Los villancicos más curiosos

Me gusta mucho comparar las canciones navideñas populares en España con las de otros países. Ahora que la música es cada vez más enlatada y en todas partes se escuchan los superéxitos del tipo White Christmas o Let It Snow, ahora que los escritores incluso van y escriben historias con títulos de villancicos yanquis, a veces me gusta recordar que los villancicos que yo más oía de niña decían cosas como esta:

Canta, ríe, bebe, que hoy es Nochebuena
Y en estos momentos no hay que tener pena
Dale a la zambomba, dale al almirez
Y dale a tu suegra en “mitá” la nuez

Canta, ríe, bebe es uno de mis villancicos favoritos. La letra no tiene desperdicio: viene a decir que nos vamos a agarrar la melopea del siglo y a armar un ruido del copón, pero que da igual porque esta noche es Nochebuena (y mañana Navidad). Eso sí: a las suegras ni agua, y a los tenderos que no dan aguinaldo, un buen tiro en la sien. Tal como leéis.

Los villancicos que cantamos se suelen dividir en dos grupos. Por un lado, los serios, como Noche de paz o Adeste fideles, normalmente de composición internacional y mucho más centrados en la solemnidad de esa noche y en el hecho religioso (solo hay que evocar el estribillo de Noche de paz). Por otro, los populares. Estos son los que hablan de comer, de beber, de reír y también a veces de broncas, de miseria y de vírgenes rocieras.

Uno de sus mejores ejemplos es La marimorena, que en la versión que yo conozco (no en otras) describe una juerga antológica en un portal de Belén bastante necesitado:

En el portal de Belén han entrado los ratones,
y al bueno de San José le han roído los calzones.

La marimorena (RAE: “Riña, pendencia, camorra”) no se libraba de racismo, porque una de sus partes decía precisamente:

En el portal de Belén han entrado los gitanos,
y les dice San José: “Cuidadito con las manos”.

Huelga decir que los gitanos acababan robándole los pañales al niño (perdón, al Niño) o, en otras versiones, el aguinaldo. Este era el protagonista de las disputas más terribles. Por ejemplo, en Ya viene la vieja, menuda era la susodicha. Suponemos que no quería quedar mal, ¡pero con lo mínimo!

Ya viene la vieja con el aguinaldo.
Le parece mucho, le viene quitando.

El villancico Arre, borriquito hacía gala ya de su cansancio por los pedigüeños y explicaba su proceder con una lógica popular impecable:

En la puerta de mi casa voy a poner un petardo,
“pa” reírme del que venga a pedir el aguinaldo.

Pues si voy a dar a todo el que pide en Nochebuena,
yo sí que voy a tener que pedir de puerta en puerta.

De hecho, estos villancicos generalmente juerguistas y alegres solían tener puntos en los que la letra se te helaba un poco en la garganta. Dime niño, que por cierto parecía tener problemas para establecer la auténtica maternidad y paternidad del niño Jesús, nos obsequiaba con esta perla:

La Nochebuena se viene, dum, dum, dum,
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, dum, dum, dum,
y no volveremos más.

Otra cosa habitualmente presente era la obsesión en todo Belén por el chocolate. De niña no le encontraba mayor problema, pero cuando supe del descubrimiento de América, me di cuenta de que era un poco raro eso de que anduvieran todos locos por algo que… ¡no se conocía en la época!

Esta es la letra del simpático Hacia Belén va una burra, que hoy debería ser venerado por los hipsters por su espíritu reciclador:

Hacia Belén va una burra, rin, rin,
yo me remendaba, yo me remendé,
yo me eché un remiendo, yo me lo quité,
cargada de chocolate.

Lleva en su chocolatera, rin, rin,
yo me remendaba, yo me remendé,
yo me eché un remiendo, yo me lo quité,
su molinillo y su anafre.

María, María, ven acá corriendo,
que el chocolatillo se lo están comiendo. (¿Ah, que no era para todos?)

Pero para locuras, nada mejor que Los peces en el río. Sí, la virgen se peina entre cortina y cortina y luego tiende en el romero… ¿pero qué pasa con los peces bebiendo, bebiendo y volviendo a beber? ¿No se supone que es eso lo que hacen siempre los peces? ¿O es que no beben precisamente agua?

Pero mira cómo beben los peces en el río.
Pero mira cómo beben por ver a Dios nacido.
Beben y beben y vuelven a beber,
los peces en el río por ver a Dios nacer.

Aunque el premio al villancico más psicodélico yo se lo daría a Gatatumba, que conocí sobre los seis años gracias a mi libro de texto y que me provocó una extrañeza considerable (a duras penas me podía creer que eso fuera un villancico). En la versión de Parchís lo mezclan con otro que yo conozco con otra música.

Gatatumba, tumba, tumba,
un pandero sin sonajas.
Gatatumba, tumba, tumba,
no te metas en las pajas.
Gatatumba, tumba, tumba,
toca el pito y el clavel.
Gatatumba, tumba, tumba,
tamboril y cascabel.

Por último están los villancicos “modernos” y las reinterpretaciones de los artistas, como el famoso El tamborilero, a mi juicio una mezcla brillante de la tradición popular con una vocación más seria y espiritual. Como este tiene poca chicha desde esta perspectiva, os dejo con mi villancico favorito, que en realidad es un poema: El camello cojito, escrito por Gloria Fuertes. Aquí ya entraríamos en el terreno de lo derivativo y la sátira (como en su maravilloso “Las tres reinas magas”), pero eso da para otra entrada.

Los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero,
le quiero, repitió el Niño.

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Interludio: I Saw Mommy Kissing Santa Claus

Ando a mil cosas, pero aquí dejo una breve historia navideña de Un pavo rosa para desearos feliz Navidad y amenizar un poco la espera para el acto II. También podéis descargarla directamente en PDF. Espero que os guste. 😉

INTERLUDIO
I Saw Mommy Kissing Santa Claus

Una historia de

1. Santa Claus

Le habían comprado un traje blanco y una capita plateada. Su madre se había pasado horas recortando formas de una cartulina dorada, cosiendo estrellas aquí y allá, cortando hilos con los dientes. Cuando por fin le enseñó el resultado, Nick gritó de emoción. ¡Iba a ser un ángel de verdad, un auténtico ángel del cielo! Y no te olvides de esto, añadió su madre, que le colocó en la espalda un palito con un aro que parecía flotar sobre su cabeza. Nick quería ir a enseñárselo inmediatamente a sus vecinos, pero ella se negó. Si te lo pones ahora, se manchará, ¡y no me he pasao yo el rato pa que esto se eche a perder!

Por suerte, el día de la representación quedaba ya muy cerca. En el colegio ya estaban rastrillando el terreno del belén, una gran extensión de hierba con un pequeño arroyo en medio. Junto al arroyo había un pino enorme y algunos compañeros le habían dicho que iban a colgarla de él… Nick no sabía si iba en serio, pero sentía mariposas en el estómago. ¡Sería el ángel de la estrella, subida al árbol más alto del colegio! ¡Desde allí, todo el mundo la vería; absolutamente todo!

—Mi niña es un ángel, un ángel —bromeaba su padre mientras brincaba por el jardín, rodeado de motivos navideños, y la hacía saltar en sus brazos—. Y yo, ¿sabes quién soy? Soy… ¡el demonio!

Su padre la mordía en el cuello con labios húmedos y calientes, haciéndole cosquillas; la borla de su gorro de Santa Claus le acariciaba la cara, y Nick se reía. Su madre también se reía. Por aquella época estallaba en carcajadas estruendosas casi por cualquier razón. Se acercó a ellos y Nick sintió que sus manos la tocaban, solo que sabía que no quería abrazarla a ella, sino a su padre; así que se deslizó hasta el suelo y contempló con una extraña mezcla de envidia y fascinación cómo su madre se aferraba al cuello de Santa Claus y lo besaba en la boca. Ángel o demonio, me vuelves loca, murmuró la madre. Santa Claus volvió sus ojos claros hacia Nick y, por un instante, la niña vio en ellos la sombra de una duda.

Tres días y muchos gritos después, su madre y ella estaban dentro de un avión en el que hacía un frío terrible y que no llegaba nunca a su destino. Nick le daba vueltas al aro entre las manos sin saber qué hacer mientras, a su lado, su madre dormía, a ratos miraba el asiento de delante sin pronunciar palabra y a ratos rompía en sollozos roncos que trataba de ahogar con las manos sobre la cara.

Lo que vino después fue igual de desagradable. Sus tíos habían venido de Valladolid para estar con ellas, pero su madre no estaba para nadie. Hubo más gritos, más llantos, algo de sangre. Su madre vació varias botellas y, cuando las acabó, salió a comprar más. Bebía hasta perder el conocimiento, sin preocuparse por la presencia de Nick. Mientras yacía en la cama, Nick se hizo un ovillo en un rincón y terminó por ponerse a llorar también: de hambre, de pena, de preocupación y de nostalgia por los besos y abrazos del ángel (o más bien demonio) que habían dejado atrás.

Entonces la mujer de su tío se llevó a la niña a dar un paseo. Le dijo que se podía poner “su disfraz”, porque ese día también habría otros niños vestidos así. A Nick le importaba un pepino lo que hiciesen otros niños, pero cuando pasaron frente a las puertas abiertas de un colegio, los observó con envidia. Había pastorcillos y lavanderas, reyes y soldados.

Mientras su tía pegaba la hebra con alguien, Nick aprovechó para soltarse de su mano y mezclarse con aquellos críos disfrazados. Examinó el patio. No era grande ni bonito. Llegó a la sala desde la que se oía música y vio que el belén donde cantaban era un rincón destartalado y oscuro, sin más decorado que un crucifijo en la pared y una cartulina con dibujos. ¡Vaya actuación más triste! Le dieron ganas de soltar una carcajada.

Aprovechó que los padres se hallaban inmersos en la contemplación de sus hijos y fue a coger algo de comida de las mesas. Se metió en la riñonera pasteles, caramelos, gusanitos. Entonces alargó la mano y esta se chocó con la de otra niña que pretendía arrebatarle la última pasta de coco. Nick la fulminó con la mirada y se preparó para defender su causa, pero la niña se había quedado quieta. Era alta, morena e iba vestida de Virgen María. La miraba fijamente y Nick sintió que con su mirada la invadía, la investigaba, con unos ojos de color azul claro tan enormes que le recordaban al cielo que había dejado atrás. Por un momento y contra todo pronóstico, se quedó sin palabras.

De pronto, la niña se quitó la mochila que llevaba a la espalda, rebuscó en ella y le alargó un Santa Claus de chocolate mientras se llevaba el dedo a los labios. Nick lo tomó y la miró desconcertada. La Virgen María se llevó el dedo a los labios, señaló a la gente de alrededor y se encogió de hombros.

Nick comprendió. Lamentó que aquel traje no llevase los bolsillos en los que escondía su reserva habitual de caramelos, pero buscó en un compartimento de la riñonera y le entregó una gominola verde que le habían regalado antes de coger el avión. La niña le dio las gracias; Nick pensó que era un trato excelente. En ese momento, la mujer de su tío apareció, zarandeó a Nick de arriba abajo y la regañó mientras la arrastraba fuera del colegio.

Cuando volvió a casa, Nick caminó con cuidado hasta la cama de su madre, apartó algunas botellas y dejó el Santa Claus de chocolate sobre la mesilla de noche. Su madre dormía profundamente. Nick se acostó a su lado y apoyó la frente sobre aquella espalda tan conocida y a la vez tan lejana. Quería volver a sentir unos brazos calientes que la rodearan, pero el cuerpo de su madre estaba blando y tibio, curvado sobre sí mismo. Terminó por dormirse también.

Cuando se despertó, el día ya había caído y el cuarto estaba más oscuro. La sábana estaba arrugada, pero su madre no estaba en la cama. Escuchó con más atención, con el corazón en un puño. De la cocina venía un ruido de agua corriente y fregar cacharros. Sobre la mesilla, en el lugar donde había estado el Santa Claus, solo quedaban unas virutas de aluminio rojo.

2. El Hombre de la Navidad

No llevaba mucho tiempo en ese colegio, pero la profesora quería que hiciese de Virgen María porque el niño que iba a interpretar a San José era el más alto de la clase. Tardó mucho antes de decírselo a su madre y, cuando llegó el momento de comprar el traje, le entró un ataque de pánico. Tiró de su mano hacia fuera de la tienda y le dijo que una Virgen María con gafas era ridícula, que no sabría actuar delante de todos sus compañeros, que odiaba la Navidad. Esto último era cierto. Aquellas fechas le traían recuerdos de cruces, féretros y gente vestida de negro con un gesto de todo menos feliz. ¿Por qué tendría que estar alegre? ¿Acaso tenía que fingir?

Su madre quiso convencerla de que hacía varios años de aquello, los suficientes para que Álex pudiese cantar y bailar y recibir la llegada del Hombre de la Navidad sin sentirse culpable, pero ella permaneció inamovible. Finalmente, acordaron que solo tendría que pintar el decorado del belén. Se dedicó a ello, aliviada, pero entonces el director del colegio dijo que quería hablar con ella y su madre.

En el despacho, todavía con los pinceles en la mano, Álex se limitó a escuchar. El director era bajo y corpulento. Tenía el labio superior lleno de sudor y la sotana le apretaba el cuello. Él cantó una tras otra las virtudes de la niña; después se agachó a su lado y le quitó las gafas con una mano viscosa. Álex sintió como si la hubieran desnudado. Hablaban de ella de la misma forma de la que se habla de un jarrón para poner en el vestíbulo:

—Mire, mire qué cambio. Estará muy guapa de María.

El director sonrió; Álex vio que su madre también sonreía, y los tres se quedaron un rato en silencio. Álex notó cómo miraba el director a su madre y no le gustó.

El día del belén, Álex se recogía la túnica celeste con una mano y, con la otra, tanteaba por el pasillo para encontrar el camino hasta el gimnasio. Tocaba paredes y hombros de niños desconocidos, o tal vez no tanto, personitas ansiosas y disfrazadas como ella que correteaban de arriba abajo por el colegio. Bajo el decorado, sus compañeros entonaban ya el Dime niño.

Álex entrecerró los ojos. La niña que hacía del ángel estaba robando comida de las mesas para los padres, solo que no era la niña que conocía, aunque sin gafas podía confundirse. Quiso ser amable y preguntarle a qué clase iba, pero la niña no hacía más que atiborrarse de galletas y no le hacía caso, así que intentó cogerla de la mano. Al hacerlo, sus dedos chocaron y la niña la miró con ojos furibundos. Álex tuvo miedo, porque aquellos ojos brillaban como el fuego, pero también se sorprendió. Había más cosas detrás de esa mirada. No sabía explicarlo, pero aquella niña era sin duda muy desgraciada. Y los ojos ahora mismo la odiaban, pero Álex tenía la sensación de que podían cambiar en cualquier momento.

Como empujada por una fuerza mayor, se quitó la mochila y rebuscó dentro de ella. La niña la miró con desconfianza. Antes de venir, la madre de Álex le había dado un Papá Noel de chocolate. Para el director, le había dicho con una sonrisa tímida. Álex se alegró mucho cuando le alargó el Papá Noel al ángel y este lo tomó. Sus ojos cambiaron a sorpresa. Álex se llevó el dedo a los labios; aquello era un secreto.

El ángel la miró sin decir nada. Luego abrió su riñonera y le dio a cambio una gominola verde y rara. Cuando sus manos se rozaron de nuevo, la niña desconocida sonrió un poco y Álex sintió algo por primera vez dentro de ella, como una tormenta de nieve en el pecho. Pero entonces la niña salió corriendo, con el Papá Noel bien agarrado, y unos profesores vinieron a buscar a Álex. La cogieron y la obligaron a cantar villancicos delante del portal pintado hasta que se le quedó la voz ronca y se le rompió la goma que le sujetaba el pañuelo de la cabeza.

Cuando Álex arrastró los pies por el pasillo y entró en el despacho del director para buscar sus gafas, demasiado cansada para llamar a la puerta, no vio con claridad la apasionada escena que transcurría encima de la mesa. Sí se dio cuenta de que su madre dejaba escapar un grito y Papá Noel, ¿Papá Noel?, el director del colegio se apartaba de encima de ella a trompicones. El pañuelo resbaló de las manos de Álex y cayó al suelo. No estaba segura de si se trataba de un momento horrible, bonito o simplemente absurdo, pero prorrumpió en lágrimas. Solo recordó que hubo un alboroto a su alrededor y que su madre se la llevó en volandas.

—Alejandra, cariño mío, mi vida —le susurró una y otra vez, ya en casa, mientras la besaba en las mejillas—. He cometido un error, ¡lo siento tanto!

Perdóname, perdóname, escuchaba Álex. Su madre se agarraba a ella como si fuera el crucifijo que colgaba encima de la cama. Lloró largo rato sobre Álex y luego sobre el colchón, incluso cuando Álex ya había logrado apartarse y contemplaba el cuerpo sacudido por los sollozos con una extraña distancia.

Sacó la gominola para ahogar sus penas, pero se detuvo. Tenía un aspecto horrible y, como diría su madre, seguro que estaba llena de gérmenes. Haciendo acopio de valor, fue a la cocina y la tiró al cubo de basura: cualquier cosa era preferible antes de pillar una gastroenteritis. Después tomó un libro, se encerró en su dormitorio y puso una casete de villancicos alemanes para no escuchar el sonido del llanto.

FIN

«… por cuanto todos pecaron,
y están destituidos de la gloria de Dios…»

Romanos, 3:23

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