alemania después de Navidades, estaba más calmada y no retomé la novela. La veía caótica y quería centrarme en recomponerme sentimentalmente. Así transcurrieron unos meses. Conocí a una persona a la que le gustaba escribir tanto como a mí y que terminó leyendo La Ilíada debajo de la colcha de mi habitación mientras yo usaba el ordenador.

Nunca supe si la ciudad de Frankfurt me había salvado de un remolino de decadencia, si había sido el Pavo, si fue esa persona o si lo hice yo misma. Solo supe que, poco a poco, después de la tormenta, algo comenzaba a florecer. Era sorprendente que estuviera viva después del dolor que había sentido. Cada minuto me resultaba extraño, como regalado.

Estamos en 2009. Casi dos años después del momento en el que había comenzado Un pavo rosa, volví a sentarme frente al ordenador y me mordí las uñas. Había centrado mi vida, había salido del marasmo: solo me faltaba acabar esa novela. Por entonces todavía estaba convencida de que era una sola novela. A mí me gustaba, pero yo tenía por costumbre no dar a leer mis cosas sin terminar a nadie y tenía, por lo tanto, pocas opiniones al respecto. Sin embargo, el acto I estaba terminado y más o menos cerraba una buena parte de la trama, así que hice algo a lo que nunca antes me había atrevido: até un par de cabos, lo puse en un archivo separado y se lo envié a algunos amigos por correo electrónico.

Las primeras reacciones

Tenía un poco de miedo de que estas personas encontraran el acto I del Pavo demasiado infantil, demasiado disparatado, demasiado confuso. Para mi sorpresa, la reacción general fue muy positiva. ¡Mis conocidos lo encontraban divertido! Se implicaban en la historia, odiaban a Nick o la amaban, se reían al recordar escenas, me decían cosas que querían que ocurrieran. Perdí un poco la vergüenza y se lo dejé leer a más gente del trabajo mientras yo intentaba terminar el acto II. Que hubiera gente esperando la continuación de esa historia me ponía presión. Y, teniendo en cuenta que estaba acostumbrada a escribir para mí misma, un poco de presión no me venía nada mal.

Pero el acto II me hacía sufrir. No era ni de lejos tan automático como había sido el I. Yo ya no estaba en la misma situación y las escenas, como es lógico, se estaban volviendo más “adultas”. No explícitas, simplemente adultas. Sentí de nuevo las ganas de huir y me puse a escribir otras historias, que a su vez abandoné a su debido tiempo porque quería volver a estar con el Pavo. (Soy infiel hasta la médula, pero también soy una sentimental.) Entretanto, la vida siguió sucediendo y un acontecimiento me hizo pensar que debía abandonar ese trabajo y esa ciudad.

De país en país

Estamos en 2010. Con la novela bajo el brazo, el chico que se había convertido en mi pareja y yo llegamos al Reino Unido y nos instalamos en una casita con jardín muy cuca, muy fría y muy cara en las afueras de Cambridge. Y no escribí casi una línea del Pavo. Durante esos años me centré en lo que yo consideraba que sería mi carrera profesional y que acabó siendo un fiasco de horas extra, muchas charlas con un cliente estúpido y un estrés que estuvo a punto de destrozarme la mandíbula. Completé otro NaNo casi sin saber lo que hacía, cometí muchas estupideces y en general le dediqué poco tiempo a escribir en serio. Me sentía desconectada; se me ocurrían historias en las que un grupo de gente moría después de confesarse sus penas más indignas. No estaba para el humor más “rosa” (aunque fuera rosa furcia) que requería el Pavo.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Enfermedades y metáforas

Estamos en 2013. Hagamos un flash-forward para decir, simplemente, que mi empresa me ha destinado a Barcelona. Casi al mismo tiempo en que regreso “a casa”, caigo enferma. Me paso un año bien jodido en el que, después de muchas pruebas, me diagnostican una enfermedad crónica, la enfermedad de Crohn.

Dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas que hoy día tendemos a ver la enfermedad como la rebelión de los órganos frente a los castigos a los que sometemos al cuerpo. Sea verdad o mera percepción, en mi caso la rebelión de mi intestino propició que echara el freno al frenesí en el que vivía entonces y me replanteara las cosas. Pensé en cómo quería que fuera a partir de entonces mi vida. Tuve claro que no podía prescindir de la escritura. Y decidí que, ya que era así, necesitaba tomármela más en serio.

Por primera vez pensé en serio en intentar publicar. Nunca lo había visto como la finalidad natural de escribir y todavía me sorprende que haya gente que sí. En mi onanismo literario, el lector era poco más que un elemento ajeno e incomprensible; incluso con el Pavo, todavía pretendía más que nada contar la historia que a mí me habría gustado leer. Sin embargo, me planteé enfocar el proceso de escritura de un modo más ordenado en adelante y tener en cuenta a ese elemento extraño llamado Lector. Aunque mi lector ideal fuese lectora. Aunque mi lector ideal se pareciese a mí como una gota de agua.

Monumento en el monte Carmelo: "El orden de hoy es el desorden del mañana".

Monumento en el monte Carmelo: “El orden de hoy es el desorden del mañana”.

La chica nueva

Estamos en 2014. Barcelona volvía a conectar conmigo de una forma que no habían hecho Cambridge ni Frankfurt. Me volvía a dar tiempo relevante, de ese que otorga ganas de hacer cosas, no de esperar que se pase sin más. Entonces una chica que había trabajado en el mismo sitio de Frankfurt que yo se unió a nuestro equipo en el trabajo y trabamos amistad. Yo, que me iba curtiendo en eso de dar a leer mis obras a la gente sin morirme de la vergüenza y hasta había montado una microeditorial en el proceso, le di a leer alguna que otra maravilla pornográfica salida de mi pluma en unos pocos meses que fue demasiado para ella. Un poco para desairarla y otro poco porque sabía que el estilo sí que se había hecho con ella, le dije: “Pues tengo otra novela a medio terminar que a lo mejor te gusta”.

Fui pasándole el Pavo durante varios meses. Era la primera vez en mi vida que hacía eso: revisaba algunos capítulos y se los enviaba por correo electrónico. Ella se los leía, me comentaba sus impresiones, yo hacía cambios (si era necesario) y seguíamos adelante. Me sentía acompañada, y el hecho de que esta novela sí que le gustara me motivaba mucho. Pasábamos por los capítulos con disciplina y regularidad, que eran dos aspectos que en los años anteriores me habían faltado. Cuando le envié los últimos capítulos del acto I, lo supe seguro: aquello eran dos libros y el primero estaba terminado. Tenía otras obras en la manga, pero gracias a este ejercicio coordinado, el Pavo sería la novela con la que yo intentaría presentarme a las editoriales.

Vender una novela complicada

Estamos en 2015. Pasan muchas cosas. Yo estoy haciendo un máster de edición porque los libros me gustan y me quiero dedicar más en serio a ellos, aunque precisamente por eso sé lo mal que está la industria del libro. Pero como yo en el fondo vivo en el mundo de la piruleta, escribo una propuesta de edición de Un pavo rosa (Acto I) y pruebo suerte enviándosela a varias editoriales y a algunos agentes.

Esta historia ya la he contado en otra entrada, pero resumiendo mucho: o tengo una estrella en el culo o la propuesta me quedó convincente. Envié unas doce propuestas, no más, porque nunca me ha gustado hacer mailings masivos y porque tenía muy claro de entrada que las grandes editoriales iban a pasar lo más grande de mi cara. La mayoría de editoriales no contestaron (no hay tiempo para eso), pero otras se tomaron la molestia de decirme que la industria pasaba por malos momentos (ya) y que no aceptaban autores nuevos. Sin embargo, obtuve varias respuestas que mostraban interés. ¡Glups! ¿Interés?

Un editor me comentó que la idea le gustaba, pero que no le convencía que la historia estuviera ambientada en los años 90. Me invitaba a trasladarla al momento actual cambiando las referencias. (Consideré la posibilidad, pero finalmente la descarté.) Otra editorial me reiteraba que la propuesta les gustaba mucho, que querían leérsela con calma, que… en fin, que la vida es muy complicada, ya lo sé. Hubo una tercera (de la que recibí oferta) y una cuarta, que rechazó finalmente el manuscrito, pero por entonces ya había pasado el tiempo y yo ya había firmado con Meracovia.

La era de Meracovia

Estamos en 2015. A Meracovia llegué por casualidad: era el proyecto editorial de una compañera de máster que parecía sólido y buscaba autores nuevos. La editora se leyó la novela y le gustó, hubo buena química y firmamos un contrato de edición. Después de tanto tiempo, no me creía que todo fuese tan fácil. La gente decía que recibía cientos de rechazos y ahí iba yo, una principiante con mi novela más teen bajo el brazo, y lo clavaba por la escuadra. Además, a Meracovia no solo le gustaba el Pavo, sino que le gustaba el Pavo tal y como era. No querían convertir a Nick en un chico ni trasladar la acción a la época presente. Era una locura y un sueño.

Estamos en 2016. Un pavo rosa (Acto I) sale a la venta en marzo, aunque por temas de retrasos y la Semana Santa en medio, no se empieza a vender de verdad hasta abril. Hype y presentaciones aparte, y alguna otra niña que se me acerca para decirle que le ha gustado, yo me quedo más o menos igual. No me siento distinta, no me cambia la vida. Me pasa un poco como con la virginidad, que yo creía que iba a brillar de todos los colores cuando la perdiese y tampoco fue nada del otro mundo. Estoy contenta, pero tengo que asumir la realidad: formo parte del “grupo de los 2000”. Soy parte de ese nutrido grupo de escritores que se pueden dar con un canto en los dientes si venden 2000 copias de su libro. Y a estas personas no les cambia la vida por publicar una novela. La recompensa, más que nada, es publicarla. Y cuidado con no pasarte el rato dando el peñazo con tu libro o te quedarás sin amigos.

¿Dónde están las cartas de los fans? ¿Es que nadie escribe cartas ya?

Luz al final del túnel

Pero aún queda lo más difícil: la segunda parte de Un pavo rosa. Tras varios años de batalla, sé que es un auténtico león de Nemea para mí, pero ahora que he empezado, no es una opción no publicarla. Más que nada si Meracovia quiere, y, de momento, en Meracovia siguen estando maravillosamente locos.

El problema más grave es que han transcurrido muchos años. Sé mucho de Álex y Nick, pero los personajes han crecido en mi cabeza. Ya no empatizo con tanta facilidad con esa época de locura y confusión. Las escenas que creía cruciales ya lo parecen tanto. Y, como tengo escrito el final, tampoco puedo desviarme demasiado en el camino, porque sé adónde lleva exactamente esa trenza desmadejada de tramas y personajes.

Estamos en 2016, y actualmente estoy repasando el capítulo 22 de Un pavo rosa (Acto II). Sé que esta parte va a exceder los 30 capítulos del acto I, pero también sé que los capítulos son más cortos, así que no creo que quede mucho más larga. También creo que, cuando termine la primera versión, necesitará una revisión más profunda que la primera parte.

Pero sé que voy a acabar y que no va a ser una mierda infumable. Porque ahora tengo presión y yo ya he dicho que, en mi caso, la presión es buena. O porque, a pesar de mis dramas, Un pavo rosa sigue siendo de mis novelas favoritas y sigo sonriendo cuando escribo determinadas escenas. O porque se lo debo a esas personas que han esperado pacientemente hasta que la novela se publicara para saber el final. O porque me lo debo a mí misma después de tantos años. O porque no he pasado por el infierno y he regresado para volver sin algo que contar bajo el brazo.

Ha sido un honor. Gracias por leerme.

There’s a light on in the attic.
Thought the house is dark and shuttered,
I can see a flickerin’ flutter,
And I know what it’s about.
There’s a light on in the attic.
I can see it from the outside.
And I know you’re on the inside… lookin’ out.

—Shel Silverstein

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Y la segunda parte de Un pavo rosa, ¿para cuándo?

Me han preguntado esto algunas veces, así que creo que es mejor dejar constancia de toda mi buena intención al respecto:

El año que viene.

He presionado un poco a la editora para que me presione porque yo trabajo la mar de bien así, con plazos y fechas de entrega. Libertad de creación, musas… Tonterías. Precisamente porque mi musa es caprichosa como pocas, a veces hay que arrastrarla de los pelos. Soy del equipo Picasso o Chris Baty: la inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando.

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He dicho que el “Acto II” de Un pavo rosa está escrito en su mayor parte, y es verdad, pero… ¡yo les doy mil vueltas a las cosas antes de terminarlas! Y no habéis visto nada: ¡esta es la carpeta en limpio! La carpeta en sucio tiene mil versiones de la novela, diálogos sueltos, escenas que no sé muy bien si meteré o al final quitaré (como el prólogo del Acto I, que muy bien quitado está), etc.

Ya, sí. Soy caótica. Por eso me vienen bien los planes quinquenales y los plazos.

En general, el Acto II me gusta (y en algunas cosas incluso más que el anterior), pero para mi sorpresa, una de las cosas que más guerra me da son los primeros capítulos. En particular, el orden. Creo que si no lo he replanteado veinte veces, no lo he replanteado ninguna. Con el Acto I tenía clarísimo dónde quería que empezara la historia, pero con el Acto II tengo varias posibilidades (porque, por supuesto, la historia también es fragmentada, muajajá). Solo tengo claro que empezará con la misma palabra que el primero.

Para mí es importante que la “bilogía” concluya relativamente pronto porque el Acto II es la continuación evidente de Un pavo rosa, con los mismos personajes y casi los mismos lugares. Sí que me gustaría escribir en el futuro una novela más sobre Álex y Nick, pero esa ya la veo muy lejana. Incluso podría ser que, llegado el momento, ya no quiera escribir más sobre ellas y use otros personajes. Aun así, el Acto II ya lleva consigo la semilla de esa futura historia… ¡por si acaso!

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Fanarts de Un pavo rosa

Por fin he escaneado los fanarts que me dio Cano sobre Álex y Nick. ¡Mirad qué geniales! Eso sí, las texturas de la acuarela se aprecian mucho mejor en vivo y en directo.

Una de las primeras escenas de la novela, vista por el fabuloso Cano.

Una de las primeras escenas de la novela. La conversación entre Cano y yo fue más o menos así: “No sabía si Nick llevaba camiseta o no, en el libro no dice que se la ponga”. Yo: “Er… tampoco dice que se la quite, ¿no?”.

Otro fanart de Cano sobre Álex y Nick.

Otro fanart de Cano sobre Álex y Nick, también cuidado al detalle.

He actualizado la página de Un pavo rosa para incluirlos junto a la canción de Basketball to the Face y la portada inicial épica-ridícula que creó Henar Torinos. Soy muy fan de todas estas personas. Algún día escribiré alguna cosa sobre sus personajes o sus canciones para devolverles el favor.

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Sorteo de dos ejemplares de Un pavo rosa

Bueno, tanto hablar de ese libro, tanto hablar de ese libro, y muchos todavía no lo tienen siquiera en sus manos. Como yo sí que tengo algunas copias y los libros me comen el espacio en casa, he creado un sorteo (“giveaway”) en Goodreads.

Sorteo de libro en Goodreads

Un pavo rosa (Acto I) por Diana Gutiérrez

Un pavo rosa (Acto I)

by Diana Gutiérrez

Finaliza el 4 de abril de 2016.

Ver los detalles del sorteo
en Goodreads.

Participar

Hay en juego dos copias de Un pavo rosa (Acto I) FIRMADAS Y DEDICADAS. Es decir, os las dedico a vuestra persona y os las envío a casa por la cara. La única condición es tener una cuenta de usuario en Goodreads y una dirección de envío en España.

Garantizo:

  • Risas
  • 90% de probabilidad de que el libro os guste mucho (es más o menos el porcentaje de éxito que ha tenido hasta ahora)
  • Nostalgia de los 90

No garantizo:

  • Que no se os suban los colores al leer algunas escenas
  • Que no queráis matar a alguna de las protagonistas de vez en cuando
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Un pavo rosa tras los focos: El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch

¡Hoy es el día en que sale a la venta el acto I de Un pavo rosa! Y esta es la penúltima entrada de Un pavo rosa tras los focos, en la que intentaré responder a preguntas como “¿pero por qué un musical? ¿Pero por qué El hombre de La Mancha?”.

En las entradas anteriores he hablado de mi vida preadolescente, adolescente y universitaria. El último año de mi carrera me fui a Alemania con una beca Erasmus.

A mi facultad no le sobraban las becas y yo acabé en lo que probablemente sea la ciudad más fea que hayáis visto jamás: Bochum, en la cuenca del Ruhr. El Ruhr es un afluente del Rin, por la zona de Düsseldorf y Colonia, y toda su cuenca es una zona tradicionalmente industrial. Con increíbles explosiones de naturaleza, eso sí. Por ejemplo, nosotros teníamos que cruzar un bosque entero (porque de bosquecillo nada, aquello era un BOSQUE) para ir a una de las tabernas de las residencias universitarias. En medio del BOSQUE había un único y solitario farol que marcaba más o menos la mitad del camino.

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En aquel oscuro y germánico lugar también creían en Narnia.

ALEMANIA con MAYÚSCULAS

Alemania era grande. Los alemanes eran grandes. Los lavabos y váteres eran grandes. Había ropa de mi tamaño y aún más grande. Los trenes eran grandes, las residencias eran grandes, caían grandes cantidades de nieve que formaban grandes capas. En las tabernas del barrio se bebía a lo grande.

Aunque había muchas cosas de Alemania a las que me costó adaptarme (y no, ninguna tiene que ver con la escasez de jamón serrano), en el aspecto académico recuperé parte de la ilusión que la facultad me había machacado. Había tenido profesores estupendos que me habían hecho pensar e interesarme por sus asignaturas, pero un 70% de mi currículum se componía de materias que repetían temarios y que, además, no me interesaban en absoluto.

En mi facultad de Madrid, todo el mundo daba por hecho que queríamos trabajar en el cine o, si no era posible, en los servicios informativos de alguna cadena de televisión. Yo nunca había sentido con fuerza la llamada de la profesión audiovisual, sobre todo por la normalización académica y laboral que comportaba. Los rodajes me estresaban, la complejidad técnica de las cámaras me hacía sudar y, sinceramente, me importaba un pito qué equipo de fútbol hubiese ganado la liga. No entendía por qué tenía que saberme esas cosas como condición sine qua non para aprobar algunos exámenes. Podía recitar los nombres de los finalistas de Eurovisión de los últimos años, sabía quién había sido la última plusmarquista de atletismo y podía describir la influencia de los libros de Enid Blyton en Harry Potter, pero eso no importaba. Una vez más, el rodillo del común denominador de los gustos se imponía, incluso en un entorno supuestamente erudito. Y se ve que lo que a mí me interesaba, fuera arte, deporte o literatura, era digno de ser mirado por encima del hombro como una frikada.

Eso fue hasta que llegué a Alemania.

Alemania es una de las cunas del kitsch y el camp. Solo hay que decir que prácticamente inventaron el eurodance. En Alemania no sienten vergüenza si los platós de sus televisiones parecen sacados de los años setenta. No les da vergüenza ir por ahí peinados a lo Farrah Fawcett. No les importa poner a Bananarama en un bar. Ni bailarlo. Si bailan mal, no es su problema. Si les gusta una música ratonera, no es su problema.

A Alemania, en muchos sentidos, le falta toda la vergüenza y esa urgencia continua de aparentar ser más y mejor que por aquí nos sobra.

No, tu Todd Solondz no mola más que mi Jan Švankmajer

Nada más lejos de mi intención que destacar las maravillas de Alemania. Solo digo que cuando una estudiante a la que le encanta la cultura popular, pero que no tiene ningún deseo de ser parte de la élite de los creadores de cultura popular, se topa con los cursos de la Universidad de Bochum, es normal que sienta una descarga de adrenalina.

Por primera vez, en la universidad no era ningún problema que a mí me interesaran las películas de género o el cine de palomitas. Muchos de los profesores tenían intereses parecidos. De hecho, les parecía muy bien que alguien quisiera investigar sobre el terror slasher, sobre los dibujos animados europeos, sobre Daria o sobre Star Wars. No consideraban, como me ocurría en España, que alguien interesado en Todd Solondz era automáticamente mejor y académicamente más válido que yo. (Entre otras cosas, porque se da la casualidad de que a mí también me gusta Todd Solondz, solo que a lo mejor mi afán investigador recae en otras cosas.)

Me volví loca escogiendo asignaturas como:

  • Análisis del rol estructural de las telenovelas
  • El cine de Bollywood
  • Televisiones y medios de comunicación en Oriente Medio
  • Historia del cine musical
  • Conceptos del placer en la televisión y el cine

Cuando la vicedecana vio mi propuesta de programa, levantó una ceja y me preguntó:

—¿Y cómo quieres tú aprender a realizar un informativo con una asignatura que se llama… conceptos del placer?

Probablemente argumenté que los conceptos del placer me servirían para tener una perspectiva más relajada a la hora de hacer esas cosas, pero lo que me habría gustado contestarle era más bien: “¿Y cómo no sabes tú que esta es una carrera-batiburrillo, una carrera donde lo mismo me podía gustar el cómic que la radio o las películas porno, y que yo solo me metí aquí porque me fascinaba la cultura pop y no querré nunca realizar un informativo?”. Da igual. Coló, o tuvieron que tragar porque tampoco había mucho más.

La vida es un carnaval

Cuando empecé el curso, dedicaba los martes enteros al cine musical. Por la mañana teníamos la historia del género y, por la tarde, clase de Bollywood con proyección de película incluida. Llegaba a casa por la noche, henchida de música y felicidad.

Siempre me habían gustado las películas musicales. Me fascinaba ese frágil equilibrio entre lo alegre y lo triste, lo impostado y lo auténtico. Una película musical podía contarte cosas durísimas mientras los personajes cantaban y bailaban con una sonrisa (como bien reflejó Bailando en la oscuridad).

Por entonces el género musical no se hallaba en su cota más alta de popularidad, aunque poco a poco despuntaba. Acababa de estrenarse en Estados Unidos ese hito sobre las tablas que fue Wicked. No existían Mamma Mia, We Will Rock You, Hoy no me puedo levantar, y nadie quería llevar al teatro El rey león. (Nota: Paz me ha sacado de mi error, El rey león se estrenó en teatro a finales de los 90.) No había apenas compañías que pusieran en marcha grandes musicales y, en mi facultad, a nadie se le habría ocurrido hacer una reivindicación del género en el cine, con la posible excepción de la reciente Chicago, que al menos tenía el rollo trágico de película póstuma.

En Alemania aprendí muchísimo y vi muchas películas musicales. Me decepcionó Ha nacido una estrella, reconocí el atractivo de West Side Story, me encantó Los paraguas de Cherburgo. Fuimos desde El cantor de jazz hasta los vídeos musicales. Y por la tarde, las películas de Bollywood me abrían un mundo, este sí, totalmente desconocido. Si Alemania era un lugar donde el kitsch campaba a sus anchas sin vergüenza, la India jugaba en otra división, simplemente.

Una de mis películas favoritas fue Kuch Kuch Hota Hai. En ella había uno de los triángulos amorosos típicos de las películas de Bollywood, pero la diferencia era que este triángulo estaba formado por dos chicas y un chico (suele ser al revés) y, además, la película era en gran parte una comedia. Me gustaba que en Bollywood concebían sus productos como una mezcla de emociones y no como algo adscrito a un género concreto. Era el concepto de masala, “un poco de todo”. Canciones incluidas, por supuesto.

Nuestro trabajo final fue sobre Devdas (2002), un remake de un dramón clásico extremadamente prolijo en lo visual. Sus juegos con el color y la composición eran fascinantes. He vuelto a verlo varias veces con otras personas, y hace no mucho escuché una melodía en un paki y corrí a preguntarle al dependiente si eso que sonaba era parte de la banda sonora de Devdas. Se quedó muy sorprendido… ¡No sabía la cantidad de veces que había tenido que verme las escenas de coreografías para tomar notas y sacar capturas!

Un pavo rosa entra en juego

Flash-forward de casi dos años hasta el momento en el que germina en mi cabeza la idea de Un pavo rosa. Pensemos en esa estudiante que llevaba esas pintas de Eduardo Manostijeras. Vale, pues se las ha quitado; ahora va más bien colorida, como las películas que le gustan, en plan hippy pero con menos arte. Imaginadla sola en una habitación de Barcelona, ya explicaremos cómo ha llegado hasta ahí. Pongámosle una botella de vino en la mano, alguna otra sustancia en el cuerpo y varias palomas dejándole regalitos en el alféizar de un patio interior. Suena una canción de Devdas en el ordenador, pero eso es todo lo que queda de la época germana. El ambiente es desolador.

La chica (ya hemos dicho que borracha y viendo elefantes rosas) quiere escribir una novela y sabe que quiere ir de dos adolescentes muy distintas que se enamoran. Tiene claros los referentes temáticos, pero aún no sabe por dónde puede tirar la historia.

De la nostalgia de los colores nace el deseo de escribir una novela que homenajee la época feliz de la vida en la que todo parece nuevo y brillante. Y de la sensación algo alucinógena de irrealidad, de performatividad de la propia existencia, nace la idea de una obra que represente una obra que represente otra obra, y así hasta crear un bucle infinito.

Sí, lo flipaba. Literalmente.

Primero pensé que tal vez podía crear este efecto con las cartas de la baraja y la historia de las cartas de la baraja española. Serían cuarenta capítulos, uno por cada carta. Después abandoné la idea y pensé que lo más sencillo era utilizar la representación de un musical. Pero… ¿cuál?

Pasé fichas y fichas en mis recuerdos, pero ninguno de los musicales que yo conocía se ajustaba del todo a la historia que quería contar. El diluvio que viene era demasiado religioso. Me metí en páginas sobre cine musical y estuve echando un vistazo a los títulos hasta que encontré uno que me llamó la atención: El hombre de La Mancha.

Yo, don Quijote

El hombre de La Mancha (Man of La Mancha) es un musical de Dale Wassermann de 1965 que, ya de por sí, está basado en otra obra de por todos conocida: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes (por cierto, nacido en Alcalá de Henares). A su vez, podríamos decir que esa obra está basada en las novelas de caballerías de la época, y así hasta el infinito. Es decir, ya de antemano predisponía a la creación de ese bucle de representaciones.

Cuando leí la sinopsis del argumento, lo tuve claro: it’s a match. Cervantes, preso en la cárcel, interpreta a don Quijote. Y la que en la obra es llamada Dulcinea se pasa media obra mandando al diablo al señor Alonso Quijano y diciéndole que ella es Aldonza, la prostituta, y que deje de llamarla de otra manera, que la está rayando mucho porque ella no es esa persona. Y Cervantes/Alonso Quijano/Don Quijote le contesta que la realidad es lo que uno crea y que, si él la ve como Dulcinea, Dulcinea bien puede ser. Aquello le iba a mi historia como un guante. Una de mis chicas sería don Quijote, y la otra, Dulcinea.

Fue un poco complicado encontrar el guion original de la obra, pero por suerte, ahí estaba también la versión en película con Sofía Loren para ayudarme a tener una visión más pictórica del asunto. Lo que más me gustaron fueron las canciones. Y de nuevo, todo iba sobre ruedas: José Sacristán y Paloma San Basilio habían interpretado ese mismo musical en Madrid en 1997, así que me fui a una tienda de discos (por entonces todavía existían) y me compré la banda sonora de la obra.

Los fragmentos de canciones que hay insertados en Un pavo rosa son, más que nada, fruto de darle al stop y transcribir lo que acababa de oír, aunque la mayoría ya me las sabía de tanto escucharlas. Supe que Aldonza era mi canción favorita, que Dulcinea me daría mucho juego y que Yo soy yo, don Quijote me serviría para presentar los juegos de relaciones entre los personajes.

Exactamente este CD doble.

Exactamente este CD doble.

Y la casualidad hizo de las suyas

Este año se conmemora el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Da la casualidad, la inmensa casualidad, de que no solo se publica el acto I de Un pavo rosa, sino que se volverá a representar en Madrid y Barcelona el musical de El hombre de La Mancha. Aunque ya vi la obra en un pequeño teatro de Alemania, nunca la he visto en español y para mí será toda una experiencia. ¿Vamos juntos?

Los interesados, que sepáis que queremos montar el grupo en Barcelona para el jueves, 25 de agosto de 2016, a las 21:00. Contactad conmigo para coordinarnos. Es probable que también vaya a verla a Madrid… pero en cualquier caso, siempre se puede montar allí un grupo alternativo. Realmente es una obra que merece la pena y, si la han actualizado, puede quedar algo muy interesante.

(No creo que lleguen al punto de que a don Quijote lo interprete una mujer. Pero siempre podéis imaginaros a Álex declamando.)

En la próxima y última entrada de la serie Un pavo rosa tras los focos hablaré de aquella frase lapidaria de mi ex, que hoy se me ha quedado en el tintero, de la accidentada escritura de la novela y de lo que realmente pienso acerca de Nick y Álex. Me quedo con las ganas de contar algo más. Como es lógico, cuando pensé en la obra musical adecuada para el acto I también encontré la que haría el “juego de espejos” en el acto II, y también me emocioné porque cuadraba a la perfección. Pero no tendría gracia si os estropeara la sorpresa, así que de momento me lo callo. Con un poco de suerte, la publicación del acto II coincide con otro aniversario. 😉

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Preguntas frecuentes sobre Un pavo rosa

Mientras preparamos las presentaciones de Un pavo rosa (y su música) allá donde nos lleve el azar, os dejo con unas preguntas frecuentes e información para cotillas curiosos acerca de la obra. Aviso que contienen SPOILERS del Acto I, que sale a la venta el 15 de marzo; así que si aún no lo habéis leído, quizá sea mejor esperar a hacerlo. Yo las voy poniendo por si acaso 🙂

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Teenage Fashion, de Garry Knight. ¿Os creéis que estas muchachas son de 2009? Van tan coloridas que casi las puedo situar en los 90.


 Sobre la novela y sus secuelas

P: ¿Cuándo se publicará la segunda parte de Un pavo rosa y cómo se llamará?

R: La segunda parte saldrá a la venta en 2017. El subtítulo aún no está decidido del todo, pero evidentemente se llamará “Un pavo rosa (Acto II)“. De vez en cuando hago encuestas o pongo pequeños fragmentos en Twitter. A lo tonto, así hemos decidido el nombre de la madre de Álex, por ejemplo.

P: ¿La segunda parte de Un pavo rosa sucederá también en Alcalá y con los mismos personajes?

R: Básicamente, sí. La segunda parte comienza donde acaba la primera, aunque al igual que esta, buena parte está contada a través de flashbacks. Y lo que sí habrá es… ¡otro musical!

P: ¿Cómo se te ocurrió la idea de Un pavo rosa?

R: Versión corta: Quería participar en el NaNoWriMo de 2007, había encontrado un puñado de cosas escritas de cuando tenía quince años y sentí una mezcla de horror y fascinación. Me dije: “Quiero escribir una comedia gamberra sobre dos chicas con mucho humor y un poco de sexo, una mezcla de esto, Sugar Rush y Fucking Amal”.

Versión larga: Lee las entradas de Un pavo rosa tras los focos.

P: ¿Ya sabes cómo va a acabar Un pavo rosa?

R: El clímax y el final llevan escritos desde 2008, así que sí.

P: ¿Piensas escribir otros libros de Un pavo rosa?

R: Un pavo rosa concluye con el segundo acto, como todo buen musical. Ahora bien, es posible que la historia de Álex y Nick se prolongue en otros libros bajo un título distinto. También tengo a medias un spin-off que tiene como protagonistas a Richi y sus hermanos. Todas estas historias tienen algunos vínculos y personajes en común con Un pavo rosa, pero suceden en lugares distintos.

P: ¿Un pavo rosa es una novela lésbica?

R: Sí, pero también es muchas otras cosas. Es una novela lésbica porque las protagonistas son dos chicas y la historia habla de la relación romántica entre ellas, pero no creo que “novela lésbica” sea un género en sí. Ante todo diría que es una comedia.

P: De los libros que has escrito hasta ahora (y, por lo que dices, supongo que hay otros que aún no has publicado), ¿Un pavo rosa es tu favorito?

R: Sí, teniendo en cuenta que es una apreciación subjetiva. No creo que sea mi mejor libro (ese está aún por escribir), pero de momento es el que a mí más me gusta. La relación que tengo con él es mucho más estrecha que con casi cualquiera de los otros. Claro, lo de pasarse años incubándolo influye.

Sobre las protagonistas

P: ¿Cuál es la fecha de nacimiento de Nick? ¿Y de Álex?

R: La de Nick se menciona en el libro, es el 11 de septiembre de 1981. La de Álex es el 28 de febrero de 1981. Me gusta celebrar sus cumpleaños en Facebook y Twitter.

P: ¿Qué signos zodiacales son Nick y Álex? (No me apetece calcularlo).

R: Virgo y Piscis, respectivamente. No creo en el Zodíaco, pero ambas me pegaban con esos signos por distintas razones. Para saber qué edad tendrían en la actualidad, os refiero a la pregunta de arriba.

P: ¿Los nombres de Álex y Nick tienen alguna relevancia, más allá de ser sus apodos?

R: Me dijeron que coincidían al 90% con los nombres de los protagonistas de cierta novela romántica de Federico Moccia, pero cuando empecé a escribir esta historia aún no se había publicado ese libro ni yo conocía al autor. Sí que tienen un significado más allá de los apodos. La respuesta está en un musical.

P: ¿Álex es lesbiana y Nick es bisexual, o cómo va esto?

R: Más que nada, son jóvenes. Ellas deciden cómo quieren definirse: actualmente Álex no se define y Nick dice que es bisexual. Personalmente, creo que es un poco pronto para ponerles etiquetas.

Sobre otros personajes

P: ¿Por qué el señor Moretón tiene ese apellido tan extraño?

R: Era el apellido del cantante de un grupo de indiepop cuyo disco compré a finales de los noventa. El grupo se llamaba Aneurol 50 y nunca he logrado encontrar más cosas de ellos. Ahora bien, el nombre completo del profesor es un guiño al autor clásico de teatro Leandro Fernández de Moratín.

P: ¿Quién escribe los grafitis que hablan mal de Nick?

R: En el libro se insinúa su autor. Para los lectores menos sutiles, se hablará de ello en la segunda parte.

P: ¿Quién escribe lo de “Un pavo rosa es una cosa pavorosa” en el instituto?

R: Aún no lo sé, tengo varios candidatos.

P: ¿Qué profesión tenía el padre de Álex y por qué murió?

R: Era diplomático español, destinado en Berlín-Este. Murió de un infarto repentino, o al menos esa es la versión oficial. Su cuerpo fue encontrado en una actitud un tanto grotesca y su asesinato supuso un duro golpe en su entorno.

P: ¿Qué relación hay entre las madres de Álex y Nick?

R: Existe un vínculo, pero de momento no voy a revelar su naturaleza. Habrá que seguir atando cabos.

P: ¡Estaban liadas!

R: ¡Malpensados!

P: ¿Cómo se llama en realidad la Tore?

R: Victoria Torero, se dice en el libro. En versiones anteriores de la historia fue Belén.

P: ¿Rafa es negro?

R: Sí.

P: ¿A Tore le gusta un poco Nick, o me lo he imaginado?

R: Son imaginaciones tuyas. Aunque esos ojos verdes de ciencia ficción…

P: ¿Cuál es el verdadero nombre de Cheli?

R: Consolación. En casa la llaman Consuelo.

P: ¿Richi y sus hermanos son gitanos?

R: Richi y sus hermanos son hijos de paya y gitano. Aunque tienen una red de familiares y conocidos gitanos y en ocasiones se identifican como tal, es una identidad fabricada sobre todo por oposición y no tanto por pertenencia. Fundamentalmente se sienten del Lianchi.

P: ¿Cuál es el orden, de mayor a menor, de los hermanos de Richi?

R: De mayor a menor: Boyardo, Nata, Richi, Carmen, Manu, Beibi y Pichita. A Boyardo, Beibi y Pichita es probable que no los veáis en Un pavo rosa. Richi actúa como si fuera mayor que Natalia, pero en realidad es casi un año menor.

Sobre mí

P: ¿Naciste en Alcalá de Henares o viviste en esa ciudad?

R: No. Hubo una época en la que paraba mucho por allí, eso sí.

P: ¿Un pavo rosa es un libro autobiográfico?

R: No. Oh, bueno, a quién quiero engañar… Hay algunas cosas que sí que se inspiran en mi adolescencia o en personas que conocía entonces (ver la serie de entradas “Un pavo rosa tras los focos”), pero la historia en sí es 100% inventada. ¿Que en mi instituto había una profesora que siempre decía lo de la vergüensa ajena? Bueno, es una coincidencia sin más (no me odias, señorita Conchita. ¿Verdad? ¿Verdad?).

P: Tu representación de Alcalá de Henares y sus alrededores me ofende profundamente. ¿Dónde puedo protestar?

R: Puedes empezar organizando una quema pública de libros en la plaza de Cervantes. No asistiré, pero me haré eco de ella.

Bromas aparte, le tengo mucho cariño a la ciudad y no es mi intención ofender a nadie, solo parodiar una realidad que existe y existió en su momento. Soy la primera interesada en promover la cultura en el Corredor del Henares, pero creo que reírse de uno mismo también es parte de la cultura.

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