Un pavo rosa tras los focos: de botellas de vino en Barcelona a… botellas de vino en Barcelona

Vamos a recopilar las entradas de este «Un pavo rosa tras los focos«, que se ha extendido bastante más de lo que pretendía por mi vena nostálgica: Mis años de colegio y El diluvio que viene (1994-1997); Mi adolescencia y esa chica rubia (1997-2000); La universidad, Show Me Love y Sugar Rush (2000-2004); El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch (2004-2005). La última de todas (por el momento…) será esta, que irá sobre la época en la que se me ocurrió la novela y su proceso de escritura.

Ya os lo adelanto: fue una época de mierda y es un proceso de mierda. No los recomiendo.

Hoy día, cuando hasta quien no sabe hacer la O con un canuto publica un libro, se diría que escribir es facilísimo. En estas circunstancias, casi me avergüenza decir que, en términos generales, a mí escribir me cuesta un huevo. Y aunque la idea de Un pavo rosa surgió con mucha facilidad, las circunstancias en las que surgió (al borde de una ruptura; a mitad del camino de la vida, sin saber bien dónde me encontraba) y la forma en la que la arrastré durante muchos años, escribiéndola a cachos, han hecho que mi relación con ella no sea especialmente sencilla.

Un momento complicado

Regresemos al año 2007. A ese momento en el que estoy delante del teclado con una botella en la mano. Estoy sola en Barcelona. Estudio un doctorado en teoría cinematográfica, pero tengo que mentir y decir que no tengo la licenciatura para conseguir un currillo en el bus turístico y así subsistir. Vivo en una habitación en un piso compartido. Mi relación con mi familia no es buena, mi pareja y yo hemos roto (aunque seguimos pegándonos revolcones), tengo la mala costumbre de beber cuando estoy sola y no tengo amigos en esta ciudad. Cuando no trabajo, pueden pasar días sin que alguien me dirija la palabra.

Como además tengo encima una crisis existencial de las guapas y no sé adónde me dirijo ni lo que busco, escribo mucho, pero casi todo tiende a convertirse en una espiral sin fin. En una época en la que aún no están de moda las sagas kilométricas ni las novelas al peso, yo tengo problemas para poner punto y final a mis historias, porque casi todas engordan hasta hacerse inabarcables. Mi NaNo de 2006, una novela sobre varias generaciones de mujeres, se quedó más o menos al 80%. Con mi historia sobre las muchachas de un internado británico sucedió más o menos lo mismo: el universo se hizo inmenso y al producto final se le saltaban las costuras por todas partes. Eso sí, me sabía la vida y milagros de todas mis chicas.

Entonces pensé en el NaNo de 2007 y me dije que ya estaba bien. Escribiría una novela y la terminaría. Después de todo, lo había logrado un par de veces cuando era adolescente, ¿por qué no ahora?

Diseñé una novela breve y, para asegurarme el control sobre ella, la orienté a un lector más joven que yo; no necesariamente un adolescente, pero sí alguien que acababa de entrar en la veintena. La acoté también en el tiempo y el espacio: los años 98 y 99 y Alcalá de Henares. Acoté el género: sería una comedia romántica. Todo eso me ayudaría a terminarla, pensé. Sería una cosa sencilla.

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Notas iniciales de Un pavo rosa cuando no eran más que conceptos.

Aquel maravilloso NaNo

Estamos, pues, en 2007. Ese año, mucha gente se apuntó al carro del NaNoWriMo. Para mí era la segunda vez y me dedicaba a la construcción de los esquemas de la novela con fervor religioso. Por suerte, contaba con gente maravillosa como Adhara o Fer para leerme y aconsejarme, personas que también trabajaban en sus propias obras con un entusiasmo contagioso.

Como no hablaba con mucha gente más allá de mi ex, le hablé de la idea que tenía y le envié el esquema para que le echara un vistazo. Mi ex era una persona «leída» y no se cortaba en absoluto a la hora de alabar o poner a caldo las cosas que yo escribía, así que suponía que me daría una crítica constructiva sobre esta. Grave error.

Por razones que ya he comentado en las entradas anteriores, mi ex reconoció enseguida la experiencia personal que había en la novela y reaccionó con una virulencia inesperada. Me puso el esquema a caer de un burro y me dijo que la historia no tenía la más mínima gracia. Lo resumió todo en la frase que hoy más recuerdo: «Lo mejor que puedes hacer con esa historia es no escribirla».

Ante semejante planchazo, me hice una bola y lloré hasta que Adhara me dio un coscorrón traté de buscar una solución a los muchos problemas en la historia que amablemente había apuntado mi ex, a quien, por cierto, no he vuelto a ver desde entonces. La había tachado de simple y predecible, así que introduje un cambio importante en la narración. Se me ocurrió que todo podría estar contado en una especie de flashback recurrente. Y cambié el principio para ponerle ese comienzo in media res que tiene ahora, con Nick y Álex en la cama.

A veces estoy muy contenta de esta decisión y a veces maldigo el momento en el que se me ocurrió trocear el tiempo de esa manera: la historia original podía pecar de predecible, pero al menos no estaría haciendo las filigranas temporales a las que me veo obligada ahora.

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Y esto son solo unos apuntes a vuelapluma…

Y llegó noviembre…

Estamos en noviembre de 2007. No sé cómo me mantuve sin escribir una sola palabra de Un pavo rosa (por entonces ya tenía claro el título) hasta entonces. Había regresado a Madrid sin portátil (me lo habían robado), sin trabajo y sin saber muy bien qué iba a ser de mi vida. Solo recuerdo que el 1 de noviembre estaba conectada al Messenger y con un archivo de Word abierto.

Cuando el reloj marcó las 00:00, fue como si me prendieran una mecha. Nunca había deseado tanto empezar una novela. El capítulo 1, en el que Nick se despierta de la cama con resaca y ve a Álex a su lado, fue como si se escribiera solo. Y el 2. Y el 3. Si todos los primeros capítulos suenan alocados, casi maníacos, es porque mi estado de ánimo lo era. No sabía qué hacía, solo quería escribir, escribir, escribir esa historia.

Llevaba el NaNo a buen ritmo cuando, en torno al día 7, recibí una llamada de teléfono. Resultó que había hecho una entrevista de trabajo en Frankfurt para un conocido desarrollador de juegos, les había gustado y querían que me incorporara a la plantilla. Acepté y quedamos en que empezaría la semana que viene. Colgué y seguí escribiendo más escenas de Álex y Nick. Luego me levanté, pensé que tenía que planear una mudanza internacional y me mareé un poco, solo un poquito.

En tierras extrañas

No me costó demasiado irme. La estancia en Barcelona me había dejado vacía de cosas, casi de sentimientos. Me marché con una maleta, una mochila y un pequeño portátil que me prestó mi madre. Las primeras semanas me alojé en un lugar a unos cincuenta minutos en tren de la ciudad, en una casa enorme con dos perritos que se intentaban montar todo el rato y que estaba habitada por testigos de Jehová de mi edad que me hablaban de usted. Yo me hacía la cena y luego escribía. Iba por las mañanas a la empresa de Frankfurt, me explicaban qué tenía que hacer en el nuevo trabajo, conocía gente nueva y variopinta, me fascinaba la escasez de luz que había en todas partes y, cuando llegaba a casa, sacaba el pequeño portátil y me ponía a escribir sobre los dimes y diretes de dos adolescentes en Alcalá de Henares. Escribía a toda prisa. Aparte del NaNo, sentía como si me acabara el tiempo.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con los atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Gané el NaNoWriMo unos días antes de que terminase noviembre. Sin darme casi cuenta, había escrito las 50.000 palabras de rigor y, para mi sorpresa, la historia no había hecho más que empezar. No me concedí apenas descanso y seguí escribiendo a un ritmo parecido: quería terminar la novela. Mi ex me escribió para decirme que había empezado a salir con otra persona. Quise tirarme al río. Al final solo volví a emborracharme un poco y lloré. Seguí escribiendo. No recuerdo si paré de verdad hasta las Navidades. Solo entonces miré atrás, vi todo lo que había escrito y pensé: «Bueno, esto de novela corta tiene poco, lo mismo hay que dividirla en dos o algo así«. Me concedí un respiro. Acababa de terminar el acto I.

Después de la tormenta

Estamos en 2008. Cuando regresé a Alemania después de Navidades, estaba más calmada y no retomé la novela. La veía caótica y quería centrarme en recomponerme sentimentalmente. Así transcurrieron unos meses. Conocí a una persona a la que le gustaba escribir tanto como a mí y que terminó leyendo La Ilíada debajo de la colcha de mi habitación mientras yo usaba el ordenador.

Nunca supe si la ciudad de Frankfurt me había salvado de un remolino de decadencia, si había sido el Pavo, si fue esa persona o si lo hice yo misma. Solo supe que, poco a poco, después de la tormenta, algo comenzaba a florecer. Era sorprendente que estuviera viva después del dolor que había sentido. Cada minuto me resultaba extraño, como regalado.

Estamos en 2009. Casi dos años después del momento en el que había comenzado Un pavo rosa, volví a sentarme frente al ordenador y me mordí las uñas. Había centrado mi vida, había salido del marasmo: solo me faltaba acabar esa novela. Por entonces todavía estaba convencida de que era una sola novela. A mí me gustaba, pero yo tenía por costumbre no dar a leer mis cosas sin terminar a nadie y tenía, por lo tanto, pocas opiniones al respecto. Sin embargo, el acto I estaba terminado y más o menos cerraba una buena parte de la trama, así que hice algo a lo que nunca antes me había atrevido: até un par de cabos, lo puse en un archivo separado y se lo envié a algunos amigos por correo electrónico.

Las primeras reacciones

Tenía un poco de miedo de que estas personas encontraran el acto I del Pavo demasiado infantil, demasiado disparatado, demasiado confuso. Para mi sorpresa, la reacción general fue muy positiva. ¡Mis conocidos lo encontraban divertido! Se implicaban en la historia, odiaban a Nick o la amaban, se reían al recordar escenas, me decían cosas que querían que ocurrieran. Perdí un poco la vergüenza y se lo dejé leer a más gente del trabajo mientras yo intentaba terminar el acto II. Que hubiera gente esperando la continuación de esa historia me ponía presión. Y, teniendo en cuenta que estaba acostumbrada a escribir para mí misma, un poco de presión no me venía nada mal.

Pero el acto II me hacía sufrir. No era ni de lejos tan automático como había sido el I. Yo ya no estaba en la misma situación y las escenas, como es lógico, se estaban volviendo más «adultas». No explícitas, simplemente adultas. Sentí de nuevo las ganas de huir y me puse a escribir otras historias, que a su vez abandoné a su debido tiempo porque quería volver a estar con el Pavo. (Soy infiel hasta la médula, pero también soy una sentimental.) Entretanto, la vida siguió sucediendo y un acontecimiento me hizo pensar que debía abandonar ese trabajo y esa ciudad.

De país en país

Estamos en 2010. Con la novela bajo el brazo, el chico que se había convertido en mi pareja y yo llegamos al Reino Unido y nos instalamos en una casita con jardín muy cuca, muy fría y muy cara en las afueras de Cambridge. Y no escribí casi una línea del Pavo. Durante esos años me centré en lo que yo consideraba que sería mi carrera profesional y que acabó siendo un fiasco de horas extra, muchas charlas con un cliente estúpido y un estrés que estuvo a punto de destrozarme la mandíbula. Completé otro NaNo casi sin saber lo que hacía, cometí muchas estupideces y en general le dediqué poco tiempo a escribir en serio. Me sentía desconectada; se me ocurrían historias en las que un grupo de gente moría después de confesarse sus penas más indignas. No estaba para el humor más «rosa» (aunque fuera rosa furcia) que requería el Pavo.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Enfermedades y metáforas

Estamos en 2013. Hagamos un flash-forward para decir, simplemente, que mi empresa me ha destinado a Barcelona. Casi al mismo tiempo en que regreso «a casa», caigo enferma. Me paso un año bien jodido en el que, después de muchas pruebas, me diagnostican una enfermedad crónica, la enfermedad de Crohn.

Dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas que hoy día tendemos a ver la enfermedad como la rebelión de los órganos frente a los castigos a los que sometemos al cuerpo. Sea verdad o mera percepción, en mi caso la rebelión de mi intestino propició que echara el freno al frenesí en el que vivía entonces y me replanteara las cosas. Pensé en cómo quería que fuera a partir de entonces mi vida. Tuve claro que no podía prescindir de la escritura. Y decidí que, ya que era así, necesitaba tomármela más en serio.

Por primera vez pensé en serio en intentar publicar. Nunca lo había visto como la finalidad natural de escribir y todavía me sorprende que haya gente que sí. En mi onanismo literario, el lector era poco más que un elemento ajeno e incomprensible; incluso con el Pavo, todavía pretendía más que nada contar la historia que a mí me habría gustado leer. Sin embargo, me planteé enfocar el proceso de escritura de un modo más ordenado en adelante y tener en cuenta a ese elemento extraño llamado Lector. Aunque mi lector ideal fuese lectora. Aunque mi lector ideal se pareciese a mí como una gota de agua.

Monumento en el monte Carmelo: "El orden de hoy es el desorden del mañana".

Monumento en el monte Carmelo: «El orden de hoy es el desorden del mañana».

La chica nueva

Estamos en 2014. Barcelona volvía a conectar conmigo de una forma que no habían hecho Cambridge ni Frankfurt. Me volvía a dar tiempo relevante, de ese que otorga ganas de hacer cosas, no de esperar que se pase sin más. Entonces una chica que había trabajado en el mismo sitio de Frankfurt que yo se unió a nuestro equipo en el trabajo y trabamos amistad. Yo, que me iba curtiendo en eso de dar a leer mis obras a la gente sin morirme de la vergüenza y hasta había montado una microeditorial en el proceso, le di a leer alguna que otra maravilla pornográfica salida de mi pluma en unos pocos meses que fue demasiado para ella. Un poco para desairarla y otro poco porque sabía que el estilo sí que se había hecho con ella, le dije: «Pues tengo otra novela a medio terminar que a lo mejor te gusta».

Fui pasándole el Pavo durante varios meses. Era la primera vez en mi vida que hacía eso: revisaba algunos capítulos y se los enviaba por correo electrónico. Ella se los leía, me comentaba sus impresiones, yo hacía cambios (si era necesario) y seguíamos adelante. Me sentía acompañada, y el hecho de que esta novela sí que le gustara me motivaba mucho. Pasábamos por los capítulos con disciplina y regularidad, que eran dos aspectos que en los años anteriores me habían faltado. Cuando le envié los últimos capítulos del acto I, lo supe seguro: aquello eran dos libros y el primero estaba terminado. Tenía otras obras en la manga, pero gracias a este ejercicio coordinado, el Pavo sería la novela con la que yo intentaría presentarme a las editoriales.

Vender una novela complicada

Estamos en 2015. Pasan muchas cosas. Yo estoy haciendo un máster de edición porque los libros me gustan y me quiero dedicar más en serio a ellos, aunque precisamente por eso sé lo mal que está la industria del libro. Pero como yo en el fondo vivo en el mundo de la piruleta, escribo una propuesta de edición de Un pavo rosa (Acto I) y pruebo suerte enviándosela a varias editoriales y a algunos agentes.

Esta historia ya la he contado en otra entrada, pero resumiendo mucho: o tengo una estrella en el culo o la propuesta me quedó convincente. Envié unas doce propuestas, no más, porque nunca me ha gustado hacer mailings masivos y porque tenía muy claro de entrada que las grandes editoriales iban a pasar lo más grande de mi cara. La mayoría de editoriales no contestaron (no hay tiempo para eso), pero otras se tomaron la molestia de decirme que la industria pasaba por malos momentos (ya) y que no aceptaban autores nuevos. Sin embargo, obtuve varias respuestas que mostraban interés. ¡Glups! ¿Interés?

Un editor me comentó que la idea le gustaba, pero que no le convencía que la historia estuviera ambientada en los años 90. Me invitaba a trasladarla al momento actual cambiando las referencias. (Consideré la posibilidad, pero finalmente la descarté.) Otra editorial me reiteraba que la propuesta les gustaba mucho, que querían leérsela con calma, que… en fin, que la vida es muy complicada, ya lo sé. Hubo una tercera (de la que recibí oferta) y una cuarta, que rechazó finalmente el manuscrito, pero por entonces ya había pasado el tiempo y yo ya había firmado con Meracovia.

La era de Meracovia

Estamos en 2015. A Meracovia llegué por casualidad: era el proyecto editorial de una compañera de máster que parecía sólido y buscaba autores nuevos. La editora se leyó la novela y le gustó, hubo buena química y firmamos un contrato de edición. Después de tanto tiempo, no me creía que todo fuese tan fácil. La gente decía que recibía cientos de rechazos y ahí iba yo, una principiante con mi novela más teen bajo el brazo, y lo clavaba por la escuadra. Además, a Meracovia no solo le gustaba el Pavo, sino que le gustaba el Pavo tal y como era. No querían convertir a Nick en un chico ni trasladar la acción a la época presente. Era una locura y un sueño.

Estamos en 2016. Un pavo rosa (Acto I) sale a la venta en marzo, aunque por temas de retrasos y la Semana Santa en medio, no se empieza a vender de verdad hasta abril. Hype y presentaciones aparte, y alguna otra niña que se me acerca para decirle que le ha gustado, yo me quedo más o menos igual. No me siento distinta, no me cambia la vida. Me pasa un poco como con la virginidad, que yo creía que iba a brillar de todos los colores cuando la perdiese y tampoco fue nada del otro mundo. Estoy contenta, pero tengo que asumir la realidad: formo parte del «grupo de los 2000». Soy parte de ese nutrido grupo de escritores que se pueden dar con un canto en los dientes si venden 2000 copias de su libro. Y a estas personas no les cambia la vida por publicar una novela. La recompensa, más que nada, es publicarla. Y cuidado con no pasarte el rato dando el peñazo con tu libro o te quedarás sin amigos.

¿Dónde están las cartas de los fans? ¿Es que nadie escribe cartas ya?

Luz al final del túnel

Pero aún queda lo más difícil: la segunda parte de Un pavo rosa. Tras varios años de batalla, sé que es un auténtico león de Nemea para mí, pero ahora que he empezado, no es una opción no publicarla. Más que nada si Meracovia quiere, y, de momento, en Meracovia siguen estando maravillosamente locos.

El problema más grave es que han transcurrido muchos años. Sé mucho de Álex y Nick, pero los personajes han crecido en mi cabeza. Ya no empatizo con tanta facilidad con esa época de locura y confusión. Las escenas que creía cruciales ya lo parecen tanto. Y, como tengo escrito el final, tampoco puedo desviarme demasiado en el camino, porque sé adónde lleva exactamente esa trenza desmadejada de tramas y personajes.

Estamos en 2016, y actualmente estoy repasando el capítulo 22 de Un pavo rosa (Acto II). Sé que esta parte va a exceder los 30 capítulos del acto I, pero también sé que los capítulos son más cortos, así que no creo que quede mucho más larga. También creo que, cuando termine la primera versión, necesitará una revisión más profunda que la primera parte.

Pero sé que voy a acabar y que no va a ser una mierda infumable. Porque ahora tengo presión y yo ya he dicho que, en mi caso, la presión es buena. O porque, a pesar de mis dramas, Un pavo rosa sigue siendo de mis novelas favoritas y sigo sonriendo cuando escribo determinadas escenas. O porque se lo debo a esas personas que han esperado pacientemente hasta que la novela se publicara para saber el final. O porque me lo debo a mí misma después de tantos años. O porque no he pasado por el infierno y he regresado para volver sin algo que contar bajo el brazo.

Ha sido un honor. Gracias por leerme.

There’s a light on in the attic.
Thought the house is dark and shuttered,
I can see a flickerin’ flutter,
And I know what it’s about.
There’s a light on in the attic.
I can see it from the outside.
And I know you’re on the inside… lookin’ out.

—Shel Silverstein

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15 libros que tu hija adolescente debería leer (aunque tú desearías que no)

avt_francoise-sagan_9674Este artículo está en inspirado en 15 libros que tu hijo adolescente debería leer (aunque tú desearías que no).

Si tienes un hijo adolescente que esta en ese difícil momento de crecer, dale un libro que va sobre esos difíciles momentos de crecer. Esa es la filosofía de un artículo que destaca algunos libros de los más clásicos para adultos o jóvenes a punto de serlo. Cuando lo leí me di cuenta de tres cosas: una, había leído más o menos un 70% de las recomendaciones; dos, un 93% de las novelas citadas tenían un protagonista masculino; y tres, el 100% de sus autores eran hombres.

No sé si os habéis dado cuenta de esta tendencia tan clásica y tan literaria. Las novelas sobre chicos adolescentes escritas por hombres suelen considerarse literatura adulta (o literatura a secas) y, por tanto, susceptible de ser prescrita. Mientras tanto, las novelas sobre chicas adolescentes, sobre todo si están escritas por mujeres, suelen considerarse literatura juvenil (o menos literatura). También ocurre con las novelas que hablan sobre la intimidad, el sexo o las relaciones interpersonales: si las escriben hombres, son narrativa general (o narrativa a secas); si las escriben mujeres, son narrativa «femenina» (o menos narrativa).

No me considero prescriptora de nada, pero soy bastante lectora y resulta que me gustan mucho los libros que inciden en esa franja de edad en la que uno debe asumir las responsabilidades de la vida adulta. Precisamente porque me conozco un poco estos libros, creo que, por decirlo de forma educada, la lista original peca de parcial o incompleta. Aquí propongo una lista alternativa que cubra exactamente lo que la otra olvidó: libros escritos y protagonizados por mujeres para jóvenes adultos. Aunque se llama «15 libros que tu hija adolescente debería leer», en realidad yo también pienso que estos libros son buenos y que debería leerlos cualquiera. Porque hay otro dato curioso: mientras que las mujeres leen libros al margen del género de los autores (es decir, en porcentajes cercanos al 50%), los hombres leen casi en exclusiva libros escritos por hombres. Combatir esta tendencia corresponde tanto a los jóvenes como a todos aquellos que les prescriben libros.

En la elaboración de esta lista he utilizado los mismos recursos que el artículo original: partiendo de «lecturas que plantean dilemas que le ayudarán a formarse» (al adolescente), selecciono 15 libros que, en mi opinión, merecen la pena en general y en especial para esta etapa de la vida. Como dificultad añadida, me he autoimpuesto la exclusión de todos los libros considerados «juveniles», aunque eso me ha llevado a descartar de entrada obras que me encantan. Además, al igual que el artículo original, dejaré asomar cierta preferencia por alguna obra que se hizo popular en los años 90 (en buena parte gracias a su cóctel de existencialismo, sexo y drogas); incluiré un cómic que trata Temas Serios por eso de meter al menos una novela gráfica; agregaré una autora francesa, contemporánea de Camus, para que se vea que leo a los existencialistas; meteré un libro de relatos de un premio Nobel, aunque no tenga mucho que ver con ritos de paso; añadiré una eterna candidata al Nobel que a mí me gusta mucho, igual que Murakami; y me aseguraré de que hay varios clásicos para que todo el mundo vea que ESTA ES UNA LISTA MUY SERIA.

Estas son mis recomendaciones:

1. La campana de cristal, de Sylvia Plath.

La campana de cristal es la novela clásica de esta gran relatista americana: la única que escribió, en realidad, poco antes de suicidarse. Con un estilo muy personal, nos habla de las experiencias de una chica que trabaja en la industria de las revistas y que lucha contra una depresión que se cierne sobre ella como una «campana de cristal». La manera en la que Plath describe el mundo adulto y su superficialidad, su sarcasmo y el dolor que rezuman sus experiencias psiquiátricas la convierten en una lectura auténtica y un análisis crudo de la vida adulta.

2. Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.

Es ese libro cuya versión abreviada te hacen leer en las clases de inglés y que merece la pena leerse entero. En él la más salvaje de las hermanas Brontë describe la fuerza de un amor tan visceral y un odio tan terrible que lleva literalmente a la ruina a las familias a las que roza, los Earnshaw y los Linton. La frase que pronuncia Catherine, «¡Nelly, yo soy Heathcliff!», da una idea de la violencia de las relaciones que se describen en esta obra maestra de la literatura.

3. Nada, de Carmen Laforet.

Con Nada, Laforet ganó el primer premio Nadal de la historia en 1944, cuando contaba tan solo 23 años. La historia de una joven que emigra a Barcelona para estudiar y ve como sus ilusiones se quiebran en una casa sombría, donde todavía habitan las sombras de la Guerra Civil, sedujo a los lectores de la época. Nada, sin embargo, se lee tan bien entonces como hoy; las descripciones impresionistas de Laforet sobre la Barcelona de la época y la agilidad de su estilo brillan con fuerza propia.

4. Puro fuego: Confesiones de una banda de chicas, de Joyce Carol Oates.

Un momento: ¿no se suponía que en esta lista NO había recomendaciones juveniles? Es cierto que esta novela de la eterna candidata al Nobel se ha publicado en algunas colecciones juveniles en Europa, pero siempre ha estado un poco «al límite». No es de extrañar, porque Puro fuego (Foxfire) contiene un torrente de escenas de violencia gráfica que casi sobrepasa a otras novelas claramente adultas de la autora, como Violación: Una historia de amor o Nosotros los Mulvaney. Puro fuego cuenta la historia de una banda de chicas en los años 50 y su camaradería, forjada para combatir los abusos de los hombres y las injusticias, que degenera en una espiral de violencia que incluye prostitución y asesinatos.

5. La amiga estupenda, de Elena Ferrante.

Los críticos y el público están confusos respecto a la identidad de Elena Ferrante, pero en general se ha metido a ambos en el bolsillo. Este libro es el primero de la llamada «tetralogía napolitana» y habla de los años de infancia de los dos personajes principales, Lila y Elena, en un barrio humilde de Nápoles, ciudad que se convierte en la verdadera protagonista de las novelas. Su título en italiano, L’amica geniale, hacía referencia a la gran inteligencia de ambas chicas, una cuestión que está continuamente en juego en el libro —¿a qué debemos aplicar nuestra inteligencia? ¿Hasta qué punto se nos permite hacerlo?— y que por desgracia no refleja la traducción en castellano.

6. El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys.

Tomando prestado un personaje secundario de una novela clásica británica, Jane Eyre, de Charlotte Brontë, Jean Rhys escribe una especie de «precuela» absolutamente contemporánea acerca de «la loca del ático» y la razón de su encierro. La novela repasa la historia de los criollos en Jamaica y toma prestados varios elementos del vudú y de la propia Jane Eyre para hablar de la desigualdad, la asimilación cultural, el machismo y la pertenencia.

7. Las crónicas de Avalón, de Marion Zimmer-Bradley.

¿Libros fantásticos en esta lista? Sí, ¿por qué no? Igual que a una adolescente interesada por las distopías le puede venir bien leer Los desposeídos, la magistral obra de Ursula K. LeGuin, una amante de la fantasía de inspiración céltica puede encontrar más que interesante esta versión del mito artúrico contada desde la perspectiva de Morgana. Las crónicas de Avalón se componen de cuatro novelas en las que los personajes legendarios cobran una profundidad inusual y en las que se contrapone la caída del matriarcado céltico frente a los valores patriarcales del cristianismo. Zimmer-Bradley fue una de las autoras de fantasía y ciencia ficción más reconocidas de forma internacional, y hoy día sigue siendo alabada por su perspectiva inclusiva del género.

8. Persépolis, de Marjane Satrapi.

La gran novela gráfica de Marjane Satrapi ha sido adaptada al cine y obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, a la vez que desató las protestas del gobierno iraní. Con un dibujo icónico que se basa en la línea clara y el blanco y negro, la autora relata con honestidad la historia de su vida desde su nacimiento en Irán hasta el estallido de la revolución islámica, su exilio en Francia y sus posteriores intentos de regreso al hogar. La revista Newsweek le otorgó el puesto n.º 5 en su lista de mejores libros de no ficción de los años 2000.

9. Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan.

La jovencísima Françoise Sagan saltó a la fama con esta obra semiautobiográfica y con un estilo impecable en 1954, cuando solo tenía dieciocho años. En ella prefiguró buena parte de lo que serían las características de sus obras posteriores: los personajes burgueses y amorales, enfermos de spleen, las relaciones familiares complejas y un mundo que, a pesar de su glamour y su abundancia, esconde turbios secretos.

10. Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxebarria.

No podía faltar en la lista uno de los libros más icónicos de los 90. Posiblemente la mejor novela de la autora, una provocadora nata de la Generación X, Beatriz obtuvo el premio Nadal en 1998 y fue alabada por público y crítica. Es la historia de una joven que huye de su ciudad, Madrid, y del amor no correspondido que siente por su amiga Mónica, para tratar de encontrarse a sí misma en la fría y gris Edimburgo. Una historia adelantada a su tiempo que despliega un torrente de lenguaje coloquial, problemas con las drogas y los amores obsesivos que marcarían muchas obras –y vidas– de la década de los 2000.

11. Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir.

Simone de Beauvoir fue una de las pioneras de la nueva ola del feminismo, catedrática en La Sorbona y pensadora existencialista junto a su compañero Sartre, pero no todo el mundo sabe que también escribía ficción. Tiene varias novelas dignas de mención; por ejemplo, su obra Los mandarines obtuvo el premio Goncourt y describe el incierto panorama ideológico de la izquierda después de la Segunda Guerra Mundial a través de unos personajes que son trasuntos de los propios pensadores existencialistas de la época. Memorias de una joven formal, a pesar de ser una autobiografía (junto a tres otras partes; de Beauvoir no se caracteriza por su brevedad), utiliza tantos recursos narrativos y omite tantas partes de la vida de la propia Simone de Beauvoir que se lee mucho más como un libro de ficción que como una obra documental. Perderse en los pensamientos de una de las mentes más preclaras de la Francia de posguerra, que desde la más tierna edad ya lamentaba ser tratada como un objeto o un animal, es recomendable para cualquiera para quien lo personal sea político y viceversa.

12. Kitchen, de Banana Yoshimoto.

Esta novela breve de la que entonces no era más que una gran promesa de la literatura japonesa incluye muchos elementos similares a las novelas de Haruki Murakami; en particular, los personajes estrambóticos y obsesivos, lo sobrenatural como otra cara de la realidad y el sentido de la maravilla en los lugares comunes. En Kitchen, una chica se muda a la casa de un joven amigo, Yuichi, mientras intenta superar la muerte de su abuela.

13. Relatos africanos, de Doris Lessing.

Doris Lessing (a quien el premio Nobel le sorprendió volviendo a su casa, ya anciana, y dijo «¿a estas alturas?») pasó gran parte de su vida en una granja en Rodesia del Sur. Sus Relatos africanos, que pueden encontrarse en un solo volumen o en varios (con el título de Cuentos africanos), son una oda a un estilo literario maduro y seguro de sí mismo, a la vez que recogen toda serie de experiencias vividas en estas tierras y pintan un impresionante retrato al óleo del África poscolonial.

14. Claudine en la escuela, de Colette.

Aunque se recuerda a Colette, sobre todo, como una autora de novela erótica, las novelas de Claudine resultan hoy en día más bien cándidas en ese sentido, pero describen muy bien las contradicciones y la doble moral de la sociedad burguesa de la Francia de principios de siglo. En Claudine en la escuela, la decepción sentimental que vive la protagonista al ser rechazada por su profesora marca el resto de su aprendizaje (o desaprendizaje) erótico.

15. Una habitación propia, de Virgina Woolf.

En estos tiempos en los que predomina la lectura ultrarrápida, hace falta un poco de paciencia para leer las obras más reflexivas, como las de Simone de Beauvoir o la modernista-deconstruccionista Virginia Woolf. Sin embargo, la lectura de la exquisita Una habitación propia (a medio camino entre el ensayo, la novela y cualquier otro género) lo merece. Esta obra es vital en tanto que reflexiona sobre el rol de las mujeres en la cultura y su aportación. Se dice que cuando una adolescente la agarra, no la puede soltar. Para bien.

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