Preguntas frecuentes sobre Un pavo rosa

Última actualización: Septiembre de 2017

Estas son preguntas que me hacen con cierta frecuencia acerca de la novela Un pavo rosa e información general para cotillas curiosos. Aviso que contienen SPOILERS del acto I, que salió a la venta el 15 de marzo de 2016; si aún no lo has leído, quizá sea mejor esperar a hacerlo. 🙂

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Teenage Fashion, de Garry Knight. ¿Os creéis que estas muchachas son de 2009? Van tan coloridas que casi las puedo situar en los 90.


 Sobre la novela y sus secuelas

P: ¿Un pavo rosa tiene segunda parte? ¿Cuándo se publicará y cómo se llamará?

R: La segunda parte saldrá a la venta a principios de 2018. El subtítulo aún no está decidido, pero es probable que sea “Un pavo rosa (Acto II): You’re The One That I Want“. Saca las conclusiones necesarias. 😉 De vez en cuando hago encuestas o pongo pequeños fragmentos en Twitter. A lo tonto, así hemos decidido el nombre de la madre de Álex, por ejemplo.

P: ¿La segunda parte de Un pavo rosa sucederá también en Alcalá y con los mismos personajes?

R: Básicamente, sí. La segunda parte comienza donde acaba la primera, aunque al igual que esta, buena parte está contada a través de flashbacks.

P: ¿Cómo se te ocurrió la idea de Un pavo rosa?

R: Versión corta: Quería participar en el NaNoWriMo de 2007, había encontrado un puñado de cosas escritas de cuando tenía quince años y sentí una mezcla de horror y fascinación. Me dije: “Quiero escribir una comedia gamberra sobre dos chicas con mucho humor y un poco de sexo, una mezcla de esto, Sugar Rush y Fucking Amal”.

Versión larga: Lee las entradas de Un pavo rosa tras los focos.

P: ¿Ya sabes cómo va a acabar Un pavo rosa?

R: El clímax y el final llevan escritos desde 2008, así que sí.

P: ¿Piensas escribir otros libros de Un pavo rosa?

R: Un pavo rosa concluye con el segundo acto, como todo buen musical. Ahora bien, es posible que la historia de Álex y Nick se prolongue en otros libros bajo un título distinto. También tengo a medias un spin-off que tiene como protagonistas a Richi y sus hermanos. Todas estas historias tienen algunos vínculos y personajes en común con Un pavo rosa, pero suceden en lugares distintos.

P: ¿Un pavo rosa es una novela lésbica?

R: Sí, pero también es muchas otras cosas. Es una novela lésbica porque las protagonistas son dos chicas y la historia habla de la relación romántica entre ellas, pero no creo que “novela lésbica” sea un género en sí. Ante todo diría que es una comedia.

P: ¡¿Comedia?! A mí Un pavo rosa me parece una historia muy triste y muy dura, sufro mucho con ella.

R: Bueno, quizás se acerque más a la dramedia o a la comedia negra. Quieras que no, narra circunstancias duras en clave ligera. De todas formas, hay más personas que piensan como tú. (Mi madre, entre ellas. No termino de entenderlo.)

P: De los libros que has escrito hasta ahora (y, por lo que dices, supongo que hay otros que aún no has publicado), ¿Un pavo rosa es tu favorito?

R: Sí, teniendo en cuenta que es una apreciación subjetiva. No creo que sea mi mejor libro (ese está aún por escribir), pero de momento es el que a mí más me gusta. La relación que tengo con él es mucho más estrecha que con casi cualquiera de los otros. Claro, lo de pasarse años incubándolo influye.

Sobre las protagonistas

P: ¿Cuál es la fecha de nacimiento de Nick? ¿Y de Álex? ¿Qué signos zodiacales son?

R: La de Nick se menciona en el libro, es el 11 de septiembre de 1981. La de Álex es el 28 de febrero de 1981. Me gusta celebrar sus cumpleaños en Facebook y Twitter. En cuanto a los signos, son Virgo y Piscis respectivamente. No creo en el Zodíaco, pero ambas me pegaban con esos signos por distintas razones. Para saber qué edad tendrían en la actualidad, os refiero a la pregunta de arriba.

P: ¿Los nombres de Álex y Nick tienen alguna relevancia, más allá de ser sus apodos?

R: Me dijeron que coincidían al 90% con los nombres de los protagonistas de cierta novela romántica de Federico Moccia, pero cuando empecé a escribir esta historia aún no se había publicado ese libro ni yo conocía al autor. Sí que tienen un significado más allá de los apodos. La respuesta está en un musical.

P: ¿Álex es lesbiana y Nick es bisexual, o cómo va esto?

R: Más que nada, son jóvenes. Ellas deciden cómo quieren definirse: actualmente Álex no se define y Nick dice que es bisexual. Personalmente, creo que es un poco pronto para ponerles etiquetas.

Sobre otros personajes

P: ¿Por qué el señor Moretón tiene ese apellido tan extraño?

R: Era el apellido del cantante de un grupo de indiepop cuyo disco compré a finales de los noventa. El grupo se llamaba Aneurol 50 y nunca he logrado encontrar más cosas de ellos. Ahora bien, el nombre completo del profesor es un guiño al autor clásico de teatro Leandro Fernández de Moratín.

P: ¿Quién escribe los grafitis que hablan mal de Nick?

R: En el libro se insinúa su autor. Para los lectores menos sutiles, se hablará de ello en la segunda parte.

P: ¿Quién escribe lo de “Un pavo rosa es una cosa pavorosa” en el instituto?

R: Aún no lo sé y es posible que no lo sepa nunca.

P: ¿Qué profesión tenía el padre de Álex y por qué murió?

R: Era diplomático español, destinado en Berlín-Este. Murió de un infarto repentino, o al menos esa es la versión oficial.

P: ¿Qué relación hay entre las madres de Álex y Nick?

R: Existe un vínculo, pero de momento no voy a revelar su naturaleza. Habrá que seguir atando cabos.

P: ¡Estaban liadas!

R: ¡Malpensados!

P: ¿Cómo se llama en realidad la Tore?

R: Victoria Torero, se dice en el libro. En versiones anteriores de la historia fue Belén.

P: ¿Rafa es negro?

R: Sí.

P: ¿A Tore le gusta un poco Nick, o me lo he imaginado?

R: Son imaginaciones tuyas. Aunque esos ojos verdes de ciencia ficción…

P: ¿Cuál es el verdadero nombre de Cheli?

R: Consolación. En casa la llaman Consuelo.

P: ¿Richi y sus hermanos son gitanos?

R: Richi y sus hermanos son hijos de paya y gitano. Aunque tienen una red de familiares y conocidos gitanos y en ocasiones se identifican como tal, es una identidad fabricada sobre todo por oposición y no tanto por pertenencia. Fundamentalmente se sienten del Lianchi.

P: ¿Cuál es el orden, de mayor a menor, de los hermanos de Richi?

R: De mayor a menor: Boyardo, Nata, Richi, Carmen, Manu, Beibi y Pichita. Al mayor y los pequeños apenas los veréis en Un pavo rosa. Richi actúa como si fuera mayor que Natalia, pero en realidad es casi un año menor.

P: ¿Tienes algún personaje favorito?

R: No, me gustan/disgustan profundamente todos.

Sobre Alcalá

P: ¿Naciste en Alcalá de Henares o viviste en esa ciudad?

R: No. Hubo una época en la que paraba mucho por allí, eso sí.

P: El I.E.S. Alonso Quijano, que se menciona en el libro como el instituto de Álex y Nick, no está donde lo sitúan las descripciones de la novela.

R: ¡Bien visto! Lo de llamar al instituto Alonso Quijano fue una decisión de última hora consensuada entre la editora y yo. Ella no sabía (y yo no recordaba) que había un verdadero instituto Alonso Quijano en Alcalá. El centro de estudios al que van Álex y Nick es ficticio y se encuentra cerca de la Vía Complutense. He intentado que las descripciones de Alcalá sean lo más fieles posible a su geografía y a la época, pero supongo que en alguna habré patinado, lo siento.

P: Tu representación de Alcalá de Henares y sus alrededores me ofende profundamente. ¿Dónde puedo protestar?

R: Puedes empezar organizando una quema pública de libros en la plaza de Cervantes. No asistiré, pero me haré eco de ella.

Bromas aparte, le tengo mucho cariño a la ciudad y no es mi intención ofender a nadie, solo parodiar una realidad que existe y existió en su momento. Soy la primera interesada en promover la cultura en el Corredor del Henares, pero creo que habría que empezar por promover el sentido del humor.

Sobre mí

P: ¿Un pavo rosa es un libro autobiográfico?

R: No. Oh, bueno, a quién quiero engañar… Hay algunas cosas que sí que se inspiran en mi adolescencia o en personas que conocía entonces (ver la serie de entradas “Un pavo rosa tras los focos”), pero la historia en sí es 100% inventada. ¿Que en mi instituto había una profesora que siempre decía lo de la vergüensa ajena? Bueno, es una coincidencia sin más (no me odias, señorita Conchita, ¿verdad? ¿Verdad?).

 

P: Tu representación de [personaje X] como miembro del colectivo Y me ofende profundamente.

R: TOTALMENTE DE ACUERDO. HAY QUE DECIRLO MÁS.

P: En serio, tu novela y tus personajes me ofenden profundamente. Dicen barbaridades, hablan fatal, no se respetan…

R: Con Un pavo rosa siempre supe que había gente que se la tomaría de forma literal. Personas que piensan que escribo bocao y pensao porque no doy para más, que tengo a Nick por un modelo de conducta, que soy machista porque Richi lo es, que estoy a favor del suicidio porque Álex afirma estarlo, etc. A estas personas solo tengo una cosa que decirles: por mucho que en la novela haya aspectos autobiográficos, yo no soy mis personajes. Me gusta crear un debate en la narración y que el lector se posicione en lugar de decirle lo que tiene que pensar. Si a ti no te va ese rollo, pon Un pavo rosa a la venta en Wallapop y lee Historias de gatitos VIII. Y no… eso último no se pronuncia “viii”.

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Un pavo rosa tras los focos: Mi adolescencia y esa chica rubia

En la entrada anterior os comenté cómo había ido la representación del musical El diluvio que viene en mi antiguo colegio y lo “frambuesa fuera de la cesta” que me sentía en ese ambiente. Cuando me cambié de centro de estudios, todo fue distinto. En este sitio no teníamos grandes salones de actos para representar obras de teatro, pero tampoco llevábamos uniforme (lo cual me supuso una liberación y una alegría tales que, a la vista de mi afición por los internados ingleses, seguro que nadie se imagina). Es más, la gente que me rodeaba era normal. No había más problemas de drogas, abusos sexuales, bullying y puñetazos que los estrictamente necesarios. Esta gente tenía menos dinero, estaba menos pagada de sí misma y tenía muchas menos ganas de hacerle la vida imposible al de al lado.

Nuevos amigos

En pocos meses me encontré siendo parte de un grupo mixto de adolescentes que surgió de forma muy orgánica. Éramos un poco frikis; lo justo, porque entonces no se podía ser friki a gusto, y menos si te gustaban cosas parecidas a las mías. Quedábamos para ir a los recreativos, al cine, para jugar al ordenador. Posteriormente, también comenzamos a quedar para salir y emborracharnos. A la ribera del Henares, yo dejé mi huella en forma de traspiés y vómito alcoholífero. Aunque la mayor parte del tiempo simplemente fingíamos estar borrachos para poder agarrarnos a aquel o aquella que nos gustaba.

Entre nosotros teníamos una especie de código secreto que consistía en que todos éramos conscientes de que las tensiones amorosas y sexuales entre nosotros ponían potencialmente en peligro la integridad del grupo; ergo, era preferible buscar la satisfacción de estas necesidades fuera. O quizás era sobre todo que éramos una panda de románticos y teníamos un ideal tan, tan, tan inalcanzable que nadie cercano se acercaba a él. Por supuesto, esto no impedía que, de vez en cuando, mandáramos el ideal de vacaciones y un par de nosotros enredaran un poco comiéndose la boca o haciendo algún ejercicio de manos juntos. La consigna era: mejor fuera.

A mí me dio por teñirme parte del pelo de rojo y ver con horror cómo, día tras día, aquello se parecía más a un naranja desvaído que al tono chungo-sangriento que yo había querido darle. Una amiga se encariñó con sus nuevas gafas de sol y las llevaba a menudo. Otra vestía de verde. Un par jugaban a las cartas Magic. Otra chica de la clase llevaba la foto de Kurt Cobain “in memoriam” en su carpeta. Y por supuesto, todos nos debatíamos entre el deber de estudiar y las ganas incontenibles, imparables, de montar bulla en clase, sobre todo cuando cierta profesora nos soltaba su frase favorita: “A mí eh que me dais vergüensa ajena”.

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¿Quién es esa chica?

Recuerdo aquella época como muy feliz, a pesar de que en mi casa tenía broncas a menudo y que probablemente tenía un aspecto parecido al de Eduardo Manostijeras pero sin el sex-appeal de Johnny Depp. Me sentía cómoda con mis nuevos amigos, aunque sabía que había cosas de las que era imposible hablar con ellos. Eso incluía cualquier debate sobre un tema medianamente elevado, como la filosofía, que había descubierto y me encantaba. Pero estaba acostumbrada a que fuera así: en casi todas partes, yo era la loca, la rara. Solo me salvaba de ser “la empollona” el hecho de que no me callaba ni debajo del agua y que, en ocasiones, podía ser un elemento algo conflictivo, por no decir subversivo. (Me expulsaron una vez por pegar a una chica que se había burlado de mí y me castigaron otras tantas por contestarle a un profesor. Nada nuevo bajo el sol.)

Un día de invierno, mientras se celebraba el típico campeonato deportivo en el patio de recreo, alguien se golpeó conmigo y dijo “perdona”. Era una muchacha rubia que llevaba unos guantes enormes de portero. Se colocó en la portería de su equipo de fútbol y yo la observé. No hacía más que tocarse los guantes, como si fueran algo importantísimo para ella. Pensé: “cualquiera diría que toda su vida está en esos guantes roñosos”. La portera estaba muy metida en el juego. Gritaba, animaba, se desesperaba, lo vivía todo como si fuera el primer y único partido para ella, siempre tocándose los guantes.

Recuerdo aquella ocasión porque, cuando comencé a escribir meses después para intentar darle sentido a lo que me estaba ocurriendo, se me apareció de forma clara en la memoria. En esa época yo conocía a un montón de gente, algunos de vista y otros “de palabra”. Eran otros adolescentes del mismo centro, mayores o más pequeños, con los que podía intercambiar un hola y adiós o, si la situación lo requería, algunas palabras más mientras comprábamos bocadillos de tortilla, chicles de menta y regalices con sal en el establecimiento más cercano.

La chica rubia me divertía, o eso pensaba yo. En esa época yo tenía quince años, casi dieciséis, e iba por ahí con un calentón permanente que casi me hacía restregarme con las farolas. Estaba muy necesitada de atenciones y me daba un poco igual quién me las diera: hombre, mujer, perro, mayor, menor. Sin embargo, y pese a que en la realidad no le hacía ascos a casi nada, no sentía esa devoción sin condiciones que había marcado mi relación con Clementina. Decía que me gustaban este o aquel, pero porque me resultaban atractivos o porque teníamos aficiones en común.

Ficción y realidad

Cierto día escribí un relato. Aquellos fueron unos años muy productivos desde el punto de vista literario; terminé dos novelas, a falta de una (hecho que no volvió a repetirse en muchos años), y llenaba cuadernos enteros de poesías muy afectadas con las que ganaba algún premio de vez en cuando. En una de ellas me inspiré en la letra de Empty Heart, de Willy DeVille, para decir poco más o menos que el corazón me pesaba porque estaba hambriento de experiencias.

El relato era muy diferente. Fue la primera vez que di rienda suelta a mi humor disparatado y, basándome en un sueño que había tenido, me inventé un mundo medieval de príncipes, brujas, jefes de armas y una primera ministra malvada que quería ocupar el puesto del rey con una poción mágica que solo podía fabricarse a partir de la sangre de una virgen, cosa que en ese reino era extremadamente difícil de encontrar: solo el príncipe heredero cumplía tal condición. Todos los personajes estaban basados en gente que yo conocía, y la gracia consistía en “casar” a cada persona real con su personaje, teniendo en cuenta que yo había parodiado expresiones características de cada uno, hábitos, su aspecto o sus intereses amorosos. Había una invasión tártara, un dragón y un montón de diálogos.

El relato circuló por mi clase y estuvo a punto de ser interceptado por el rey (es decir, nuestro profesor de Historia). Sin embargo, una vez pasadas las risas, me encontré leyendo con avidez determinadas partes. En la historia había una buhonera rubia (es decir, una prostituta) que ofrecía sus servicios para que el príncipe heredero dejara de ser virgen. El encuentro entre su personaje y la hermana del príncipe era breve, pero intenso. La buhonera, muy apañada, le sugería un 2×1. La hermana del príncipe, consciente de que el tiempo apremiaba, le respondía: “Quizás en otro momento”.

La hermana del príncipe era yo.

Era Semana Santa cuando me fui de vacaciones con mi familia y desperté, de pronto, con un sueño muy vívido. Soñaba que la chica rubia me abrazaba y me besaba. No hacíamos nada más, pero el corazón me latía a mil por hora. Por primera vez me lo dije con estas palabras: creo que me gusta una chica.

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¿Y ahora qué?

La admisión de aquel sentimiento sacudió el mundo que yo conocía con una fuerza desconocida. En muchos casos, uno no descubre su homosexualidad o bisexualidad de forma genérica (oh, vaya, me gustan las mujeres). Suele ser más bien: “Cielo santo, cómo me gusta esta mujer”. Si había tenido dudas antes, con la portera de los guantes roñosos quedó todo de pronto meridianamente claro. La siguiente vez que me la crucé, solo pude ponerme como un tomate y pensar: “Cielo santo, cielo santo, cielo santo” (x5).

Lo siguiente fue hablar con mis amigos del tema. Fue gradual, pero como era evidente que yo no podía estar en presencia de esta muchacha sin ponerme de todos los colores del arcoíris, pronto corrió la voz por mi instituto de que me gustaban las mujeres (y los hombres). Sorprendentemente, de buenas a primeras no pasó nada. Digamos que la gente de mi clase me tenía simpatía y, como yo de por sí era tan rara, no les sorprendía demasiado que además tuviera gustos raros. Solo después ocurrió que una chica que solía saltarme encima y abrazarme me soltó de pronto “porque ya sé yo que a ti te gustan demasiado estas cosas” (?!) y una amiga dejó de hablarme por un asunto relacionado (otro amigo salió del armario y ella se enfadó conmigo por haberlo llevado a la depravación en lugar de a sus brazos). Nunca hubo bullying ni nada relacionado. Mis compañeros no tenían ni idea de lesbianismo, pero les parecía estupendo que yo me quisiera ligar a la rubia. Sé que no habría sido lo mismo en el otro colegio.

La rubia, la portera, vivía su vida y me decía hola y adiós al margen de la importancia que yo le había concedido en la mía. Era una muchacha de la calle, sensible y orgullosa, un poquito marimacho y potencialmente bastante chunga; pero si yo me salvaba de ser empollona porque era “difícil”, en nuestro entorno ella era demasiado “blanda” para ser considerada una de las chungas; era, como se diría ahora, un “fake”, o eso decían. Descubrí, con el tacto de un elefante en una cacharrería, que teníamos una historia familiar parecida. De hecho, nuestras madres compartían apellido. Todo aquello solo vino a confirmar mi impresión de que estábamos hechas la una para la otra y que aquella muchacha me desvirgaría de alguna forma cuya mecánica todavía desconocía.

Con mucha paciencia y mucha…

Con un tesón que ya me habría gustado tener en otros aspectos de mi vida y mucha falta de vergüenza, trabé conversación con la muchacha rubia. En realidad, no teníamos tanto en común, pero yo tenía algo que ella deseaba: la capacidad de salir del patio para comprar cosas en el recreo. La primera vez que gritó mi nombre, mi corazón dio un salto en el pecho (¿cómo, cómo sabe mi nombre? ¿Quién se lo ha dicho?). Y cuando me puso una moneda en la mano para que le trajese unos Risketos, yo apreté aquella moneda en el puño como si me hubiese regalado un mechón de cabello. Aquella dinámica se repitió una y otra vez. Una y otra vez. No dudo que le cayera bien, pero era evidente que el entusiasmo casi litúrgico de nuestros encuentros era bastante unidireccional y por el otro lado había mucho más de pragmatismo utilitario, cierta fascinación por la rapidez con que se cumplían sus deseos y algo de morro.

De vez en cuando sosteníamos alguna (breve) conversación en la que, de modo extraño, parecía que entre ella y yo no había las barreras habituales entre dos personas que no se conocen demasiado, aunque lo más seguro es que yo forzase aquel estatus de nuestra relación por la pasión que me consumía. Como la había tocado y le había hablado tanto en sueños, no me resultaba raro que hablásemos a poca distancia, que la despidiera para una pelea con un apretón de brazo y un “ten cuidado” o que ella me hiciera una sardineta a traición al salir de clase. Ella quería atención y yo se la daba. Pero por supuesto, a estas alturas la simple atención me parecía poco.

You gotta fight for your right to party

Cuando cumplí dieciséis años, quise montar una fiesta e invitarla. Por otra parte, era un poco raro invitarla a mi casa y, además, yo vivía donde Cristo dio las tres voces y lo más probable era que no quisiera quedarse a dormir; así que se me ocurrió una idea que me pareció obvia. ¿Por qué no monto una fiesta en el gimnasio? Así vendrá mucha gente y es más probable que venga también ella.

Por entonces yo estaba obsesionada con la fugacidad. Sabía que esa etapa en mi vida pasaría, igual que tantas otras, y que todas las personas que había conocido y que habían sido importantes en mi día a día se marcharían sin dejar rastro. Sabía que yo tenía por delante un camino que no tenía nada que ver con el de la mayoría de mis amigos, simplemente porque quería cosas distintas a la mayoría de mis amigos; por tanto era imposible que me quedara en la ciudad, que me casara con alguien del barrio, que trabajara en el Mercadona como las madres de mis amigos. Lo veía y me hacía daño, me obsesionaba como un horror vacui, quizás porque era la primera vez que pasaba más de dos años en el mismo centro escolar e iba a presenciar la marcha de algunos de mis conocidos.

Quise fijar aquel momento en una fiesta benéfica para recaudar fondos para los niños del Sáhara Occidental, pero en el fondo sabía que aquella fiesta era mi cumpleaños y que la razón principal para organizarla de esta manera era ella. Puse todo patas arriba, con ayuda de algunos amigos, para montarla. Conseguimos los permisos apropiados. Y le pedí que viniera.

Es por mi cumpleaños le confesé, saltándome a la torera todo lo que hasta entonces había proclamado sobre la fiesta. ¿Vendrás?

Bueno, intentaré pasarme.

Aquello no había sonado muy convencido, pero me tendría que bastar. El día D me pasé el rato bebiendo delante de la puerta, convencida de que, si no estaba completamente borracha, sería incapaz de dirigirle la palabra. Aunque claro, es un poco difícil emborracharse a base de Coca-Cola y no es que hubiera una gran variedad de alcoholes en aquel lugar.

Cuando mi portera rubia por fin se dignó a aparecer, venía completamente sola. Dio la casualidad de que yo también lo estaba y charlamos un poco. De pronto se me escapó la lengua y la llamé de la forma en que la llamábamos entre nosotros, con el nombre de un chico que cantaba en un grupo famoso y se le parecía un poco. Ella puso una cara un poco rara.

—Lo siento. Me gusta llamarte así —le dije—. ¿Te importa?

Mmm… respondió ella, y se acercó a mí con una sonrisa para hablarme de la forma en que a veces lo hacía. No. No, si me lo llamas tú.

Lo dijo así y por un instante yo no vi nada, no oí nada. Creo que toqué el cielo con las manos y volví a caer sobre el suelo del gimnasio. Por un instante me dije: esto es de verdad, ella ha venido aquí por mí y está flirteando conmigo. La ficción se unió con la realidad de tal modo que pensé que, realmente, aquello podía suceder. Aquello me duró aproximadamente quince minutos. El tiempo que tardó ella en recorrer el gimnasio, ver que no había cerveza y largarse sin despedirse de mí.

Aquella fiesta, uno de mis amigos se derrumbó. Él, que normalmente no lloraba, comenzó a derramar lágrimas sobre una colchoneta del gimnasio con verdadera desesperación. Un nimio amor no realizado le había provocado semejante arrebato. Yo lo consolé primero, me senté en una esquina después y me eché a llorar también. Qué fácil era pasar del cielo al infierno en aquellos años.

La larga cola

Me gustaría decir que aquella historia tuvo un final feliz, pero no es así. De hecho, aunque se prolongó de forma más o menos intensa pero constante durante un par de años, sigo pensando que su punto álgido fue aquella fiesta en la que, por un instante, algo indefinido cobró forma en la mente de la muchacha rubia. Algo que posteriormente exploró con otras personas, que no conmigo.

La chica y yo nos llamamos por teléfono (en realidad, la llamaba yo). Nos encontramos un par de veces cuando ella iba con su novio. Nos saludamos, nos sonreímos. Yo enredé con otras personas un poquito, quedé una vez con un chico que me dejó tirada en mitad de la cita, tuve relaciones intensas en los albores de Internet que no terminaban de pasar al plano tangible. Seguía pensando en la portera rubia. Hasta que una vez me llamó una amiga para contarme una cosa.

En realidad, no era una amiga. Era la exnovia de un amigo y conocida mía, pero le había pasado algo y necesitaba decírmelo. Mi novia (ellos la llamaban directamente “mi novia”) le había tirado los tejos muy, muy, muy descaradamente en una discoteca. Muy descaradamente, muy fuera de sí y muy drogada. Literalmente, “daba pena verla, tía”.

Así que, un par de semanas después de esto, me subí al autobús que sabía que ella tomaba, me bajé en su parada y la toqué en el hombro. Ella se dio la vuelta, mostró gran entusiasmo por verme y me dio dos besos.

¿Podemos hablar? le dije.

¿Tú y yo?

Sí. ¿Tienes un rato?

Teenage Hell, por Garry Knight

Teenage Hell, por Garry Knight

Nos sentamos en el respaldo de un banco cercano. No sabía por dónde empezar. Por supuesto, todo habría sido mucho más cómodo si dos de mis amigas no hubieran decidido quedarse a presenciar mi declaración de amor desde el banco de al lado, “porque, tía, yo esto no me lo pierdo”. Y aun así, hablé. Vaya que si hablé. Se lo dije todo y la muchacha se fue quedando a cuadros.

¿Llevas todo este tiempo por mí? me preguntó.

Sí.

Joder repetía una y otra vez. Joder, joder, joder.

Me contó su situación. Básicamente, estaba metida en un montón de relaciones, incluida una muy efusiva con la cocaína. Sí, se había acostado con una amiga suya. Sí, era bisexual. O eso creía. Sí, yo era… yo era, joder, joder, una persona muy cabezota y muy particular. A mí no me importaba con quién estuviera o lo que hubiera hecho. Quería que me dijera que podía quererme a mí, que al menos me daba la oportunidad de intentarlo. Hablamos mucho. Luego nos levantamos y me pidió que la acompañara a su casa. Me despedí de mis amigas con una señal de la cabeza.

¿De verdad no te dabas cuenta de lo mucho que me gustabas? le pregunté yo.

A ver, sí, lo pensé, pero… Joder, joder.

Por el camino seguimos contándonos cosas. Me dio la sensación, vaga pero evidente, que sí que había algo en mí que despertaba el interés de aquella chica, pero que lo que ella necesitaba en ese momento no era precisamente otra relación complicada. Necesitaba algo tan sencillo como una amistad sincera, pero era algo que, por mi propio estado de enamoramiento entre la realidad y la ficción, yo no podía proporcionarle. Y lo más probable es que nuestros estilos de vida fueran del todo incompatibles.

Cuando llegamos al portal, seguimos hablando un buen rato. Tanto hablamos que me pregunté si acaso quería que la besara o algo parecido. Algo en su actitud me disuadió. Finalmente quedamos de forma vaga en que volveríamos a vernos y ella entró en el portal.

De la Ceca a la Meca

Volvimos a vernos, sí, pero no de la forma que yo esperaba. Aquella cita nunca se concretó. Cuando yo la llamaba y sugería quedar para algo específico, ella no lo veía claro, sugería otra cosa, me daba largas. A veces me sonaba el móvil desde un número oculto y no solía llegar a tiempo para cogerlo, pero me quedaba llena de dudas. Finalmente la puse contra las cuerdas y le dije que o quedábamos o dejaba de llamarla para siempre. No quedamos, así que cumplí lo prometido.

Hoy día le estoy muy agradecida de que lo dejara estar. Claro que en aquel momento, mi yo adolescente sufrió de lo lindo, pero en realidad, me quedé muy a gusto: yo necesitaba que ella lo supiera y necesitaba intentarlo. En el momento en que la pelota dejó de estar en mi tejado, aunque fuera con una declaración sin anestesia y con tan pocas probabilidades de éxito como la que perpetré, me sentí libre de toda responsabilidad. De hecho, no demasiados meses después me volví a encaprichar de alguien (que, por cierto, no era rubia) y esta vez sentí que, al contrario de lo que me había pasado esos años, volvía a ser de verdad. Yo soy pródiga con mis afectos corporales, pero emocionalmente me considero bastante monógama. Y solo recuperé esa parte de mí con aquella confesión.

Todavía hoy me acuerdo de la portera rubia. Es curioso que piense más en ella que en personas con quienes he tenido una relación mucho más intensa. La violencia con la que sentía todo a los dieciséis años me hizo convertirla en un símbolo de lo que yo pensaba que era el amor, que era una especie de entrega sin medida a alguien que es a la vez totalmente parecido y totalmente distinto a ti; porque el amor de verdad, el que traspasa fronteras, solo puede alcanzar su culmen entre los iguales, pero solo puede forjarse entre los diferentes. Todavía hoy, una parte de mí piensa así.

Por lo poco que sé de su vida, mi muchacha rubia abjuró un poco de su relación efusiva con la Sra. C., se casó y tuvo un niño. (Por cierto, se casó con una mujer.) Ella se quedó en la ciudad y yo me marché a la capital. Y allí comencé a vivir todas esas experiencias de las que tenía hambriento el corazón y que tanto había temido años atrás.

Sí, dejé de ver a esas personas que fueron tan importantes para mí, pero aquellos años nunca me han dejado del todo. Y esas personas saben que hay mucho de ellas en Un pavo rosa, y también saben que, a pesar de toda la malicia, la ironía, la mala leche pura y dura que pueda destilar, está hecho desde el cariño. Como espero que lo sepa la tempestuosa portera de los guantes que inspiró el personaje de Nick.

[Siguiente entrada: La universidad, Show Me Love y Sugar Rush]

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Un pavo rosa tras los focos: Mis años de colegio y El diluvio que viene

Dado que a veces me preguntan “cómo surgió” la idea de Un pavo rosa y que yo misma me marqué como objetivo ofrecer más información sobre este universo, me voy a embarcar en una serie de entradas llamadas Un pavo rosa tras los focos. En ellas realizaré cierto striptease emocional para explicar que, en realidad, Un pavo rosa se llevaba gestando mucho antes de que escribiera la primera palabra de la novela, simplemente porque la historia que cuenta arrastra muchas y diversas influencias: personales, musicales y culturales.

La primera vez que escribí el título de la novela en un documento de Word era noviembre de 2007 y estaba metida en ese reto de escribir una novela en un mes. Pero ya llevaba meses dando el coñazo a mis amigos con que quería escribir una novela sobre dos adolescentes muy distintas que se enamoraban. No tenía muy claro si quería escribir un drama o una comedia; finalmente me decanté por lo último, que en el fondo era lo más cercano a los referentes audiovisuales que yo tenía (y de los que hablaré más adelante).

De algún modo, casi todas mis novelas son muy teatrales. Me gusta el teatro. Me gustan los diálogos rápidos que tienen lugar sobre los escenarios, los juegos con la cuarta pared, la libertad de representar cosas que a lo mejor en el cine o la televisión, donde la imagen imita más a la realidad, quedarían extrañas o ridículas. Así que decidí que la metáfora teatral era ideal para escenificar un amor tan pasional como absurdo que se inspira en relaciones clásicas y que, a la vez, está “bajo el escrutinio” del resto de personajes.

Hace mucho, mucho tiempo…

Si tenía que pensar en obras de teatro representadas en el ámbito escolar, había una que copaba la mayoría de mis recuerdos: El diluvio que viene (1974), que representamos cuando yo tenía unos catorce años en un colegio privado.

Este colegio era un poco particular. Nunca me sentí a gusto en su ambiente elitista y mezquino, aunque en mi caso, le saqué bastante provecho desde un punto de vista académico. Tenían la tradición de representar una obra musical cada año, normalmente con un trasfondo religioso/cristiano (aunque también se representó Supertot y alguna que otra cosa). Los alumnos más capaces, elegidos en su mayor parte a dedo, hacían los papeles principales y se convertían en expertos en el arte del playback. El resto se contentaba con salir por ahí de fondo o ayudar a pintar decorados.

diluvio1El diluvio que viene era una obra un poco… particular. El argumento consiste en que Dios quiere organizar un segundo diluvio universal, porque este mundo está hecho un asco, y por eso elige a un cura de un pueblo para que construya un arca. Hasta ahí, bueno. Pero la historia estaba plagada de guiños sexuales. Incluía una chica del pueblo, Clementina, que estaba perdidamente enamorada del cura y lo único que hacía era ponerlo a cien confesándole sus sueños eróticos. Había un momento en el que las mujeres del pueblo debían, ejem, reunirse con sus maridos para concebir hijos antes de subir al arca, pero los maridos se distraían mucho por la llegada de una prostituta llamada Consuelo. La forma que Dios y el cura ideaban para librarse de ese pequeño inconveniente era agarrar al gay impotente tonto del pueblo, Totó, y dotarlo de una mágica y desmesurada potencia sexual. Así mantenía entretenida a la prostituta, los hombres podían estar con sus esposas y, por qué no, la muchacha con el cura, porque igualmente hacen falta muchas parejas en el arca.

Sí, todo esto lo hicimos con trece y catorce años. De hecho, no supuso ningún trauma, fue muy divertido. Y hasta donde yo sé, ningún padre se quejó.

Los amores que vienen

Los actores principales nos aprendimos párrafos y párrafos de diálogos y un montón de letras de canciones. Trabajamos muy duro, en parte porque aquel colegio se basaba en la competitividad y uno no podía permitirse no dar lo mejor de uno mismo en una función pública.

¿Sabéis qué papel me tocó? El mejor de todos. Yo era Dios.

Alanis-Morrisette-as-God

Después de vencer algunas reticencias, resultó que una chica iba a hacer el papel de Dios (porque sabía poner una voz autoritaria y cavernosa) y otra, el papel de Totó (porque los chicos de la clase no estaban muy por la labor de encarnar al impotente).

Vamos a hablar de quienes hacían de Clementina y el cura. Él era mi compañero de pupitre y ella, mi… no sé, digamos que mi mejor amiga en el colegio. Ella me gustaba. Muchísimo. Por entonces solo sabía que esta chica era diferente al resto, que un abrazo suyo me hacía sentir cosas totalmente distintas. Quería agradarle y le contaba mil y una historias a caballo entre la realidad y la ficción.

Esta chica era deportista, inteligente, nerviosa y algo neurótica. Y rubia. Le gustaba reírse conmigo y tener intimidad conmigo, pero probablemente pensaba que estaba un poco mal de la cabeza. Creo que no sabía qué hacer con el hecho de que yo no tuviera nada que ver con el resto de niños de ese sitio y estuviera a la cola en el ranking de popularidad, porque ella sí quería ser admirada, aceptada y respetada.

Aquello acabó siendo una relación tempestuosa en la que discutíamos como un matrimonio en el campo de voleibol (¡a gritos!). El cura, quiero decir mi compañero de pupitre, que había estado saliendo con la antigua mejor amiga de mi amiga (porque, por supuesto, solo podías tener una mejor amiga), mostró un súbito interés en ella. Yo pensé que no era correspondido, pero me llevé un gran chasco cuando ella aceptó y comenzó a salir con él. El borró rápidamente las iniciales de la otra en su estuche con Tipp-Ex y escribió encima las de mi amiga.

Por entonces tener novio era algo así como un título que te daba prestigio y te permitía hacer cosas que las otras no hacían, como quedar con otras parejas o besarte. Mi amiga obviaba en buena parte este tema, pero la obra que estábamos preparando quedó configurada de una forma curiosa: Dios (yo) estaba enamorado de Clementina (mi amiga), que le tiraba los tejos al cura en la obra y salía con él en la realidad, lo que resultaba en una serie de extrañas confesiones que el cura (mi compañero de pupitre) le hacía a Dios (yo). Mientras tanto, Totó y Consuelo tenían que mostrarse muy interesados sexualmente el uno por el otro, pero las dos muchachas tenían de todo menos feeling lésbico, así que casi había más química entre Totó y el cura.

Una puesta en escena mítica

Las últimas semanas antes de la puesta en escena fueron salvajes. Ensayábamos en los baños, en los recreos. Mi amiga se derrumbó y lloró, no recuerdo si por eso o por las malas notas (un notable) que decía que había obtenido. Tenía los ojos muy bonitos, unos ojos castaños que cuando lloraba se ponían verdes, y una rabia de origen desconocido que la carcomía por dentro. Yo quería estar con ella, apoyarla, pero ella había dejado de contarme sus cosas y estaba claro que había tomado otro camino.

Cuando yo veía a Clementina cantarle al cura eso de “Por eso tú no te enteras de nada / Si te espero, me ignoras / Si te hablo, te callas y no dices palabra” y mirarse de forma cómplice, se me hacía un nudo en el estómago. Solo me divertían un poco, por una razón todavía desconocida, los sosos twerkings que le hacía Consuelo a Totó. Yo no salía físicamente en la obra, pero hablaba mucho desde mi micrófono y todo lo que decía era crucial (era Dios). Y lo veía todo. Veía una extraña red de afectos, odios y amores que movían los hilos de los personajes como una telaraña.

Representamos la obra dos veces. Nos aplaudieron mucho en ambas. Mi hermana, que era muy pequeña, no entendía bien ciertas cosas y se las tuvieron que explicar, pero se divirtió un montón. Después desfogamos la adrenalina en la fiesta de cumpleaños de mi amiga, donde yo miré hacia otro lado mientras Clementina y el cura, quizá un poco achispados, se enzarzaban en los besos apasionados que hasta entonces no habían compartido, y pensaba: “En su cumpleaños anterior me mordía a mí en el cuello y decía que eran besos de vampiro“.

La despedida

Nunca he vuelto a ver a esta chica. El curso siguiente me cambié de colegio y, poco después, ella me llamó a casa (cosa que no hacía desde hace la tira de tiempo) para preguntar por qué no había ido a clase. Le conté que me habían cambiado y ella me dijo que había cortado con el cura.

—¿Por qué? —le pregunté yo.

No lo sé. Cuando volví a verlo, me di cuenta de que no lo había echado de menos en todo el verano, así que le dije que lo dejábamos.

¿Se lo tomó bien?

—Sí, más o menos.

La notaba tan contrariada que sentí la necesidad de explicarme. Le dije que tenía ganas de estar en un sitio donde me sintiera valorada, tranquila, aceptada. Utilicé una frase extraída de La hija del espantapájaros, de María Gripe:

No quiero sentirme como la frambuesa fuera de la cesta.

Siempre te vas a sentir así me amenazó ella. Vayas donde vayas. Siempre serás diferente a los demás.

Por suerte, mi amada Clementina no llevaba razón. Encontré otro lugar donde, a pesar de que seguía habiendo una frontera invisible entre ellos y yo, las relaciones eran mucho más sanas y abiertas. Descubrí lo que era quedar con amigos para ir al cine, me curé el corazón y me quité de encima la pegajosa telaraña que había visto en el musical… hasta que ocurrió algo.

Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

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Literatura LGBT y canon literario: ¿influye la orientación sexual en lo que escribimos?

Alguna vez me han preguntado si la orientación sexual influye en lo que uno escribe. Me corrijo: alguna vez me han dicho, normalmente de forma airada, que por qué mi sexualidad tiene que influir tanto en las cosas que escribo.

La orientación sexual influye en lo que uno escribe del mismo modo que todo lo que uno es, lo que ha vivido y soñado, sus inquietudes y obsesiones, influyen en lo que uno escribe. Me sé de grandes escritores que dan vueltas una y otra vez a temas parecidos y fórmulas análogas, aunque con argumentos diferentes (por eso son grandes).

Conozco personas para quienes su orientación sexual está muy desconectada de lo que escriben. En general, en estos casos se trata de lesbianas, grandes escritoras, que escriben sobre personajes heterosexuales o simplemente en géneros donde el romance tiene menos cabida (histórico, thriller, infantiles, etc.). Hay algunas escritoras famosas de este tipo, como Val McDermid. En las personas que he conocido, había una cierta tendencia a pensar que, con lo bien que escribían, no debían centrarse “exclusivamente” en personajes homosexuales (N.B.: algunas NUNCA escribían sobre homosexuales). Incluso una me comentó una vez, motu proprio, que no sabía por qué su propia experiencia sentimental estaba tan desconectada de lo que escribía.

También he conocido el caso contrario. Por ejemplo, las mujeres que escriben (y leen) romance gay son legión, tanto en la fanfiction como en la ficción profesional. La explicación habitual, con la que comulgo como lectora, es que se trata de un ámbito algo menos estereotipado y donde la identificación funciona de una manera distinta, lo que permite una experiencia distinta de lectura. Nisa Arce suele escribir romance homosexual y lo hace estupendamente. Y aunque conozco menos el caso contrario, también he visto escritores a los que les gusta crear personajes de mujeres lesbianas o bisexuales. El cliché dice que este interés es mayormente sexual o estético, pero no siempre es cierto. Algunas de estas historias, que a menudo mezclan el género romántico con la ciencia ficción o la comedia, podría haberlas escrito yo (eso, o mis personajes son tan superficiales como los de estos hombres).

El problema es que mientras que las lesbianas o los gays que escriben sobre pasiones heterosexuales no levantan ninguna ceja, escribir sobre relaciones homosexuales está sometido a un perenne escrutinio. Y parece que, cuando un autor habla a menudo de este tema, tiene que justificar su interés por él de algún modo. Es un poco como si tú escribes con frecuencia sobre vampiros y hombres lobo y la gente viniese a preguntarte que por qué precisamente, de entre todos los temas del universo, eliges hablar sobre vampiros y hombres lobo.

Lo que hay detrás de estas preguntas es la asunción, todavía muy enquistada, de que la literatura “seria” solo abarca una serie de temas y que las relaciones homosexuales no forman parte del canon de la literatura seria. Es un poco como escribir humor: La conjura de los necios solo hay una, y todo lo que no sea La conjura de los necios se considera poco más que un chascarrillo. (*)

En general, uno escribe sobre las cosas que más le interesan o le intrigan. Es totalmente lícito que un escritor heterosexual escriba sobre un personaje homosexual, y viceversa. Incluso si lo hace a menudo. Incluso si lo hace SIEMPRE. Incluso si todos sus personajes son gays o viceversa. Es su mundo y hay muchas razones para su decisión. De algún modo, es parecido a cuando una mujer no escribe “literatura femenina” y por tanto queda fuera del canon. En lugar de cuestionarlo, deberíamos celebrar la diferencia y la posibilidad de que haya distintas perspectivas. Cuestionarse continuamente el por qué de los mundos de un escritor es tan fútil como preguntarse por qué Lorca escribía siempre sobre andaluces.

Con todo, es verdad que la resistencia cuando un autor no es heterosexual y escribe sobre personajes no heterosexuales es aún mayor. Yo misma no estoy libre de culpa. Vuelvo a los casos de autores homosexuales que sí escriben (fundamentalmente) sobre homosexuales. Me encantan los libros de Isabel Franc, pero a veces me he encontrado pensando: joder, necesito un respiro de tanto bollerío. Quizás esto sea en parte porque la llamada “literatura LGBT” siempre ha tenido, y es lícito, un maridaje con el activismo social y político. Muchas de estas autoras escriben con una lectora lesbiana en mente, y no solo eso, sino a menudo una lectora lesbiana y conocedora del ambiente lésbico (algo que no soy). Todos los libros contienen un mundo de referencialidad que se despliega ante el lector; quizás lo que temían las primeras autoras a las que hacía referencia, las que NUNCA escribían sobre homosexuales, era precisamente esto: desviarse del canon generalista de forma que “alienasen” a su lector no homosexual. Porque querían gustar a ese lector, que en el fondo aun hoy es la norma, el crítico: agradarle era un éxito, y no agradarle, un fracaso.

Pero eso no impidió a Jack Kerouac escribir En la carretera describiendo todo un ambiente beatnik que no tenía nada que ver con el de muchos lectores que lo leyeron por primera vez. Eso no ha impedido a muchísimos autores escribir infinidad de libros que hablan de mundos muy concretos, reales o inventados, y que hoy día se han convertido en clásicos. (Los que nos gusta la fantasía sabemos de lo que hablamos; otro género que, a pesar de su historia y su enorme presencia, ha estado siempre relegado a los márgenes y solo con gran esfuerzo se está abriendo camino en la literatura “seria”.)

Mi objeción es que, por muy referencial que nos parezca un mundo, el texto (y el autor) tiene todo el derecho del mundo a imaginar su lector ideal como le dé la gana. Y en repetidas ocasiones se ha demostrado que mundos muy específicos conectan con lectores totalmente diferentes por otras razones.

Cuando yo escribo, inconscientemente imagino un lector. En mi caso, como en el de muchos otros autores, soy yo. Yo de jovencita, yo con ganas de reírme, yo nacida unas décadas después o yo muy seria, pero básicamente es alguien que comparte mis características básicas. Mi sexualidad es algo divertido que incluye a hombres y a mujeres, pero sobre todo me fascinan las relaciones entre mujeres, del mismo modo que me intrigan aspectos como la pérdida de la juventud o el control en las relaciones interpersonales.

Con estas premisas, creo que es bastante lógico que escriba lo que escribo. A las personas que se interrogan sobre por qué un 80-90% de mis protagonistas no son heterosexuales me encantaría preguntarles por qué un 100% de sus protagonistas sí lo son, además de blancos, hombres y con una actitud de desprecio+superioridad hacia el mundo que los rodea. Postureo aparte, supongo que esa actitud viene refrendada por la seguridad que da estar en la norma.

Esta entrada está inspirada en el artículo de Junot Diaz sobre la ausencia del aspecto racial en la literatura y en los másteres de escritura creativa.

(*) Hay otra estrategia de invisibilidad/integración en el sistema que consiste en alabar la obra e ignorar estos aspectos en la crítica, de manera que solo te enteras de que una obra contiene humor u homosexuales por pura casualidad. Se da especialmente con la literatura catalogada como… seria.

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¡Sí, mi capitana! Capítulos 1-5

Con un poco de retraso, porque quería añadir también las versiones para libro electrónico, aquí os presento el extracto de ¡Sí, mi capitana!: La leyenda del monstruo marino. 🙂

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¡Sí, mi capitana! es una novela escrita por Diana Gutiérrez e ilustrada por Sara Pérez, publicada en 2016 por la editorial Café con Leche. Podéis comprar el libro completo aquí. La historia está inspirada en la historia real de las mujeres piratas Anne Bonny y Mary Read.

Lo que sigue son los cinco primeros capítulos. No me hago responsable de lo que pueda ocurrir si los lees en el trabajo o si esperas una dulce historia romántica con los mares del Caribe como fondo. Aquí se cortan miembros, se bebe ron hasta perder el sentido y a las muchachas malas (y a los muchachos, y al resto) se las engancha del collar a una pata de la cama.

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Portada y noticias frescas de piratas

Tachán, tachán… Esta es la cubierta terminada de P’REZ del libro ¡Sí, mi capitana! ¿A que ha quedado genial? <3

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Por supuesto, esta cubierta incluye portada, contraportada, lomo y solapas, por lo que la edición física del libro será un verdadero lujazo. Aquí un detalle para que podáis apreciar mejor el trazo y la expresión de las piratas. Me encanta la cara de Mary 😉

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Y ahora un par de noticias 😀

En primer lugar, no me gusta retrasar fechas, pero es innegable: vamos a tener que posponer el crowdfunding un par de meses. Todavía quedan cosas que preparar (*vídeosCOFCOF*), las imprentas están de vacaciones y yo estoy sumergida en la lectura de muchos relatos de licántropas.

En segundo lugar, hay un cambio de ilustradora en el proyecto: Faye (Monsters’ Waltz) no se encargará finalmente de las ilustraciones del interior. En su lugar se ocupará también de ellas Sara Pérez (sí, la misma P’REZ de la portada). Ya hemos comenzado a esbozarlas, pero vamos un poco retrasadas respecto al calendario inicial, así que habrá que tener paciencia. :/

En tercer lugar…

En tercer lugar, la semana que viene subiré los primeros capítulos de la novela, para que podáis echarles un vistazo. Están ya corregidos por mi querida María Gay, traductora y correctora profesional, y salvo error u omisión son como quedarán en el libro. Por supuesto, vendrán con escena porno incluida, porque menuda tontería sería vender una novela erótica sin que podáis echarle un ojo siquiera a mi forma de abordar el tema. Espero que os divierta y que no sea demasiado (ni demasiado poco).

Un salido saludo.

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Sobre la novela esa de piratas (II)

Como ya comenté en la primera parte de esta entrada, tenemos a Diana muy fané y descangayada con una novela erótica entre las manos nacida del ron y el no ver el mundo exterior durante varios meses. Una novela que era un poco demasiado porno para una editorial centrada en romance LGBT, un poco demasiado lésbica para una colección erótica habitual y un poco demasiado guasona para una línea histórica. Sabía que tenía potencial, porque al fin y al cabo la fórmula había convencido a los editores de la anterior colección, pero me venían a la cabeza las portadas de esa y otras colecciones eróticas y no estaba cómoda. Sabía que mi producto se apartaba de esa línea y, sin embargo, estaba mucho más cerca de lo que podría ser la oferta de Ediciones Babylon: un texto multierótico de esencia friki que se lee mejor apoyado por ilustraciones.

Y al fin y al cabo, no tenía yo una minieditorial para nada. Así que me dije: aprovecha esta oportunidad, publica un libro que crees que merece la pena publicar y así descubres cómo es montar un crowdfunding y trabajar mano a mano con una imprenta local. Además, seamos sinceros: tú nos sales más barata que nadie, perra.

Comencé a buscar ilustradores que quisieran participar en el proyecto. Al principio, pensé en reclutar a tres, porque mis amigos ilustradores andan siempre HASTA ARRIBA DE CURRO y es difícil retenerlos durante mucho tiempo. Sin embargo, aquello demostró sobre el papel no solo ser más complicado para todos (comunicarse lleva mucho tiempo y los proyectos creativos requieren una comunicación muy estrecha), sino económicamente inviable. Como una artista se desmarcó por motivos del hastarribismo antes comentado, acordé con las otras una solución salomónica: una se ocuparía de la ilustración de cubierta (a color), y la otra, de las ilustraciones del interior (en blanco y negro).

¿Quiénes eran estas ilustradoras? La primera, Sara Pérez, a quien conocía de oídas a través de Rocío Vega (que participó en Cuando calienta el sol) y de su webcómic Chrysalis. Me gustaba su forma de dar expresividad a los personajes y creía que su estilo había evolucionado muchísimo desde los inicios. Cuando contacté con ella, me alegró que conociera ya la historia de Mary Read y Anne Bonny y que tuviera ganas de leer más sobre ellas: ¡eso significaba que estábamos en la misma onda!

La otra ilustradora era Faye, a quien no conocía de nada, pero me llamaba mucho la atención su mundo loco de mujeres con orejas largas, oscuros secretos y posturas a lo Milo Manara en sus dos webcómics. Me puse en contacto con ella a través de Gurrupurru. Faye no conocía la historia, pero… TETAS Y PIRATAS. Para ella eso ya era un aliciente. Lo que quería decir que, una vez más, parecía que estábamos en la misma onda. 😉

Consideré otras opciones, pero el hecho de que Faye y P’rez fueran comiqueras y que las dos se sintieran cómodas dibujando escenas sugerentes o eróticas era importante para mí. Quería que entendieran la novela y que les gustara lo que iban a dibujar. Aunque yo vaya por la vida como si todo el mundo dibujara, escribiera o consumiera distintos tipos de porno, me he topado con personas que no me han vuelto a mirar igual desde que he sacado el tema. No quería trabajar con alguien que viese lo que hacíamos como algo oscuro y sórdido.

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Una vez las cosas comenzaron a marchar con las ilustradoras, había que detallar más la campaña de crowdfunding y sus recompensas. Los números son una mierda, pero en buena parte se reducen a solicitar presupuestos y comparar las distintas ofertas. El problema era que, a poco que me descuidara, cambiaba una celda en Excel y la cantidad mínima del crowdfunding pegaba una subida astronómica. He tenido que hacer más recortes que los gobiernos europeos en los últimos años. Yo quería un libro en tapa dura. ¡JA, JA, TAPA DURA DICE!… Vale, tapa dura no, pensemos en rústica. Y un póster de tamaño… ¡JA, JA! ¿DE QUÉ TAMAÑO?… Venga, va. Más pequeño. Y los gastos de envío. Dios, los muy terribles gastos de envío. Por si no fuera bastante el dolor de manipular cada libro uno a uno, viene esto a recordarte que mucho “pero si hoy vivimos en un mundo digital” y hostias, pero las cosas todavía hay que llevarlas de un sitio a otro en camión o en barco. Y eso cuesta dinero.

Por suerte existen los stretch goals. He intentado mantener el objetivo del crowdfunding dentro de lo razonable y todo lo que me encantaría añadir, pero no puedo, ha ido a stretch goals: será lo que haremos si superamos una determinada cantidad de dinero. En realidad, no es tanto: una vez conseguido el objetivo, solo hay que vigilar que aumente proporcionalmente la tirada. Curiosamente, hay una recompensa que ha llamado mucho la atención y que por eso me he esforzado por mantener: el espectáculo erótico de piratas con cena y fiesta. Lo cual demuestra que incluso entre la gente más lectora, estas cosas… mira, que yo equivoqué el oficio, ya lo sé.

El eslabón más débil del crowdfunding es quizás el “bueno, ¿y esto a quién se lo cuento y por qué va a importarle?”. Como todo el mundo sabe, yo estoy medianamente dotada para la escritura y vergonzosamente infradotada para las labores de comunicación y ventas, aunque poco a poco voy mejorando (lo segundo). Ya tengo una lista de contactos y un plan de comunicación para todas las semanas. Sé que de esto podría depender el éxito o el fracaso de la campaña: sí, muchos seréis mis conocidos, otros los de Faye, otros los de P’rez, algún alma caritativa se paseará por la plataforma y otro despistado tropezará en el botón de poner dinero; pero el éxito masivo depende del público que no conocemos y de la ayuda que nos den los grandes difusores de contenido. Así que soy consciente de que tengo que quitarme la vergüenza y echarle morro. Y toda la ayuda que nos podáis echar vosotros en este sentido, propuestas, sugerencias, etc., también es increíblemente valiosa.

La fecha prevista de inicio del crowdfunding piratil es el 7 de septiembre de 2015 el 9 de noviembre de 2015 (actualización). Apuntadla bien en el calendario. A partir de ahí, todo es posible. Me veréis muy atareada durante treinta o cuarenta días, pero si sacamos esto adelante, tendremos una experiencia valiosísima y un producto que merece la pena. Lo bueno de estas cosas es que la segunda vez siempre es más fácil, y la tercera más fácil aún. Café con Leche podría valerse de más crowdfundings para sacar otros libros que de otra forma nos costaría demasiado editar. Y al final, de eso va nuestro proyecto literario.

Gracias por adelantado. 🙂

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Sobre la novela esa de piratas (I)

Ahora que ya hemos anunciado “¡Sí, mi capitana!” en Café con Leche, me puedo quitar la gorra de editora entusiasta y volver a ponerme el sombrero de escritora chunga y errática, que es lo que soy.

La historia detrás de esta novela es curiosa. Un día estaba yo recuperándome de una cirugía en casa de mi madre y recibí un mensaje de una agente literaria. Se había leído algunos textos míos, le habían gustado y me preguntaba si tenía material para una novela que formaría parte de una colección erótica.

Ni corta ni perezosa, le compilé en pocos días un libro de relatos acerca de las chicas de Gaylands (que algún fan acérrimo conocerá) con una historia que hacía de hilo conductor y se lo pasé. El resultado fue mixto. La coordinadora de la colección consideró que era una propuesta muy bien escrita y que tenía su aquel, pero que le faltaba un poco de erotismo para lo que buscaban en este caso. La agente me lo tradujo: querían menos literatura y más sexo.

Ante la tesitura de modificar la novela que ya tenía, agarré el portátil, me bajé al bar y me pedí un barril de ron (vale, quizás fueran solo varios cócteles de ron). Pensé: sexo, entretenimiento, acción, aventuras…, piratas. Y me puse a escribir algo totalmente distinto. Hacía mucho tiempo que buscaba un libro sobre la famosa historia de Mary Read y Anne Bonny. Porque parecerá mentira, pero no hay. Está Lobas de mar, de Zoé Valdés, pero es bastante flojucho particular y poco satisfactorio. Está Lady Pirata, de Mireille Calmel, pero le sobran escenas típicas de “oh, mirad: una mujer pirata en un mundo de hombres” y le falta bollerío. El que más entretenido me resultó fue The Sublime and Spirited Voyage of Original Sin, que es una comedia, pero no está traducido al español y ni siquiera va de esos personajes, solo se inspira en ellos.

Yo tomé la historia “real” de estos piratas solo como base. Necesitaba, como me habían dicho, más sexo y más acción (lo que no me impidió ir a varias bibliotecas en busca de bibliografía y sorprenderme ante lo avanzados que los piratas estaban en algunas cosas). Así, Mary se convirtió en una estereotípica joven inglesa secuestrada por los malvados y lujuriosos piratas Anne Bonny y Jack Rackham. Pero como a mí me sale el ramalazo friki como a otros la pluma, comenzaron a haber rebeliones de esclavas sometidas, disfraces furry en el barco de los piratas, una balandra de marineros gays y un homenaje muy sentido al autor de La caza del snark (que da la casualidad de que también es el autor de uno de mis libros de referencia, Alicia en el país de las maravillas). En suma: hice lo que me dio la gana y me divertí de lo lindo. La mayor parte del tiempo, borracha.

Estuve viviendo y respirando piratas durante un par de meses y después le entregué la novela completa a la agente. Ya le había pasado más o menos la mitad y los coordinadores de la colección habían dado un SÍ rotundo a mi nueva propuesta. 🙂 Todo iba sobre ruedas, pero…

Con mucho tacto, la agente me dio malas noticias: el proyecto de la colección había quedado aparcado. 🙁

Me decepcionó un poco, pero no me molesté. El mundo editorial está muy apurado y a menudo los editores trabajan en proyectos que luego no salen adelante (con su consiguiente enfado). Además, al fin y al cabo, esto me había servido para emborracharme escribir otra novela. Para mí lo difícil no es escribir novelas, sino encontrar el momento y el canal adecuado para ellas.

Al cabo de varios meses, todo seguía igual y no había trazas de que el proyecto avanzara, por lo que pensé que tenía sentido buscar otros métodos de publicación. Me apena no formar parte de esa colección, que tenía una buena distribución y una propuesta interesante, pero la vida es larga y el porno es de esas cosas que nunca se acaban. A cambio, y considerando la experiencia que habíamos tenido con el libro Cuando calienta el sol, pensé en la oportunidad de probar por primera vez un crowdfunding y de controlar otros aspectos de la edición del libro, cosa que también me tentaba. Y en mi opinión, un libro de este tipo llamaba a ser ilustrado.

(Continuará…)

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