Grandes poemas de amor

Lo reconozco, todo este tema de #blumettra y el fanfic que escribí casi de broma me ha puesto romántica. De pronto tengo ganas de leer sobre amor, escribir sobre amor en todas sus versiones. Me pasa de vez en cuando.

Poemas de amor

Lo bonito de los poemas de amor es que no pasan nunca de moda. Desde los versos que nos escribíamos en la carpeta hasta las grandes composiciones románticas, todos hemos garabateado alguna vez rimas dirigidas a la persona amada. A su manera, lo hace hasta Álex en Un pavo rosa.

Sí, esto me da ternura ahora… ¡Y es algo que escribíamos en las carpetas del cole! ¡Lo sé!

Aunque yo soy mucho más narrativa que lírica (y, por tanto, tiende a gustarme la poesía más narrativa), hay ciertos poetas que me pierden, y muchos son de los que se consideran “tradicionalmente” románticos… en el sentido romántico-trágico. Por ejemplo, Gustavo Adolfo Bécquer, cuyas composiciones siguen siendo siendo top of the pops en los institutos muchos siglos después.

Asomaba a sus ojos una lágrima,
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

Gustavo Adolfo Bécquer, XXX, incluido en Rimas (1868)

También me gustan mucho los versos de amor de Federico García Lorca, como aquellos del Romancero gitano, aunque en ellos casi todos los personajes acaben fatal y los amores sean de los que duelen.

Su desnudo iluminado
se tendía en la terraza,
con un rumor entre dientes
de flecha recién clavada.
Amnón estaba mirando
la luna redonda y baja,
y vio en la luna los pechos
durísimos de su hermana.

Federico García Lorca, Thamar y Amnón (fragmento)

Una mención especial a los poetas que no son especialmente conocidos por su poesía amorosa. Por ejemplo, Edgar Allan Poe. Sí, el de El cuervo. ¿Sabéis que en el fondo lo que a él le gustaba era ser poeta? Su poema Annabel Lee me rompe el corazón, sobre todo cantado por la grandísima Stevie Nicks de Fleetwood Mac.

For the moon never beams, without bringing me dreams
   Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
   Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
   Of my darling—my darling—my life and my bride,
   In her sepulchre there by the sea—
   In her tomb by the sounding sea.

Edgar Allan Poe, Annabel Lee (fragmento)

Otra que no solía hablar mucho de amor era Gloria Fuertes. Ahora que vuelve a ser trending topic gracias a ciertos libros, hay gente redescubriendo los poemas para adultos de esta escritora. Pero también se puede hablar de amor de forma implícita, como en su extraordinario poema Isla ignorada. O por su ausencia:

En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

Gloria Fuertes, En las noches claras

Y, por supuesto, cabe siempre hablar del amor (o desamor) con uno mismo, como solía hacer Jaime Gil de Biedma increpando a su propia figura.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Jaime Gil de Biedma, Contra Jaime Gil de Biedma (fragmento)

Y esto no es todo lo que voy a escribir sobre amor. Tengo pendiente una entrada sobre amantes famosos en la literatura y más cosas, así que dadle un poco de cancha a la Diana moñas de estas semanas. 😉

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Los villancicos más curiosos

Me gusta mucho comparar las canciones navideñas populares en España con las de otros países. Ahora que la música es cada vez más enlatada y en todas partes se escuchan los superéxitos del tipo White Christmas o Let It Snow, ahora que los escritores incluso van y escriben historias con títulos de villancicos yanquis, a veces me gusta recordar que los villancicos que yo más oía de niña decían cosas como esta:

Canta, ríe, bebe, que hoy es Nochebuena
Y en estos momentos no hay que tener pena
Dale a la zambomba, dale al almirez
Y dale a tu suegra en “mitá” la nuez

Canta, ríe, bebe es uno de mis villancicos favoritos. La letra no tiene desperdicio: viene a decir que nos vamos a agarrar la melopea del siglo y a armar un ruido del copón, pero que da igual porque esta noche es Nochebuena (y mañana Navidad). Eso sí: a las suegras ni agua, y a los tenderos que no dan aguinaldo, un buen tiro en la sien. Tal como leéis.

Los villancicos que cantamos se suelen dividir en dos grupos. Por un lado, los serios, como Noche de paz o Adeste fideles, normalmente de composición internacional y mucho más centrados en la solemnidad de esa noche y en el hecho religioso (solo hay que evocar el estribillo de Noche de paz). Por otro, los populares. Estos son los que hablan de comer, de beber, de reír y también a veces de broncas, de miseria y de vírgenes rocieras.

Uno de sus mejores ejemplos es La marimorena, que en la versión que yo conozco (no en otras) describe una juerga antológica en un portal de Belén bastante necesitado:

En el portal de Belén han entrado los ratones,
y al bueno de San José le han roído los calzones.

La marimorena (RAE: “Riña, pendencia, camorra”) no se libraba de racismo, porque una de sus partes decía precisamente:

En el portal de Belén han entrado los gitanos,
y les dice San José: “Cuidadito con las manos”.

Huelga decir que los gitanos acababan robándole los pañales al niño (perdón, al Niño) o, en otras versiones, el aguinaldo. Este era el protagonista de las disputas más terribles. Por ejemplo, en Ya viene la vieja, menuda era la susodicha. Suponemos que no quería quedar mal, ¡pero con lo mínimo!

Ya viene la vieja con el aguinaldo.
Le parece mucho, le viene quitando.

El villancico Arre, borriquito hacía gala ya de su cansancio por los pedigüeños y explicaba su proceder con una lógica popular impecable:

En la puerta de mi casa voy a poner un petardo,
“pa” reírme del que venga a pedir el aguinaldo.

Pues si voy a dar a todo el que pide en Nochebuena,
yo sí que voy a tener que pedir de puerta en puerta.

De hecho, estos villancicos generalmente juerguistas y alegres solían tener puntos en los que la letra se te helaba un poco en la garganta. Dime niño, que por cierto parecía tener problemas para establecer la auténtica maternidad y paternidad del niño Jesús, nos obsequiaba con esta perla:

La Nochebuena se viene, dum, dum, dum,
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, dum, dum, dum,
y no volveremos más.

Otra cosa habitualmente presente era la obsesión en todo Belén por el chocolate. De niña no le encontraba mayor problema, pero cuando supe del descubrimiento de América, me di cuenta de que era un poco raro eso de que anduvieran todos locos por algo que… ¡no se conocía en la época!

Esta es la letra del simpático Hacia Belén va una burra, que hoy debería ser venerado por los hipsters por su espíritu reciclador:

Hacia Belén va una burra, rin, rin,
yo me remendaba, yo me remendé,
yo me eché un remiendo, yo me lo quité,
cargada de chocolate.

Lleva en su chocolatera, rin, rin,
yo me remendaba, yo me remendé,
yo me eché un remiendo, yo me lo quité,
su molinillo y su anafre.

María, María, ven acá corriendo,
que el chocolatillo se lo están comiendo. (¿Ah, que no era para todos?)

Pero para locuras, nada mejor que Los peces en el río. Sí, la virgen se peina entre cortina y cortina y luego tiende en el romero… ¿pero qué pasa con los peces bebiendo, bebiendo y volviendo a beber? ¿No se supone que es eso lo que hacen siempre los peces? ¿O es que no beben precisamente agua?

Pero mira cómo beben los peces en el río.
Pero mira cómo beben por ver a Dios nacido.
Beben y beben y vuelven a beber,
los peces en el río por ver a Dios nacer.

Aunque el premio al villancico más psicodélico yo se lo daría a Gatatumba, que conocí sobre los seis años gracias a mi libro de texto y que me provocó una extrañeza considerable (a duras penas me podía creer que eso fuera un villancico). En la versión de Parchís lo mezclan con otro que yo conozco con otra música.

Gatatumba, tumba, tumba,
un pandero sin sonajas.
Gatatumba, tumba, tumba,
no te metas en las pajas.
Gatatumba, tumba, tumba,
toca el pito y el clavel.
Gatatumba, tumba, tumba,
tamboril y cascabel.

Por último están los villancicos “modernos” y las reinterpretaciones de los artistas, como el famoso El tamborilero, a mi juicio una mezcla brillante de la tradición popular con una vocación más seria y espiritual. Como este tiene poca chicha desde esta perspectiva, os dejo con mi villancico favorito, que en realidad es un poema: El camello cojito, escrito por Gloria Fuertes. Aquí ya entraríamos en el terreno de lo derivativo y la sátira (como en su maravilloso “Las tres reinas magas”), pero eso da para otra entrada.

Los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero,
le quiero, repitió el Niño.

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WhiteStar, una antología en homenaje a David Bowie

Estamos casi en Navidades y tengo algunos regalos bajo el brazo (poca cosa, ya sabéis; un detallito más que nada, como dice vuestra tía la pesada), pero antes voy a hablaros de una antología que acaba de salir a la venta. Se trata de WhiteStar, una recopilación de historias sobre la figura de David Bowie, sus personajes y sus canciones, editada por Cristina Jurado (la “dire” de SuperSonic) y el sello Palabaristas. De momento está disponible en versión digital a través de Lektu (por un precio mínimo de una cerveza) y todos los beneficios van a parar a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).

Bowie en su época de The Thin White Duke

La cubierta de WhiteStar muestra a Bowie en su época de The Thin White Duke.

El “reparto” no puede ser más de lujo: Sofía Rhei, Teresa Mira y Guillermo Echeverría, Víctor Selles (sí, ¡el de nuestro Instinto animal!), Eduardo Vaquerizo, Laura López Alfranca, Laura Ponce, Francisco Jota-Pérez, Concha Perea, Ángel Luis Sucasas, la propia Cristina Jurado… y muchos otros autores que todavía no he leído, pero que no tardaré en conocer. 🙂

Esta es una antología que se prestaba a la experimentación y es lo que hemos intentado muchos de los autores con nuestros relatos. Siempre más o menos dentro del terreno de la ficción especulativa, hemos jugado con las posibilidades que nos inspiraban las canciones y los personajes de un artista tan polifacético como David Bowie. Resulta curioso que yo misma me apuntara a esta iniciativa teniendo en cuenta que se me conoce (que se la conoce, dice; ja, ja) más que nada por escribir ficción juvenil y erótica, pero como digo en mi nota biográfica, servidora escribe “de todo” y con frecuencia todo junto. 🙂 En este caso, con Black Hole/White Hole dejé salir mi lado más introspectivo; quería explorar las fronteras entre mito y realidad, rumor y certeza, vida y muerte.

Me puse muy triste cuando Bowie falleció y me pilló bastante de sorpresa, porque hacía años que no sabía nada de él (para mí era alguien que pertenecía, más que nada, a mi infancia y a las colaboraciones con artistas que me gustaban en los 90) y tenía ganas de escuchar su última aventura, Blackstar. Para los fans de Bowie, Blackstar es realmente un discazo. Sí, es un testamento musical, pero también es una oda a la curiosidad, al conocimiento y, de algún modo, a la esperanza. Quizás no de una forma individual, porque Bowie no era muy dado al sentimentalismo de tú a tú, pero sí como colectivo, como especie.

Nos hacen falta más artistas como David Bowie y menos enfermedades que nos los roben antes de tiempo. Muchos artistas producen (y sobreproducen) lo mismo de siempre porque tienen miedo. En el fondo, cuando uno encuentra algo con lo que está cómodo, moverse de ahí siempre es duro y muchas veces implica enfrentarse a la incomprensión de propios y ajenos. Hay artistas que han tomado caminos que no me han gustado, pero siempre he admirado a los que son capaces de sorprenderte con algo diferente. Conozco gente que ha sacado obras totalmente inesperadas y, después de estrellarse en crítica y ventas, se ha levantado y ha seguido adelante. Para mí es una buena imagen de la esperanza.

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Cómo crear un hábito de lectura

Hay gente que, cuando se entera de que escribo libros o de que trabajo con libros, me dice enseguida que le gustaría leer más. Al principio solía tratar a estas personas con cierta condescendencia (porque, al fin y al cabo, nadie les impide leer), pero luego recordé que yo también pasé por una época, en torno a los veinte años, en la que leía muy pocos libros al año y me lamentaba por ello. Habiendo sido una gran lectora en mi infancia y adolescencia, me resultaba raro y echaba de menos la sensación de perderme en un libro. Quería leer, pero no podía.

Vamos a ver si os identificáis conmigo a los veinte años: Superusuaria de internet, con un montón de proyectos en la cabeza, que ve un montón de series y sigue un cuatrillón de webs. Capaz de devorar fanfics largos en menos de una hora. Incapaz de tomar un libro que no sea de los de pim, pum, pam y sentarme a leerlo porque, simplemente, “no me centro” o “se me va la cabeza a otras cosas”.

Si tu caso es parecido, lee este artículo. Porque la lectura tiene mucho de hábito y el mundo actual tiene un montón de cosas que van en contra de forjarse un buen hábito de lectura.

Lo primero que tienes que tener claro es:

1. Te quejas de no leer… pero tú ya lees.

Si te has identificado con mi retrato de jovencita, podrás darte cuenta de que, en realidad, tú ya lees. La palabra escrita es el medio por antonomasia para transmitir información o conocimiento y, a pesar de que digan que vivimos en un mundo audiovisual, la transmisión de nuestra cultura se sigue realizando en buena parte a través de la escritura y la lectura.

La mayoría de personas que me dicen “me gustaría leer más” ya leen. Suelen ser seguidores de periódicos o revistas especializadas, de blogs, de fanfiction, lectores de cómics, jugadores de videojuegos muy narrativos… ¡Se lee muchísimo! Lo que pasa es que, efectivamente, eso no son libros y la forma de “leerlos” es diferente. Activan regiones diferentes de tu cerebro y suponen una experiencia distinta.

Aun así, no estás contento. Pasemos al siguiente punto:

2. Crees que no lees (suficientes) libros.

Quieres leer libros, pero no los lees. O lees muy poco, de dos a cinco libros al año a lo sumo. Y tienes la sensación de que deberías leer más libros. Porque a tu alrededor se leen libros y la gente que mola habla mucho de libros.

Vamos a poner las cartas sobre la mesa. Yo creo que leer libros es muy importante, porque hace cosas en tu cabeza que ningún otro medio puede hacer. Pero serás consciente de que los libros, al haber sido el vehículo principal de transmisión de nuestra cultura, gozan de una extraordinaria buena prensa. Solo tienes que ver la cantidad de gente que se hace famoso y… ¡escribe un libro! El libro es símbolo de cultura, de estatus. Está socialmente bien visto, incluso si es el bestseller más ramplón (como mucho, la biografía de Belén Esteban puede ser una excepción). Mejor leer novelas de entretenimiento que no leer. Tú también lo piensas, ¿verdad?

Es probable que pienses que llevar un libro bajo el brazo te hace mejor persona, más deseable o más interesante. Y como ser queridos y aceptados es algo que necesitamos todos, intentas leer libros. O hacer como que los lees, que es lo que hace la mayoría: tenerlos de exposición, discutir sobre libros de los que solo has oído hablar, citar otros que en realidad nunca has abierto…

Hay demasiado postureo en el mundo de la lectura. Todos ganaríamos si dejásemos de leer como si alguien nos estuviera mirando por encima del hombro y tratásemos nuestras lecturas como algo parecido al modo incógnito del Spotify. Leer debería ser una actividad que quieras realizar por sí misma, por los beneficios que te reporta. Por el contrario, leer por obligación o por darse importancia suele, por desgracia, tener un efecto perverso para el hábito lector.

Tu problema puede ser algo tan sencillo como que estás intentándolo con los libros equivocados. A lo mejor no eres un gran lector de novelas, pero sí de relatos. O a lo mejor, por la razón que sea, te gusta la chick-lit. ¡O a lo mejor ni siquiera te gusta la ficción! (Aunque no lo creas, conozco personas muy, muy cultas y muy interesantes que nunca leen ficción.)

Así que date un respiro, deja de intentar meterte en vena lo que en realidad no te llama y ve a por aquello que te despierte el interés. Vamos, que te pongas ese petardeo que llevas tanto tiempo queriendo oír. No tienes por qué casarte con un género. Y a lo mejor, más adelante, descubres que tus gustos han cambiado; es totalmente lícito.

¿Sigo sin dar del todo en el clavo? Entonces lee el siguiente punto:

3. Quieres leer, de verdad, por lo que te hace sentir, pero no consigues concentrarte en un libro.

Recuerdas que leer es bonito y lo echas de menos. A lo mejor leías mucho de pequeño, pero en los últimos años tomas un libro y no sabes lo que pasa: tu cabeza salta inmediatamente a otras cosas. No es que te guste ni que te disguste, es que leer se ha convertido en una tarea titánica.

Bienvenido al mundo moderno.

A riesgo de sonar como una mujer de las cavernas, para mí está claro que el “multitasking” se ha convertido en uno de los peores enemigos de la lectura. Tomamos un libro y de pronto nos viene a la cabeza lo que teníamos que comprar para la cena. O te pones a darle vueltas a lo que te ha dicho ese día tu jefe en el trabajo. O recibimos un whatsapp y hay que atenderlo inmediatamente, porque puede ser urgente (antes la gente te llamaba para las cosas urgentes; hoy puedes recibir la noticia de que alguien se ha roto una pierna por WhatsApp).

En estudios científicos se ha comprobado el efecto “dispersor” de los móviles y ordenadores en nuestras cabezas. Las pantallas, tan útiles para otras cosas, ejercen varios efectos negativos sobre nosotros. Ante todo, dificultan la concentración lectora porque no estamos solos frente al texto, sino leyendo, chateando, consultando el correo y comprando algo en Amazon, todo a la vez. Si leemos mucho en la tableta, en el móvil o en el ordenador mientras tenemos todas las aplicaciones abiertas (o vemos series mientras nos pintamos las uñas, o jugamos mientras escuchamos música…), nos acostumbramos a que la experiencia de lectura es algo intermitente donde “extraemos lo importante” en lugar de leer en profundidad. Por eso las personas que leen mucho en internet se vuelven auténticos expertos en el arte de encontrar palabras clave en una página o deducir su estructura.

El problema es que es como ir al gimnasio y entrenar siempre en la misma máquina: es difícil desarrollar este músculo y a la vez el músculo de la concentración. Y la mayoría de los libros, por ligeros que sean, requieren un mínimo de concentración. Así que, si quieres volver a disfrutar de los libros “como antes”, me temo que tienes que ponerte a trabajar un grupo de músculos que actualmente tienes un poco fofos y olvidados. Es un trabajo arduo, pero los resultados merecen la pena.

No descartes otro hecho importante: las pantallas con retroiluminación requieren más esfuerzo visual y nos agotan más rápido. Cuando yo era joven, me pasaba muchas horas moviendo los ojos delante de un ordenador y después solía sentirme muy cansada. Como hoy en día la mayoría trabajamos con ordenadores, salimos del trabajo con una fatiga visual importante. Si estás intentando leer en tu móvil o en una tableta después de muchas horas así, no me extraña que tu cabeza esté cansada y “salte” automáticamente a otras cosas.

Yo te recomiendo dos cosas muy sencillas: la primera, no leas libros en el ordenador ni en el móvil. Lee en papel o utiliza un dispositivo con tinta electrónica, notarás la diferencia. La segunda: Cuando estés leyendo, simplemente lee. Te vendrán a la cabeza un montón de cosas que podrías estar haciendo. Ignóralas. No mires el móvil. No respondas a los mensajes (a menos que esté ardiendo la casa de alguien). Tendrás tentaciones de meterte en Facebook para continuar ese interesante debate que habías dejado a medias. Resiste. Y cuando hayas logrado dejar pasar una hora, te darás cuenta de que, a lo mejor, no era tan importante responder inmediatamente al GIF animado que te habían pasado por WhatsApp o comentar esa foto de Instagram. No se han ido a ninguna parte, siguen ahí, y ahora puedes dedicarles todo tu tiempo. Esto son enseñanzas valiosas en la vida en general, pero se hacen especialmente útiles a la hora de leer libros.

Lo que nos lleva al punto 4…

4. Quieres leer, pero… no puedes evitar pasar demasiado tiempo en “actividades irrelevantes”. O sea, estar en Facebook, tragarte series enteras en un solo día o pasarte 350 niveles del Candy Crush.

Ya he mencionado la buena prensa que tiene la lectura (de libros) frente a todas estas actividades aparentemente irrelevantes. Es un error pensar que un libro, por el mero hecho de existir, es más interesante que tu Twitter. Hay libros que son verdaderos truños y que merecen menos tiempo del que se tarda en responder a un tuit.

Ahora bien, seamos sinceros. A menos que tu Facebook sea muy diferente al mío, sabes perfectamente que el 85% de todo lo que ves allí son chorradas. Pero el uso de redes sociales responde a necesidades muy diferentes que la lectura y que tienen que ver mucho más con la comunicación que con la relevancia del mensaje. Así que no te sientas culpable ni intentes comparar ambas cosas en una escala de “relevancia”, porque es como comparar el tocino con la velocidad. Ni siquiera intentes comparar el “enganche”, porque estamos programados para que nos resulte mucho más adictiva una serie (que es audiovisual) o un juego (que es interactivo) que un libro. Todo lo que se parezca más a nuestra experiencia del mundo nos resulta mucho más absorbente y es más fácil de asimilar por nuestro cerebro. Por el contrario, la palabra escrita no es transparente: necesitas conocer una serie de códigos para leerla y luego tu cabeza debe reconstruir la narración para entenderla. Si tu cerebro está acostumbrado a descodificar estímulos inmediatos y no a leer en profundidad, te supondrá mucho más esfuerzo leer un libro.

Normalmente yo no encuentro nada malo en que la gente haga lo que le gusta y le reporta placer, pero mi impresión es que las personas que se sienten vacías y angustiadas con este punto han ido demasiado lejos. Es evidente que las actividades que te proporcionan estímulos inmediatos te satisfacen en cierta medida (porque si no, no las harías); pero parece que esa otra parte de ti, aquella a la que le gusta leer libros, está insatisfecha porque se le ha dado de lado.

Lo bueno es que todo es un hábito y que los hábitos pueden modificarse. La capacidad de concentrarte en un libro sigue dentro de ti, solo que debes ponerle las cosas más fáciles. La clave está en crear una rutina. Si lo que quieres es leer más, tendrás que ir reintroduciendo la lectura de libros en tu día a día de forma consciente y, sí, eso supondrá probablemente reducir el tiempo que dedicas a las “actividades irrelevantes” (que muchas de ellas tampoco lo son). Examina fríamente el tiempo que dedicas a cada actividad y recorta de aquellas que no te hagan sentir bien para leer. Sobre todo, no te dejes llevar por la urgencia del momento, porque ya has visto que la mayoría de cosas siguen ahí cuando regresas a ellas y porque, en una escala de inmediatez, los libros siempre tendrán las de perder.

No pienses que no te va a costar. El mundo se encargará a menudo de recordarte que, si no participas en ciertas interacciones (la conversación sobre esta serie, este chiste, la interacción en el grupo de amigos del WhatsApp), te estás perdiendo algo muy importante. Sé tozudo y recuerda que leer es una actividad que te resulta placentera, así que es importante que leas. Créeme: al igual que te has acostumbrado a jugar una hora diaria al Candy Crush (por decir un juego tontuno), puedes acostumbrarte a leer una hora diaria.

5. Tu vida es muy complicada y te es imposible sacar tiempo para leer.

El día tiene 24 horas y no más: el eterno problema del tiempo y de las elecciones vitales. Bien, si realmente quieres leer, tendrás que sacar tiempo de donde sea. Vamos a buscar las actividades menos importantes. ¿Limpiar casa? Vale, sí, importante. ¿Limpiar casa en profundidad? Quizá menos importante. ¿Cocinar? Importante. ¿Cocinar todos los días? ¿No puedes pedir comida un día? ¿O espaciar esa temporada de serie que estás viendo en uno o dos capítulos a la semana? ¿De verdad es tan grave? ¡Si antes lo hacíamos así todo el rato!

Lee de poco en poco. Es lo mejor para ejercitar el hábito. Cuando tengas un rato en el transporte público, saca un libro. Acostúmbrate a leer antes de dormir. O en el baño. (El baño es un lugar extraordinario donde se han forjado los mejores lectores.) Cuando el niño duerma la siesta, en lugar de zapear sin rumbo por los programas de la tele, intenta leer ese libro que tienes a medias.

Es complicado, pero no es imposible. Ya verás que, cuando tienes el hábito, todo viene rodado y los libros pasan por ti cada vez más rápido.

Por último, si nada de esto es exactamente tu caso, podría darse que:

6. Escribes… y eso no te deja tiempo para leer.

Me encanta esta última porque es como una paradoja suprema. Hay personas a las que les ocurre que escriben tanto y con tanto entusiasmo (novelas, fanfics, relatos, poesía, etc.) que apenas pueden leer los libros de otros. Lo más que leen son sus propias historias cuando las corrigen.

Novedades: sin lectores, no hay libros. Punto. Si tú esperas que te lean en algún momento (y no me salgas con falsa humildad, porque es algo que nos gusta a todos), deberías esforzarte por leer libros ajenos. Entre otras cosas, porque jamás he conocido un escritor verdaderamente bueno que no fuera también un gran lector. O dicho con menos pedantería: porque leer te saca de ti y de tu mundo. Y porque eso, inevitablemente, redundará en una riqueza mucho mayor de tus historias, de tus personajes o de tu prosa.

Leer libros es como viajar. Ves muchas cosas y algunas te gustan más que otras. Pero expande tus horizontes de una manera que no tiene parangón. La persona que lee comprende mejor a los demás, se entiende mejor a sí mismo y entiende mejor su propio mundo. Creo que no hay nada que un escritor pueda desear más.

Espero que este artículo te haya resultado útil. Recuerda que yo también escribo y leo, o al menos intento hacer ambas cosas. 😉 Si tienes interés por alguno de mis libros, consulta las secciones de Un pavo rosa o ¡Sí, mi capitana!

Imagen: Calm Reading, de Rob Tolomei <3

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Un pavo rosa tras los focos: de botellas de vino en Barcelona a… botellas de vino en Barcelona

Vamos a recopilar las entradas de este “Un pavo rosa tras los focos“, que se ha extendido bastante más de lo que pretendía por mi vena nostálgica: Mis años de colegio y El diluvio que viene (1994-1997); Mi adolescencia y esa chica rubia (1997-2000); La universidad, Show Me Love y Sugar Rush (2000-2004); El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch (2004-2005). La última de todas (por el momento…) será esta, que irá sobre la época en la que se me ocurrió la novela y su proceso de escritura.

Ya os lo adelanto: fue una época de mierda y es un proceso de mierda. No los recomiendo.

Hoy día, cuando hasta quien no sabe hacer la O con un canuto publica un libro, se diría que escribir es facilísimo. En estas circunstancias, casi me avergüenza decir que, en términos generales, a mí escribir me cuesta un huevo. Y aunque la idea de Un pavo rosa surgió con mucha facilidad, las circunstancias en las que surgió (al borde de una ruptura; a mitad del camino de la vida, sin saber bien dónde me encontraba) y la forma en la que la arrastré durante muchos años, escribiéndola a cachos, han hecho que mi relación con ella no sea especialmente sencilla.

Un momento complicado

Regresemos al año 2007. A ese momento en el que estoy delante del teclado con una botella en la mano. Estoy sola en Barcelona. Estudio un doctorado en teoría cinematográfica, pero tengo que mentir y decir que no tengo la licenciatura para conseguir un currillo en el bus turístico y así subsistir. Vivo en una habitación en un piso compartido. Mi relación con mi familia no es buena, mi pareja y yo hemos roto (aunque seguimos pegándonos revolcones), tengo la mala costumbre de beber cuando estoy sola y no tengo amigos en esta ciudad. Cuando no trabajo, pueden pasar días sin que alguien me dirija la palabra.

Como además tengo encima una crisis existencial de las guapas y no sé adónde me dirijo ni lo que busco, escribo mucho, pero casi todo tiende a convertirse en una espiral sin fin. En una época en la que aún no están de moda las sagas kilométricas ni las novelas al peso, yo tengo problemas para poner punto y final a mis historias, porque casi todas engordan hasta hacerse inabarcables. Mi NaNo de 2006, una novela sobre varias generaciones de mujeres, se quedó más o menos al 80%. Con mi historia sobre las muchachas de un internado británico sucedió más o menos lo mismo: el universo se hizo inmenso y al producto final se le saltaban las costuras por todas partes. Eso sí, me sabía la vida y milagros de todas mis chicas.

Entonces pensé en el NaNo de 2007 y me dije que ya estaba bien. Escribiría una novela y la terminaría. Después de todo, lo había logrado un par de veces cuando era adolescente, ¿por qué no ahora?

Diseñé una novela breve y, para asegurarme el control sobre ella, la orienté a un lector más joven que yo; no necesariamente un adolescente, pero sí alguien que acababa de entrar en la veintena. La acoté también en el tiempo y el espacio: los años 98 y 99 y Alcalá de Henares. Acoté el género: sería una comedia romántica. Todo eso me ayudaría a terminarla, pensé. Sería una cosa sencilla.

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Notas iniciales de Un pavo rosa cuando no eran más que conceptos.

Aquel maravilloso NaNo

Estamos, pues, en 2007. Ese año, mucha gente se apuntó al carro del NaNoWriMo. Para mí era la segunda vez y me dedicaba a la construcción de los esquemas de la novela con fervor religioso. Por suerte, contaba con gente maravillosa como Adhara o Fer para leerme y aconsejarme, personas que también trabajaban en sus propias obras con un entusiasmo contagioso.

Como no hablaba con mucha gente más allá de mi ex, le hablé de la idea que tenía y le envié el esquema para que le echara un vistazo. Mi ex era una persona “leída” y no se cortaba en absoluto a la hora de alabar o poner a caldo las cosas que yo escribía, así que suponía que me daría una crítica constructiva sobre esta. Grave error.

Por razones que ya he comentado en las entradas anteriores, mi ex reconoció enseguida la experiencia personal que había en la novela y reaccionó con una virulencia inesperada. Me puso el esquema a caer de un burro y me dijo que la historia no tenía la más mínima gracia. Lo resumió todo en la frase que hoy más recuerdo: “Lo mejor que puedes hacer con esa historia es no escribirla”.

Ante semejante planchazo, me hice una bola y lloré hasta que Adhara me dio un coscorrón traté de buscar una solución a los muchos problemas en la historia que amablemente había apuntado mi ex, a quien, por cierto, no he vuelto a ver desde entonces. La había tachado de simple y predecible, así que introduje un cambio importante en la narración. Se me ocurrió que todo podría estar contado en una especie de flashback recurrente. Y cambié el principio para ponerle ese comienzo in media res que tiene ahora, con Nick y Álex en la cama.

A veces estoy muy contenta de esta decisión y a veces maldigo el momento en el que se me ocurrió trocear el tiempo de esa manera: la historia original podía pecar de predecible, pero al menos no estaría haciendo las filigranas temporales a las que me veo obligada ahora.

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Y esto son solo unos apuntes a vuelapluma…

Y llegó noviembre…

Estamos en noviembre de 2007. No sé cómo me mantuve sin escribir una sola palabra de Un pavo rosa (por entonces ya tenía claro el título) hasta entonces. Había regresado a Madrid sin portátil (me lo habían robado), sin trabajo y sin saber muy bien qué iba a ser de mi vida. Solo recuerdo que el 1 de noviembre estaba conectada al Messenger y con un archivo de Word abierto.

Cuando el reloj marcó las 00:00, fue como si me prendieran una mecha. Nunca había deseado tanto empezar una novela. El capítulo 1, en el que Nick se despierta de la cama con resaca y ve a Álex a su lado, fue como si se escribiera solo. Y el 2. Y el 3. Si todos los primeros capítulos suenan alocados, casi maníacos, es porque mi estado de ánimo lo era. No sabía qué hacía, solo quería escribir, escribir, escribir esa historia.

Llevaba el NaNo a buen ritmo cuando, en torno al día 7, recibí una llamada de teléfono. Resultó que había hecho una entrevista de trabajo en Frankfurt para un conocido desarrollador de juegos, les había gustado y querían que me incorporara a la plantilla. Acepté y quedamos en que empezaría la semana que viene. Colgué y seguí escribiendo más escenas de Álex y Nick. Luego me levanté, pensé que tenía que planear una mudanza internacional y me mareé un poco, solo un poquito.

En tierras extrañas

No me costó demasiado irme. La estancia en Barcelona me había dejado vacía de cosas, casi de sentimientos. Me marché con una maleta, una mochila y un pequeño portátil que me prestó mi madre. Las primeras semanas me alojé en un lugar a unos cincuenta minutos en tren de la ciudad, en una casa enorme con dos perritos que se intentaban montar todo el rato y que estaba habitada por testigos de Jehová de mi edad que me hablaban de usted. Yo me hacía la cena y luego escribía. Iba por las mañanas a la empresa de Frankfurt, me explicaban qué tenía que hacer en el nuevo trabajo, conocía gente nueva y variopinta, me fascinaba la escasez de luz que había en todas partes y, cuando llegaba a casa, sacaba el pequeño portátil y me ponía a escribir sobre los dimes y diretes de dos adolescentes en Alcalá de Henares. Escribía a toda prisa. Aparte del NaNo, sentía como si me acabara el tiempo.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con los atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Gané el NaNoWriMo unos días antes de que terminase noviembre. Sin darme casi cuenta, había escrito las 50.000 palabras de rigor y, para mi sorpresa, la historia no había hecho más que empezar. No me concedí apenas descanso y seguí escribiendo a un ritmo parecido: quería terminar la novela. Mi ex me escribió para decirme que había empezado a salir con otra persona. Quise tirarme al río. Al final solo volví a emborracharme un poco y lloré. Seguí escribiendo. No recuerdo si paré de verdad hasta las Navidades. Solo entonces miré atrás, vi todo lo que había escrito y pensé: “Bueno, esto de novela corta tiene poco, lo mismo hay que dividirla en dos o algo así“. Me concedí un respiro. Acababa de terminar el acto I.

Después de la tormenta

Estamos en 2008. Cuando regresé a Alemania después de Navidades, estaba más calmada y no retomé la novela. La veía caótica y quería centrarme en recomponerme sentimentalmente. Así transcurrieron unos meses. Conocí a una persona a la que le gustaba escribir tanto como a mí y que terminó leyendo La Ilíada debajo de la colcha de mi habitación mientras yo usaba el ordenador.

Nunca supe si la ciudad de Frankfurt me había salvado de un remolino de decadencia, si había sido el Pavo, si fue esa persona o si lo hice yo misma. Solo supe que, poco a poco, después de la tormenta, algo comenzaba a florecer. Era sorprendente que estuviera viva después del dolor que había sentido. Cada minuto me resultaba extraño, como regalado.

Estamos en 2009. Casi dos años después del momento en el que había comenzado Un pavo rosa, volví a sentarme frente al ordenador y me mordí las uñas. Había centrado mi vida, había salido del marasmo: solo me faltaba acabar esa novela. Por entonces todavía estaba convencida de que era una sola novela. A mí me gustaba, pero yo tenía por costumbre no dar a leer mis cosas sin terminar a nadie y tenía, por lo tanto, pocas opiniones al respecto. Sin embargo, el acto I estaba terminado y más o menos cerraba una buena parte de la trama, así que hice algo a lo que nunca antes me había atrevido: até un par de cabos, lo puse en un archivo separado y se lo envié a algunos amigos por correo electrónico.

Las primeras reacciones

Tenía un poco de miedo de que estas personas encontraran el acto I del Pavo demasiado infantil, demasiado disparatado, demasiado confuso. Para mi sorpresa, la reacción general fue muy positiva. ¡Mis conocidos lo encontraban divertido! Se implicaban en la historia, odiaban a Nick o la amaban, se reían al recordar escenas, me decían cosas que querían que ocurrieran. Perdí un poco la vergüenza y se lo dejé leer a más gente del trabajo mientras yo intentaba terminar el acto II. Que hubiera gente esperando la continuación de esa historia me ponía presión. Y, teniendo en cuenta que estaba acostumbrada a escribir para mí misma, un poco de presión no me venía nada mal.

Pero el acto II me hacía sufrir. No era ni de lejos tan automático como había sido el I. Yo ya no estaba en la misma situación y las escenas, como es lógico, se estaban volviendo más “adultas”. No explícitas, simplemente adultas. Sentí de nuevo las ganas de huir y me puse a escribir otras historias, que a su vez abandoné a su debido tiempo porque quería volver a estar con el Pavo. (Soy infiel hasta la médula, pero también soy una sentimental.) Entretanto, la vida siguió sucediendo y un acontecimiento me hizo pensar que debía abandonar ese trabajo y esa ciudad.

De país en país

Estamos en 2010. Con la novela bajo el brazo, el chico que se había convertido en mi pareja y yo llegamos al Reino Unido y nos instalamos en una casita con jardín muy cuca, muy fría y muy cara en las afueras de Cambridge. Y no escribí casi una línea del Pavo. Durante esos años me centré en lo que yo consideraba que sería mi carrera profesional y que acabó siendo un fiasco de horas extra, muchas charlas con un cliente estúpido y un estrés que estuvo a punto de destrozarme la mandíbula. Completé otro NaNo casi sin saber lo que hacía, cometí muchas estupideces y en general le dediqué poco tiempo a escribir en serio. Me sentía desconectada; se me ocurrían historias en las que un grupo de gente moría después de confesarse sus penas más indignas. No estaba para el humor más “rosa” (aunque fuera rosa furcia) que requería el Pavo.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Enfermedades y metáforas

Estamos en 2013. Hagamos un flash-forward para decir, simplemente, que mi empresa me ha destinado a Barcelona. Casi al mismo tiempo en que regreso “a casa”, caigo enferma. Me paso un año bien jodido en el que, después de muchas pruebas, me diagnostican una enfermedad crónica, la enfermedad de Crohn.

Dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas que hoy día tendemos a ver la enfermedad como la rebelión de los órganos frente a los castigos a los que sometemos al cuerpo. Sea verdad o mera percepción, en mi caso la rebelión de mi intestino propició que echara el freno al frenesí en el que vivía entonces y me replanteara las cosas. Pensé en cómo quería que fuera a partir de entonces mi vida. Tuve claro que no podía prescindir de la escritura. Y decidí que, ya que era así, necesitaba tomármela más en serio.

Por primera vez pensé en serio en intentar publicar. Nunca lo había visto como la finalidad natural de escribir y todavía me sorprende que haya gente que sí. En mi onanismo literario, el lector era poco más que un elemento ajeno e incomprensible; incluso con el Pavo, todavía pretendía más que nada contar la historia que a mí me habría gustado leer. Sin embargo, me planteé enfocar el proceso de escritura de un modo más ordenado en adelante y tener en cuenta a ese elemento extraño llamado Lector. Aunque mi lector ideal fuese lectora. Aunque mi lector ideal se pareciese a mí como una gota de agua.

Monumento en el monte Carmelo: "El orden de hoy es el desorden del mañana".

Monumento en el monte Carmelo: “El orden de hoy es el desorden del mañana”.

La chica nueva

Estamos en 2014. Barcelona volvía a conectar conmigo de una forma que no habían hecho Cambridge ni Frankfurt. Me volvía a dar tiempo relevante, de ese que otorga ganas de hacer cosas, no de esperar que se pase sin más. Entonces una chica que había trabajado en el mismo sitio de Frankfurt que yo se unió a nuestro equipo en el trabajo y trabamos amistad. Yo, que me iba curtiendo en eso de dar a leer mis obras a la gente sin morirme de la vergüenza y hasta había montado una microeditorial en el proceso, le di a leer alguna que otra maravilla pornográfica salida de mi pluma en unos pocos meses que fue demasiado para ella. Un poco para desairarla y otro poco porque sabía que el estilo sí que se había hecho con ella, le dije: “Pues tengo otra novela a medio terminar que a lo mejor te gusta”.

Fui pasándole el Pavo durante varios meses. Era la primera vez en mi vida que hacía eso: revisaba algunos capítulos y se los enviaba por correo electrónico. Ella se los leía, me comentaba sus impresiones, yo hacía cambios (si era necesario) y seguíamos adelante. Me sentía acompañada, y el hecho de que esta novela sí que le gustara me motivaba mucho. Pasábamos por los capítulos con disciplina y regularidad, que eran dos aspectos que en los años anteriores me habían faltado. Cuando le envié los últimos capítulos del acto I, lo supe seguro: aquello eran dos libros y el primero estaba terminado. Tenía otras obras en la manga, pero gracias a este ejercicio coordinado, el Pavo sería la novela con la que yo intentaría presentarme a las editoriales.

Vender una novela complicada

Estamos en 2015. Pasan muchas cosas. Yo estoy haciendo un máster de edición porque los libros me gustan y me quiero dedicar más en serio a ellos, aunque precisamente por eso sé lo mal que está la industria del libro. Pero como yo en el fondo vivo en el mundo de la piruleta, escribo una propuesta de edición de Un pavo rosa (Acto I) y pruebo suerte enviándosela a varias editoriales y a algunos agentes.

Esta historia ya la he contado en otra entrada, pero resumiendo mucho: o tengo una estrella en el culo o la propuesta me quedó convincente. Envié unas doce propuestas, no más, porque nunca me ha gustado hacer mailings masivos y porque tenía muy claro de entrada que las grandes editoriales iban a pasar lo más grande de mi cara. La mayoría de editoriales no contestaron (no hay tiempo para eso), pero otras se tomaron la molestia de decirme que la industria pasaba por malos momentos (ya) y que no aceptaban autores nuevos. Sin embargo, obtuve varias respuestas que mostraban interés. ¡Glups! ¿Interés?

Un editor me comentó que la idea le gustaba, pero que no le convencía que la historia estuviera ambientada en los años 90. Me invitaba a trasladarla al momento actual cambiando las referencias. (Consideré la posibilidad, pero finalmente la descarté.) Otra editorial me reiteraba que la propuesta les gustaba mucho, que querían leérsela con calma, que… en fin, que la vida es muy complicada, ya lo sé. Hubo una tercera (de la que recibí oferta) y una cuarta, que rechazó finalmente el manuscrito, pero por entonces ya había pasado el tiempo y yo ya había firmado con Meracovia.

La era de Meracovia

Estamos en 2015. A Meracovia llegué por casualidad: era el proyecto editorial de una compañera de máster que parecía sólido y buscaba autores nuevos. La editora se leyó la novela y le gustó, hubo buena química y firmamos un contrato de edición. Después de tanto tiempo, no me creía que todo fuese tan fácil. La gente decía que recibía cientos de rechazos y ahí iba yo, una principiante con mi novela más teen bajo el brazo, y lo clavaba por la escuadra. Además, a Meracovia no solo le gustaba el Pavo, sino que le gustaba el Pavo tal y como era. No querían convertir a Nick en un chico ni trasladar la acción a la época presente. Era una locura y un sueño.

Estamos en 2016. Un pavo rosa (Acto I) sale a la venta en marzo, aunque por temas de retrasos y la Semana Santa en medio, no se empieza a vender de verdad hasta abril. Hype y presentaciones aparte, y alguna otra niña que se me acerca para decirle que le ha gustado, yo me quedo más o menos igual. No me siento distinta, no me cambia la vida. Me pasa un poco como con la virginidad, que yo creía que iba a brillar de todos los colores cuando la perdiese y tampoco fue nada del otro mundo. Estoy contenta, pero tengo que asumir la realidad: formo parte del “grupo de los 2000”. Soy parte de ese nutrido grupo de escritores que se pueden dar con un canto en los dientes si venden 2000 copias de su libro. Y a estas personas no les cambia la vida por publicar una novela. La recompensa, más que nada, es publicarla. Y cuidado con no pasarte el rato dando el peñazo con tu libro o te quedarás sin amigos.

¿Dónde están las cartas de los fans? ¿Es que nadie escribe cartas ya?

Luz al final del túnel

Pero aún queda lo más difícil: la segunda parte de Un pavo rosa. Tras varios años de batalla, sé que es un auténtico león de Nemea para mí, pero ahora que he empezado, no es una opción no publicarla. Más que nada si Meracovia quiere, y, de momento, en Meracovia siguen estando maravillosamente locos.

El problema más grave es que han transcurrido muchos años. Sé mucho de Álex y Nick, pero los personajes han crecido en mi cabeza. Ya no empatizo con tanta facilidad con esa época de locura y confusión. Las escenas que creía cruciales ya lo parecen tanto. Y, como tengo escrito el final, tampoco puedo desviarme demasiado en el camino, porque sé adónde lleva exactamente esa trenza desmadejada de tramas y personajes.

Estamos en 2016, y actualmente estoy repasando el capítulo 22 de Un pavo rosa (Acto II). Sé que esta parte va a exceder los 30 capítulos del acto I, pero también sé que los capítulos son más cortos, así que no creo que quede mucho más larga. También creo que, cuando termine la primera versión, necesitará una revisión más profunda que la primera parte.

Pero sé que voy a acabar y que no va a ser una mierda infumable. Porque ahora tengo presión y yo ya he dicho que, en mi caso, la presión es buena. O porque, a pesar de mis dramas, Un pavo rosa sigue siendo de mis novelas favoritas y sigo sonriendo cuando escribo determinadas escenas. O porque se lo debo a esas personas que han esperado pacientemente hasta que la novela se publicara para saber el final. O porque me lo debo a mí misma después de tantos años. O porque no he pasado por el infierno y he regresado para volver sin algo que contar bajo el brazo.

Ha sido un honor. Gracias por leerme.

There’s a light on in the attic.
Thought the house is dark and shuttered,
I can see a flickerin’ flutter,
And I know what it’s about.
There’s a light on in the attic.
I can see it from the outside.
And I know you’re on the inside… lookin’ out.

—Shel Silverstein

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Un pavo rosa en la Feria Romántica de Benicàssim

¿Habéis escuchado ya la entrevista que me hicieron Ana Satchi y Carme Pollina en InOutRadio? Me sentí muy cómoda y hablamos de muchas cosas. Es un placer charlar sobre Un pavo rosa y literatura con gente que sabe del tema. Y me encantó la música 😉

¡Ahora hablemos de próximos eventos!

El 24 y 25 de junio estaré en la I Feria Nacional de Novela Romántica en Benicàssim. Que bueno, que yo voy a charlar y a picotear y a lo que surja, pero es evidente que lo que yo escribo solo es romántica desde una perspectiva muy amplia y me pregunto qué tal encajará Un pavo rosa en este ambiente. De hecho, es la única novela homoerótica del programa (aunque no la única discordante; echad si no un vistazo al libro de Perra de Satán).

En teoría, Un pavo rosa es romántica porque el centro de su historia es una relación sentimental que tiene mucho, además, de idealización. En la práctica, tiene bastantes detalles que la distinguen del género romántico tradicional. Empezando por que la relación romántica principal es entre dos chicas, y siguiendo con que la mayor parte del tiempo el lector está más entretenido en reírse de ellas que en compartir sus sinsabores en materias amorosas. Lo que no quiere decir que no lo haga…

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En defensa del género romántico, hace tiempo que sus estereotipos solo conforman la línea más conservadora. Yo voy a Benicàssim a defender una concepción renovada del género. Por ejemplo, la enorme mayoría de las llamadas “homoeróticas” o “novelas LGBT” ya eran románticas de por sí; solo ahora están pasando a integrarse con la romántica en general. En cuanto a la chick-lit, se podrá decir lo que quiera, pero ha ayudado bastante a integrar la comedia con lo femenino y ha producido muchas comedias de calidad protagonizadas por mujeres, algo que nos hacía falta como el comer. Y por último, las mujeres se han apropiado del género erótico, tan denostado, para crear nuevas perspectivas del mismo. Y no, aunque sea lo que más nos llega, no todas tienen que ver con millonarios chiflados…

Quiero romper una lanza por la romántica tal como yo la entiendo: la historia de dos personajes (o más) y su relación. Su atracción. Su afecto. Su odio. Su amor, si llega a haberlo. Muchas de las historias que ponen el énfasis en las relaciones entre personajes son, de alguna manera, románticas por definición. Y el sector más abierto del género romántico ya se ha dado cuenta de esto. Me he topado con muchas fans de la romántica a las que les gusta leer sobre relaciones sentimentales (de todo tipo), pero que están cansadas de los tópicos. Varias chicas me han dicho con Un pavo rosa: “¡menos mal, estaba harta de las típicas historias chico-chica!”. Y no simplemente porque sean chico-chica, ¡sino porque se limitan a repetir lo mismo! Eso aburre hasta a la fan más acérrima del género, y eso que los lectores “de género” siempre tienen una parte a la que le encanta la repetición. ¡Pero no que todo sea exactamente igual, caray!

Creo que todos podemos abrir la mente e impulsar una narrativa romántica más audaz; más creíble, si queréis. Una narrativa en la que no todos los ambientes sean bonitos, en la que las relaciones a veces fracasan, en la que se hable de sexo sin tapujos. ¡Incluso que haya mal sexo! A mí me gusta mucho leer este tipo de historias y creo que en estos contextos es donde florecen los mejores romances (literarios). Al menos, los que a mí me llegan al corazón.

Supongo que siempre seguiré siendo un lobo estepario por esa costumbre mía de mezclar géneros, pero al final voy a tener más en común con las autoras de New Adult y de erótica de lo que creía…

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Un pavo rosa tras los focos: El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch

¡Hoy es el día en que sale a la venta el acto I de Un pavo rosa! Y esta es la penúltima entrada de Un pavo rosa tras los focos, en la que intentaré responder a preguntas como “¿pero por qué un musical? ¿Pero por qué El hombre de La Mancha?”.

En las entradas anteriores he hablado de mi vida preadolescente, adolescente y universitaria. El último año de mi carrera me fui a Alemania con una beca Erasmus.

A mi facultad no le sobraban las becas y yo acabé en lo que probablemente sea la ciudad más fea que hayáis visto jamás: Bochum, en la cuenca del Ruhr. El Ruhr es un afluente del Rin, por la zona de Düsseldorf y Colonia, y toda su cuenca es una zona tradicionalmente industrial. Con increíbles explosiones de naturaleza, eso sí. Por ejemplo, nosotros teníamos que cruzar un bosque entero (porque de bosquecillo nada, aquello era un BOSQUE) para ir a una de las tabernas de las residencias universitarias. En medio del BOSQUE había un único y solitario farol que marcaba más o menos la mitad del camino.

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En aquel oscuro y germánico lugar también creían en Narnia.

ALEMANIA con MAYÚSCULAS

Alemania era grande. Los alemanes eran grandes. Los lavabos y váteres eran grandes. Había ropa de mi tamaño y aún más grande. Los trenes eran grandes, las residencias eran grandes, caían grandes cantidades de nieve que formaban grandes capas. En las tabernas del barrio se bebía a lo grande.

Aunque había muchas cosas de Alemania a las que me costó adaptarme (y no, ninguna tiene que ver con la escasez de jamón serrano), en el aspecto académico recuperé parte de la ilusión que la facultad me había machacado. Había tenido profesores estupendos que me habían hecho pensar e interesarme por sus asignaturas, pero un 70% de mi currículum se componía de materias que repetían temarios y que, además, no me interesaban en absoluto.

En mi facultad de Madrid, todo el mundo daba por hecho que queríamos trabajar en el cine o, si no era posible, en los servicios informativos de alguna cadena de televisión. Yo nunca había sentido con fuerza la llamada de la profesión audiovisual, sobre todo por la normalización académica y laboral que comportaba. Los rodajes me estresaban, la complejidad técnica de las cámaras me hacía sudar y, sinceramente, me importaba un pito qué equipo de fútbol hubiese ganado la liga. No entendía por qué tenía que saberme esas cosas como condición sine qua non para aprobar algunos exámenes. Podía recitar los nombres de los finalistas de Eurovisión de los últimos años, sabía quién había sido la última plusmarquista de atletismo y podía describir la influencia de los libros de Enid Blyton en Harry Potter, pero eso no importaba. Una vez más, el rodillo del común denominador de los gustos se imponía, incluso en un entorno supuestamente erudito. Y se ve que lo que a mí me interesaba, fuera arte, deporte o literatura, era digno de ser mirado por encima del hombro como una frikada.

Eso fue hasta que llegué a Alemania.

Alemania es una de las cunas del kitsch y el camp. Solo hay que decir que prácticamente inventaron el eurodance. En Alemania no sienten vergüenza si los platós de sus televisiones parecen sacados de los años setenta. No les da vergüenza ir por ahí peinados a lo Farrah Fawcett. No les importa poner a Bananarama en un bar. Ni bailarlo. Si bailan mal, no es su problema. Si les gusta una música ratonera, no es su problema.

A Alemania, en muchos sentidos, le falta toda la vergüenza y esa urgencia continua de aparentar ser más y mejor que por aquí nos sobra.

No, tu Todd Solondz no mola más que mi Jan Švankmajer

Nada más lejos de mi intención que destacar las maravillas de Alemania. Solo digo que cuando una estudiante a la que le encanta la cultura popular, pero que no tiene ningún deseo de ser parte de la élite de los creadores de cultura popular, se topa con los cursos de la Universidad de Bochum, es normal que sienta una descarga de adrenalina.

Por primera vez, en la universidad no era ningún problema que a mí me interesaran las películas de género o el cine de palomitas. Muchos de los profesores tenían intereses parecidos. De hecho, les parecía muy bien que alguien quisiera investigar sobre el terror slasher, sobre los dibujos animados europeos, sobre Daria o sobre Star Wars. No consideraban, como me ocurría en España, que alguien interesado en Todd Solondz era automáticamente mejor y académicamente más válido que yo. (Entre otras cosas, porque se da la casualidad de que a mí también me gusta Todd Solondz, solo que a lo mejor mi afán investigador recae en otras cosas.)

Me volví loca escogiendo asignaturas como:

  • Análisis del rol estructural de las telenovelas
  • El cine de Bollywood
  • Televisiones y medios de comunicación en Oriente Medio
  • Historia del cine musical
  • Conceptos del placer en la televisión y el cine

Cuando la vicedecana vio mi propuesta de programa, levantó una ceja y me preguntó:

—¿Y cómo quieres tú aprender a realizar un informativo con una asignatura que se llama… conceptos del placer?

Probablemente argumenté que los conceptos del placer me servirían para tener una perspectiva más relajada a la hora de hacer esas cosas, pero lo que me habría gustado contestarle era más bien: “¿Y cómo no sabes tú que esta es una carrera-batiburrillo, una carrera donde lo mismo me podía gustar el cómic que la radio o las películas porno, y que yo solo me metí aquí porque me fascinaba la cultura pop y no querré nunca realizar un informativo?”. Da igual. Coló, o tuvieron que tragar porque tampoco había mucho más.

La vida es un carnaval

Cuando empecé el curso, dedicaba los martes enteros al cine musical. Por la mañana teníamos la historia del género y, por la tarde, clase de Bollywood con proyección de película incluida. Llegaba a casa por la noche, henchida de música y felicidad.

Siempre me habían gustado las películas musicales. Me fascinaba ese frágil equilibrio entre lo alegre y lo triste, lo impostado y lo auténtico. Una película musical podía contarte cosas durísimas mientras los personajes cantaban y bailaban con una sonrisa (como bien reflejó Bailando en la oscuridad).

Por entonces el género musical no se hallaba en su cota más alta de popularidad, aunque poco a poco despuntaba. Acababa de estrenarse en Estados Unidos ese hito sobre las tablas que fue Wicked. No existían Mamma Mia, We Will Rock You, Hoy no me puedo levantar, y nadie quería llevar al teatro El rey león. (Nota: Paz me ha sacado de mi error, El rey león se estrenó en teatro a finales de los 90.) No había apenas compañías que pusieran en marcha grandes musicales y, en mi facultad, a nadie se le habría ocurrido hacer una reivindicación del género en el cine, con la posible excepción de la reciente Chicago, que al menos tenía el rollo trágico de película póstuma.

En Alemania aprendí muchísimo y vi muchas películas musicales. Me decepcionó Ha nacido una estrella, reconocí el atractivo de West Side Story, me encantó Los paraguas de Cherburgo. Fuimos desde El cantor de jazz hasta los vídeos musicales. Y por la tarde, las películas de Bollywood me abrían un mundo, este sí, totalmente desconocido. Si Alemania era un lugar donde el kitsch campaba a sus anchas sin vergüenza, la India jugaba en otra división, simplemente.

Una de mis películas favoritas fue Kuch Kuch Hota Hai. En ella había uno de los triángulos amorosos típicos de las películas de Bollywood, pero la diferencia era que este triángulo estaba formado por dos chicas y un chico (suele ser al revés) y, además, la película era en gran parte una comedia. Me gustaba que en Bollywood concebían sus productos como una mezcla de emociones y no como algo adscrito a un género concreto. Era el concepto de masala, “un poco de todo”. Canciones incluidas, por supuesto.

Nuestro trabajo final fue sobre Devdas (2002), un remake de un dramón clásico extremadamente prolijo en lo visual. Sus juegos con el color y la composición eran fascinantes. He vuelto a verlo varias veces con otras personas, y hace no mucho escuché una melodía en un paki y corrí a preguntarle al dependiente si eso que sonaba era parte de la banda sonora de Devdas. Se quedó muy sorprendido… ¡No sabía la cantidad de veces que había tenido que verme las escenas de coreografías para tomar notas y sacar capturas!

Un pavo rosa entra en juego

Flash-forward de casi dos años hasta el momento en el que germina en mi cabeza la idea de Un pavo rosa. Pensemos en esa estudiante que llevaba esas pintas de Eduardo Manostijeras. Vale, pues se las ha quitado; ahora va más bien colorida, como las películas que le gustan, en plan hippy pero con menos arte. Imaginadla sola en una habitación de Barcelona, ya explicaremos cómo ha llegado hasta ahí. Pongámosle una botella de vino en la mano, alguna otra sustancia en el cuerpo y varias palomas dejándole regalitos en el alféizar de un patio interior. Suena una canción de Devdas en el ordenador, pero eso es todo lo que queda de la época germana. El ambiente es desolador.

La chica (ya hemos dicho que borracha y viendo elefantes rosas) quiere escribir una novela y sabe que quiere ir de dos adolescentes muy distintas que se enamoran. Tiene claros los referentes temáticos, pero aún no sabe por dónde puede tirar la historia.

De la nostalgia de los colores nace el deseo de escribir una novela que homenajee la época feliz de la vida en la que todo parece nuevo y brillante. Y de la sensación algo alucinógena de irrealidad, de performatividad de la propia existencia, nace la idea de una obra que represente una obra que represente otra obra, y así hasta crear un bucle infinito.

Sí, lo flipaba. Literalmente.

Primero pensé que tal vez podía crear este efecto con las cartas de la baraja y la historia de las cartas de la baraja española. Serían cuarenta capítulos, uno por cada carta. Después abandoné la idea y pensé que lo más sencillo era utilizar la representación de un musical. Pero… ¿cuál?

Pasé fichas y fichas en mis recuerdos, pero ninguno de los musicales que yo conocía se ajustaba del todo a la historia que quería contar. El diluvio que viene era demasiado religioso. Me metí en páginas sobre cine musical y estuve echando un vistazo a los títulos hasta que encontré uno que me llamó la atención: El hombre de La Mancha.

Yo, don Quijote

El hombre de La Mancha (Man of La Mancha) es un musical de Dale Wassermann de 1965 que, ya de por sí, está basado en otra obra de por todos conocida: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes (por cierto, nacido en Alcalá de Henares). A su vez, podríamos decir que esa obra está basada en las novelas de caballerías de la época, y así hasta el infinito. Es decir, ya de antemano predisponía a la creación de ese bucle de representaciones.

Cuando leí la sinopsis del argumento, lo tuve claro: it’s a match. Cervantes, preso en la cárcel, interpreta a don Quijote. Y la que en la obra es llamada Dulcinea se pasa media obra mandando al diablo al señor Alonso Quijano y diciéndole que ella es Aldonza, la prostituta, y que deje de llamarla de otra manera, que la está rayando mucho porque ella no es esa persona. Y Cervantes/Alonso Quijano/Don Quijote le contesta que la realidad es lo que uno crea y que, si él la ve como Dulcinea, Dulcinea bien puede ser. Aquello le iba a mi historia como un guante. Una de mis chicas sería don Quijote, y la otra, Dulcinea.

Fue un poco complicado encontrar el guion original de la obra, pero por suerte, ahí estaba también la versión en película con Sofía Loren para ayudarme a tener una visión más pictórica del asunto. Lo que más me gustaron fueron las canciones. Y de nuevo, todo iba sobre ruedas: José Sacristán y Paloma San Basilio habían interpretado ese mismo musical en Madrid en 1997, así que me fui a una tienda de discos (por entonces todavía existían) y me compré la banda sonora de la obra.

Los fragmentos de canciones que hay insertados en Un pavo rosa son, más que nada, fruto de darle al stop y transcribir lo que acababa de oír, aunque la mayoría ya me las sabía de tanto escucharlas. Supe que Aldonza era mi canción favorita, que Dulcinea me daría mucho juego y que Yo soy yo, don Quijote me serviría para presentar los juegos de relaciones entre los personajes.

Exactamente este CD doble.

Exactamente este CD doble.

Y la casualidad hizo de las suyas

Este año se conmemora el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Da la casualidad, la inmensa casualidad, de que no solo se publica el acto I de Un pavo rosa, sino que se volverá a representar en Madrid y Barcelona el musical de El hombre de La Mancha. Aunque ya vi la obra en un pequeño teatro de Alemania, nunca la he visto en español y para mí será toda una experiencia. ¿Vamos juntos?

Los interesados, que sepáis que queremos montar el grupo en Barcelona para el jueves, 25 de agosto de 2016, a las 21:00. Contactad conmigo para coordinarnos. Es probable que también vaya a verla a Madrid… pero en cualquier caso, siempre se puede montar allí un grupo alternativo. Realmente es una obra que merece la pena y, si la han actualizado, puede quedar algo muy interesante.

(No creo que lleguen al punto de que a don Quijote lo interprete una mujer. Pero siempre podéis imaginaros a Álex declamando.)

En la próxima y última entrada de la serie Un pavo rosa tras los focos hablaré de aquella frase lapidaria de mi ex, que hoy se me ha quedado en el tintero, de la accidentada escritura de la novela y de lo que realmente pienso acerca de Nick y Álex. Me quedo con las ganas de contar algo más. Como es lógico, cuando pensé en la obra musical adecuada para el acto I también encontré la que haría el “juego de espejos” en el acto II, y también me emocioné porque cuadraba a la perfección. Pero no tendría gracia si os estropeara la sorpresa, así que de momento me lo callo. Con un poco de suerte, la publicación del acto II coincide con otro aniversario. 😉

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Literatura LGBT y canon literario: ¿influye la orientación sexual en lo que escribimos?

Alguna vez me han preguntado si la orientación sexual influye en lo que uno escribe. Me corrijo: alguna vez me han dicho, normalmente de forma airada, que por qué mi sexualidad tiene que influir tanto en las cosas que escribo.

La orientación sexual influye en lo que uno escribe del mismo modo que todo lo que uno es, lo que ha vivido y soñado, sus inquietudes y obsesiones, influyen en lo que uno escribe. Me sé de grandes escritores que dan vueltas una y otra vez a temas parecidos y fórmulas análogas, aunque con argumentos diferentes (por eso son grandes).

Conozco personas para quienes su orientación sexual está muy desconectada de lo que escriben. En general, en estos casos se trata de lesbianas, grandes escritoras, que escriben sobre personajes heterosexuales o simplemente en géneros donde el romance tiene menos cabida (histórico, thriller, infantiles, etc.). Hay algunas escritoras famosas de este tipo, como Val McDermid. En las personas que he conocido, había una cierta tendencia a pensar que, con lo bien que escribían, no debían centrarse “exclusivamente” en personajes homosexuales (N.B.: algunas NUNCA escribían sobre homosexuales). Incluso una me comentó una vez, motu proprio, que no sabía por qué su propia experiencia sentimental estaba tan desconectada de lo que escribía.

También he conocido el caso contrario. Por ejemplo, las mujeres que escriben (y leen) romance gay son legión, tanto en la fanfiction como en la ficción profesional. La explicación habitual, con la que comulgo como lectora, es que se trata de un ámbito algo menos estereotipado y donde la identificación funciona de una manera distinta, lo que permite una experiencia distinta de lectura. Nisa Arce suele escribir romance homosexual y lo hace estupendamente. Y aunque conozco menos el caso contrario, también he visto escritores a los que les gusta crear personajes de mujeres lesbianas o bisexuales. El cliché dice que este interés es mayormente sexual o estético, pero no siempre es cierto. Algunas de estas historias, que a menudo mezclan el género romántico con la ciencia ficción o la comedia, podría haberlas escrito yo (eso, o mis personajes son tan superficiales como los de estos hombres).

El problema es que mientras que las lesbianas o los gays que escriben sobre pasiones heterosexuales no levantan ninguna ceja, escribir sobre relaciones homosexuales está sometido a un perenne escrutinio. Y parece que, cuando un autor habla a menudo de este tema, tiene que justificar su interés por él de algún modo. Es un poco como si tú escribes con frecuencia sobre vampiros y hombres lobo y la gente viniese a preguntarte que por qué precisamente, de entre todos los temas del universo, eliges hablar sobre vampiros y hombres lobo.

Lo que hay detrás de estas preguntas es la asunción, todavía muy enquistada, de que la literatura “seria” solo abarca una serie de temas y que las relaciones homosexuales no forman parte del canon de la literatura seria. Es un poco como escribir humor: La conjura de los necios solo hay una, y todo lo que no sea La conjura de los necios se considera poco más que un chascarrillo. (*)

En general, uno escribe sobre las cosas que más le interesan o le intrigan. Es totalmente lícito que un escritor heterosexual escriba sobre un personaje homosexual, y viceversa. Incluso si lo hace a menudo. Incluso si lo hace SIEMPRE. Incluso si todos sus personajes son gays o viceversa. Es su mundo y hay muchas razones para su decisión. De algún modo, es parecido a cuando una mujer no escribe “literatura femenina” y por tanto queda fuera del canon. En lugar de cuestionarlo, deberíamos celebrar la diferencia y la posibilidad de que haya distintas perspectivas. Cuestionarse continuamente el por qué de los mundos de un escritor es tan fútil como preguntarse por qué Lorca escribía siempre sobre andaluces.

Con todo, es verdad que la resistencia cuando un autor no es heterosexual y escribe sobre personajes no heterosexuales es aún mayor. Yo misma no estoy libre de culpa. Vuelvo a los casos de autores homosexuales que sí escriben (fundamentalmente) sobre homosexuales. Me encantan los libros de Isabel Franc, pero a veces me he encontrado pensando: joder, necesito un respiro de tanto bollerío. Quizás esto sea en parte porque la llamada “literatura LGBT” siempre ha tenido, y es lícito, un maridaje con el activismo social y político. Muchas de estas autoras escriben con una lectora lesbiana en mente, y no solo eso, sino a menudo una lectora lesbiana y conocedora del ambiente lésbico (algo que no soy). Todos los libros contienen un mundo de referencialidad que se despliega ante el lector; quizás lo que temían las primeras autoras a las que hacía referencia, las que NUNCA escribían sobre homosexuales, era precisamente esto: desviarse del canon generalista de forma que “alienasen” a su lector no homosexual. Porque querían gustar a ese lector, que en el fondo aun hoy es la norma, el crítico: agradarle era un éxito, y no agradarle, un fracaso.

Pero eso no impidió a Jack Kerouac escribir En la carretera describiendo todo un ambiente beatnik que no tenía nada que ver con el de muchos lectores que lo leyeron por primera vez. Eso no ha impedido a muchísimos autores escribir infinidad de libros que hablan de mundos muy concretos, reales o inventados, y que hoy día se han convertido en clásicos. (Los que nos gusta la fantasía sabemos de lo que hablamos; otro género que, a pesar de su historia y su enorme presencia, ha estado siempre relegado a los márgenes y solo con gran esfuerzo se está abriendo camino en la literatura “seria”.)

Mi objeción es que, por muy referencial que nos parezca un mundo, el texto (y el autor) tiene todo el derecho del mundo a imaginar su lector ideal como le dé la gana. Y en repetidas ocasiones se ha demostrado que mundos muy específicos conectan con lectores totalmente diferentes por otras razones.

Cuando yo escribo, inconscientemente imagino un lector. En mi caso, como en el de muchos otros autores, soy yo. Yo de jovencita, yo con ganas de reírme, yo nacida unas décadas después o yo muy seria, pero básicamente es alguien que comparte mis características básicas. Mi sexualidad es algo divertido que incluye a hombres y a mujeres, pero sobre todo me fascinan las relaciones entre mujeres, del mismo modo que me intrigan aspectos como la pérdida de la juventud o el control en las relaciones interpersonales.

Con estas premisas, creo que es bastante lógico que escriba lo que escribo. A las personas que se interrogan sobre por qué un 80-90% de mis protagonistas no son heterosexuales me encantaría preguntarles por qué un 100% de sus protagonistas sí lo son, además de blancos, hombres y con una actitud de desprecio+superioridad hacia el mundo que los rodea. Postureo aparte, supongo que esa actitud viene refrendada por la seguridad que da estar en la norma.

Esta entrada está inspirada en el artículo de Junot Diaz sobre la ausencia del aspecto racial en la literatura y en los másteres de escritura creativa.

(*) Hay otra estrategia de invisibilidad/integración en el sistema que consiste en alabar la obra e ignorar estos aspectos en la crítica, de manera que solo te enteras de que una obra contiene humor u homosexuales por pura casualidad. Se da especialmente con la literatura catalogada como… seria.

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Desde mis no-vacaciones

Para combatir la opacidad y la dispersión que tienden a ascender por mis blogs cual moho por la ventana de una casa británica, voy a explicar simplemente qué tengo entre manos. O sea, esto es una entrada que responde a “y cómo le irá la vida a esta mujer, se habrá ido de vacaciones o qué”, sin más.

Desde que me reduje la jornada laboral para sacar adelante los temas editoriales y avanzar con las cosas que escribo, he estado muy ocupada. Tanto, que a veces me he preguntado si lo de reducirme las horas laborales no habría sido un sueño. He terminado mi Máster de Edición, he hecho prácticas en una editorial y he estado haciendo cálculos para ampliar la producción y distribución de Café con Leche. Lo más difícil ha sido mantener un horario coherente, pero más o menos lo he conseguido.

Actualmente trabajo en varios proyectos:

– La novela erótica de piratas ¡Sí, mi capitana!, cuyo crowdfunding se celebrará en otoño. Aunque el texto ya está terminado y corregido, quedan un montón de cosas que cerrar: ilustraciones, maquetación, posible imprenta… incluso el tema del vídeo promocional, si es que encuentro tiempo para hacerlo. Y todas estas cosas implican hablar con gente. No hay nada mejor para una escritora huraña, yay.

– La antología de lobas y metamorfas para la colección bestofthebest. Seguimos recibiendo relatos, algunos de ellos de lo más interesante. Pinta estupendo, pero todavía queda el trabajo duro: la selección final (y hay tantos que es necesario repartirlos), el diseño de cubierta, la promoción, etc. Vamos, más temas administrativos y más hablar con gente, yay.

– Un proyecto de libro que está todavía en pañales. En realidad, esto se lo he propuesto a mi Sensei Editorial, pero la idea me gusta mucho y me gustaría verla cobrar forma de todas todas. Para ello, tengo que ponerme a traducir del alemán. DEL ALEMÁN. No suelo traducir del alemán y es un reto para mí, pero supongo que algún día debería demostrar que sé decir algo más aparte de Kuchen, porque para quienes no vivieran conmigo en Frankfurt, mi alemán sigue siendo una entelequia.

– En temas escritoriles, cuando tengo un rato escribo lo que viene a ser la segunda parte de Un pavo rosa. O más bien corrijo, porque buena parte ya estaba esbozado. ¿Recordáis esa bravuconada de “a mí no me cuesta escribir novelas“? Bueno, pues no es verdad. No me cuesta escribir ciertas novelas, pero algunas me cuesta terminarlas.

Un pavo rosa es una comedia juvenil en dos partes (“actos”) que llevo arrastrando ya varios años. Básicamente es Sugar Rush + Fucking Åmål + cierta inspiración horrorizada de las cosas que yo escribía cuando era adolescente. Hace tiempo rulé una versión preliminar del acto I entre mi círculo de conocidos y gustó bastante. Este año, aprovechando que mi compañera Ana quería leerla (y cumplió su amenaza dos veces), por fin he pulido, ampliado y dado carpetazo a esa primera parte. Mientras espero la opinión de un par de editoriales que la han tildado de “muy interesante” (tan interesante que debe de ser mejor mantener el misterio y no leerla), intento completar el acto II. De ahí que de vez en cuando me veáis quejarme en las redes sociales de rubias y de morenas que no hacen lo que se les dice o de partes que no encajan ni con SuperGlue.

– Hay otros proyectos que tengo en la recámara, como un par de guiones de cómic o, por qué no, un relato de vez en cuando. Pero a todo esto me cuesta encontrarle hueco, aunque de vez en cuando me pongo un rato y expulso algo cual huevo de gallina con lo que después suelo hacer tortilla (mi especialidad).

Jorge no se ha portado bien conmigo esta entrada de verano y, aunque todas estas cosas suelen ser un escape para mí, a veces se me ha hecho cuesta arriba cargar con todo. Lo único bueno es que mi enfermedad me ataca el intestino, no la cabeza, con lo que siempre tengo mucho tiempo para pensar. Y tengo confianza en que una buena organización puede compensar poco a poco la falta de medios y manos: con tiento, pero ya he empezado a poner cosas en el calendario de 2016…

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Sobre la novela esa de piratas (II)

Como ya comenté en la primera parte de esta entrada, tenemos a Diana muy fané y descangayada con una novela erótica entre las manos nacida del ron y el no ver el mundo exterior durante varios meses. Una novela que era un poco demasiado porno para una editorial centrada en romance LGBT, un poco demasiado lésbica para una colección erótica habitual y un poco demasiado guasona para una línea histórica. Sabía que tenía potencial, porque al fin y al cabo la fórmula había convencido a los editores de la anterior colección, pero me venían a la cabeza las portadas de esa y otras colecciones eróticas y no estaba cómoda. Sabía que mi producto se apartaba de esa línea y, sin embargo, estaba mucho más cerca de lo que podría ser la oferta de Ediciones Babylon: un texto multierótico de esencia friki que se lee mejor apoyado por ilustraciones.

Y al fin y al cabo, no tenía yo una minieditorial para nada. Así que me dije: aprovecha esta oportunidad, publica un libro que crees que merece la pena publicar y así descubres cómo es montar un crowdfunding y trabajar mano a mano con una imprenta local. Además, seamos sinceros: tú nos sales más barata que nadie, perra.

Comencé a buscar ilustradores que quisieran participar en el proyecto. Al principio, pensé en reclutar a tres, porque mis amigos ilustradores andan siempre HASTA ARRIBA DE CURRO y es difícil retenerlos durante mucho tiempo. Sin embargo, aquello demostró sobre el papel no solo ser más complicado para todos (comunicarse lleva mucho tiempo y los proyectos creativos requieren una comunicación muy estrecha), sino económicamente inviable. Como una artista se desmarcó por motivos del hastarribismo antes comentado, acordé con las otras una solución salomónica: una se ocuparía de la ilustración de cubierta (a color), y la otra, de las ilustraciones del interior (en blanco y negro).

¿Quiénes eran estas ilustradoras? La primera, Sara Pérez, a quien conocía de oídas a través de Rocío Vega (que participó en Cuando calienta el sol) y de su webcómic Chrysalis. Me gustaba su forma de dar expresividad a los personajes y creía que su estilo había evolucionado muchísimo desde los inicios. Cuando contacté con ella, me alegró que conociera ya la historia de Mary Read y Anne Bonny y que tuviera ganas de leer más sobre ellas: ¡eso significaba que estábamos en la misma onda!

La otra ilustradora era Faye, a quien no conocía de nada, pero me llamaba mucho la atención su mundo loco de mujeres con orejas largas, oscuros secretos y posturas a lo Milo Manara en sus dos webcómics. Me puse en contacto con ella a través de Gurrupurru. Faye no conocía la historia, pero… TETAS Y PIRATAS. Para ella eso ya era un aliciente. Lo que quería decir que, una vez más, parecía que estábamos en la misma onda. 😉

Consideré otras opciones, pero el hecho de que Faye y P’rez fueran comiqueras y que las dos se sintieran cómodas dibujando escenas sugerentes o eróticas era importante para mí. Quería que entendieran la novela y que les gustara lo que iban a dibujar. Aunque yo vaya por la vida como si todo el mundo dibujara, escribiera o consumiera distintos tipos de porno, me he topado con personas que no me han vuelto a mirar igual desde que he sacado el tema. No quería trabajar con alguien que viese lo que hacíamos como algo oscuro y sórdido.

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Una vez las cosas comenzaron a marchar con las ilustradoras, había que detallar más la campaña de crowdfunding y sus recompensas. Los números son una mierda, pero en buena parte se reducen a solicitar presupuestos y comparar las distintas ofertas. El problema era que, a poco que me descuidara, cambiaba una celda en Excel y la cantidad mínima del crowdfunding pegaba una subida astronómica. He tenido que hacer más recortes que los gobiernos europeos en los últimos años. Yo quería un libro en tapa dura. ¡JA, JA, TAPA DURA DICE!… Vale, tapa dura no, pensemos en rústica. Y un póster de tamaño… ¡JA, JA! ¿DE QUÉ TAMAÑO?… Venga, va. Más pequeño. Y los gastos de envío. Dios, los muy terribles gastos de envío. Por si no fuera bastante el dolor de manipular cada libro uno a uno, viene esto a recordarte que mucho “pero si hoy vivimos en un mundo digital” y hostias, pero las cosas todavía hay que llevarlas de un sitio a otro en camión o en barco. Y eso cuesta dinero.

Por suerte existen los stretch goals. He intentado mantener el objetivo del crowdfunding dentro de lo razonable y todo lo que me encantaría añadir, pero no puedo, ha ido a stretch goals: será lo que haremos si superamos una determinada cantidad de dinero. En realidad, no es tanto: una vez conseguido el objetivo, solo hay que vigilar que aumente proporcionalmente la tirada. Curiosamente, hay una recompensa que ha llamado mucho la atención y que por eso me he esforzado por mantener: el espectáculo erótico de piratas con cena y fiesta. Lo cual demuestra que incluso entre la gente más lectora, estas cosas… mira, que yo equivoqué el oficio, ya lo sé.

El eslabón más débil del crowdfunding es quizás el “bueno, ¿y esto a quién se lo cuento y por qué va a importarle?”. Como todo el mundo sabe, yo estoy medianamente dotada para la escritura y vergonzosamente infradotada para las labores de comunicación y ventas, aunque poco a poco voy mejorando (lo segundo). Ya tengo una lista de contactos y un plan de comunicación para todas las semanas. Sé que de esto podría depender el éxito o el fracaso de la campaña: sí, muchos seréis mis conocidos, otros los de Faye, otros los de P’rez, algún alma caritativa se paseará por la plataforma y otro despistado tropezará en el botón de poner dinero; pero el éxito masivo depende del público que no conocemos y de la ayuda que nos den los grandes difusores de contenido. Así que soy consciente de que tengo que quitarme la vergüenza y echarle morro. Y toda la ayuda que nos podáis echar vosotros en este sentido, propuestas, sugerencias, etc., también es increíblemente valiosa.

La fecha prevista de inicio del crowdfunding piratil es el 7 de septiembre de 2015 el 9 de noviembre de 2015 (actualización). Apuntadla bien en el calendario. A partir de ahí, todo es posible. Me veréis muy atareada durante treinta o cuarenta días, pero si sacamos esto adelante, tendremos una experiencia valiosísima y un producto que merece la pena. Lo bueno de estas cosas es que la segunda vez siempre es más fácil, y la tercera más fácil aún. Café con Leche podría valerse de más crowdfundings para sacar otros libros que de otra forma nos costaría demasiado editar. Y al final, de eso va nuestro proyecto literario.

Gracias por adelantado. 🙂

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