WhiteStar, una antología en homenaje a David Bowie

Estamos casi en Navidades y tengo algunos regalos bajo el brazo (poca cosa, ya sabéis; un detallito más que nada, como dice vuestra tía la pesada), pero antes voy a hablaros de una antología que acaba de salir a la venta. Se trata de WhiteStar, una recopilación de historias sobre la figura de David Bowie, sus personajes y sus canciones, editada por Cristina Jurado (la “dire” de SuperSonic) y el sello Palabaristas. De momento está disponible en versión digital a través de Lektu (por un precio mínimo de una cerveza) y todos los beneficios van a parar a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).

Bowie en su época de The Thin White Duke

La cubierta de WhiteStar muestra a Bowie en su época de The Thin White Duke.

El “reparto” no puede ser más de lujo: Sofía Rhei, Teresa Mira y Guillermo Echeverría, Víctor Selles (sí, ¡el de nuestro Instinto animal!), Eduardo Vaquerizo, Laura López Alfranca, Laura Ponce, Francisco Jota-Pérez, Concha Perea, Ángel Luis Sucasas, la propia Cristina Jurado… y muchos otros autores que todavía no he leído, pero que no tardaré en conocer. 🙂

Esta es una antología que se prestaba a la experimentación y es lo que hemos intentado muchos de los autores con nuestros relatos. Siempre más o menos dentro del terreno de la ficción especulativa, hemos jugado con las posibilidades que nos inspiraban las canciones y los personajes de un artista tan polifacético como David Bowie. Resulta curioso que yo misma me apuntara a esta iniciativa teniendo en cuenta que se me conoce (que se la conoce, dice; ja, ja) más que nada por escribir ficción juvenil y erótica, pero como digo en mi nota biográfica, servidora escribe “de todo” y con frecuencia todo junto. 🙂 En este caso, con Black Hole/White Hole dejé salir mi lado más introspectivo; quería explorar las fronteras entre mito y realidad, rumor y certeza, vida y muerte.

Me puse muy triste cuando Bowie falleció y me pilló bastante de sorpresa, porque hacía años que no sabía nada de él (para mí era alguien que pertenecía, más que nada, a mi infancia y a las colaboraciones con artistas que me gustaban en los 90) y tenía ganas de escuchar su última aventura, Blackstar. Para los fans de Bowie, Blackstar es realmente un discazo. Sí, es un testamento musical, pero también es una oda a la curiosidad, al conocimiento y, de algún modo, a la esperanza. Quizás no de una forma individual, porque Bowie no era muy dado al sentimentalismo de tú a tú, pero sí como colectivo, como especie.

Nos hacen falta más artistas como David Bowie y menos enfermedades que nos los roben antes de tiempo. Muchos artistas producen (y sobreproducen) lo mismo de siempre porque tienen miedo. En el fondo, cuando uno encuentra algo con lo que está cómodo, moverse de ahí siempre es duro y muchas veces implica enfrentarse a la incomprensión de propios y ajenos. Hay artistas que han tomado caminos que no me han gustado, pero siempre he admirado a los que son capaces de sorprenderte con algo diferente. Conozco gente que ha sacado obras totalmente inesperadas y, después de estrellarse en crítica y ventas, se ha levantado y ha seguido adelante. Para mí es una buena imagen de la esperanza.

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Cuando yo escribía fanfiction: de Xena, Buffy, Harry Potter y el femslash

Ilustración de Santi Casas.

Ilustración de Santi Casas.

Esta ilustración que ha publicado Paz Alonso y algunas sesiones de tele y mantita me han despertado la nostalgia. No es ningún secreto que yo escribía fanfiction de diversas series y que buena parte de ella era femslash, es decir, sobre relaciones entre chicas. De hecho, puede que aún encontréis alguna historia mía dando vueltas por ahí; antes la gente era bastante dada a copiar y pegar sin muchas preguntas. (Hoy se lo agradezco, porque cuando te explota el portátil es bonito que haya copias de tus viejos fics en alguna parte.)

De los comentarios de mis fics solo recuerdo dos cosas: una, la gente decía que yo escribía bien, al menos en comparación con la media; y dos, ya escribiera comedias o dramones, mis perspectivas solían ser demasiado “originales” o “peculiares” para convertirse en mainstream. Todo lo poco mainstream que pudiera ser un fanfic, claro. Ah, bueno, también recuerdo que cuando escribía sobre relaciones heterosexuales o relaciones entre chicos tenía muchas más visitas y comentarios. Nada fuera de lo habitual.

Aunque también escribía cosas sobre personajes de Enid Blyton y alguna fumada sobre personas reales —la mayoría de las cuales no llegaron a publicarse nunca—, para mí hubo tres series principales en la fanfiction. Quizás sea un poco exagerado hablar de cambiarme la vida, pero sí que hubo un antes y un después. Fueron las series de televisión Xena: Warrior Princess (1995-2001) y Buffy the Vampire Slayer (1997-2003) y, claro está, la saga literaria Harry Potter (1997-2007).

Aunque me gusta mucho el producto en sí (yo soy de las que tiene las temporadas originales en DVD y todas esas cosas), para mí lo divertido siempre fue el fandom: las interacciones entre los fans, el mundo particular que creábamos los fans y, por supuesto, la fanfiction. Si me preguntaran qué prefiero, si quemar Harry Potter para siempre o quemar todos sus fanfics, creo que salvaría los fanfics con gran dolor de mi corazón. Sí, había mucha mierda, pero también verdaderas maravillas que han quedado en mi recuerdo. En algunos casos he tenido que pararme a pensar si algo ocurría realmente en la serie o si lo leí en un fanfic. Por ejemplo, para mí la película de Lost Boys (Jóvenes ocultos) incluye a Buffy y a Faith, porque así fue como lo leí por primera vez… y pese a haberla visto, me cuesta hacerme a la idea de que no es así.

La princesa guerrera

En el caso de Xena y de Buffy, ambas series tenían varias cosas en común: una protagonista fuerte e independiente, con sus más y sus menos; un presupuesto limitado que convertía todo lo que hacían en “serie B”, algo que también iba en consonancia con su espíritu; y bastante rollo bollo, fuera explícito o implícito. No voy a negar que era parte de su encanto y de la fascinación que ejercían en mi yo adolescente.

No sé si yo miro con esa cara a mis amigas, pero si es así, no me extraña la fama que me echan.

No sé si yo miro con esa cara a mis amigas, pero si es así, no me extraña la fama que me echan.

Xena: Princesa Guerrera fue la abanderada de lo que muchos fans entendíamos por “subtexto“. Hace mucho, mucho tiempo, cuando los dinosaurios poblaban la tierra, las series casi no tenían personajes homosexuales. Xena y Gabrielle mantenían una bonita relación que, a todas luces, no era más que una maravillosa amistad. Solo las personas retorcidas como yo veíamos en ella una relación romántica. Bueno, las personas como yo y casi todos los implicados en la producción de la serie, desde los guionistas hasta las propias actrices, que jugaban a tensar la cuerda de cuánto podían mostrar de la vida en común de Xena y Gabrielle sin decirnos directamente que estaban liadas.

Se acercaron mucho, muchísimo. Con ellas y con otros personajes. Pero nunca despejaron del todo la incógnita. Solo el día en el que se emitía el capítulo final de Xena fue Lucy Lawless y dijo “creo que mi personaje ha salido del armario”. ¡A buenas horas, mangas verdes! En fin, nos hizo un Dumbledore en toda regla. Mientras tanto, Gabrielle y Xena se besaron como poco unas tres o cuatro veces en la serie, siempre con alguna excusa que se hacía ridícula de tan poco que se sostenía.

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Hudson Leick de Callisto luchando contra Xena. Luego se hizo profesora de yoga. NO ES BROMA.

La elegida contra los vampiros

Si bien con Xena siempre me quedó un regusto un poco amargo por su final y por el hecho de que no se atrevieran a decir abiertamente lo que era más que evidente, mi relación favorita en Buffy Cazavampiros nunca fue canónica y me da igual. Visto lo que hicieron con las últimas temporadas, a mi juicio las peores de la serie, casi estoy contenta de que nunca se atrevieran a explorar las luces y sombras de una relación entre las dos cazadoras, Buffy y Faith.

Buffy y Faith, del amor al odio no hay más que un paso. Mucho antes del Spike/Buffy.

Buffy y Faith, del amor al odio no hay más que un paso. Mucho antes del Spike/Buffy.

Sí, de nuevo se acercaron. Fueron conscientes. Por supuesto que eran conscientes. Tenemos más besos (estos en la frente, aunque en el guion se proyectó un beso en la boca que no llegó a mostrarse), más diálogos con dobles interpretaciones, más luchas de ahora te quiero y ahora te odio. Pero era Buffy, era la protagonista, y ya iba bien con que Willow aguantase todas las escenas lésbicas de la serie. (Dos cosas con Willow: una, perdieron una oportunidad de oro de representar un personaje bisexual, que habría tenido sentido por su historia y porque el fandom de Buffy era mucho más bifriendly que el de Xena; y dos, no, matarle a la novia y reemplazarla por esa otra que era una especie de Faith en miniatura no fue gran idea. Los fans de Willow nunca perdonaron esa muerte de Tara. Sin que a mí me emocionara la pareja Willow/Tara, fue feo.)

Buffy y Faith en ese baile que se marcan antes de que se desmelenen y... maten a alguien.

Buffy y Faith en ese baile que se marcan antes de que se desmelenen y… maten a alguien. Problemas de cazadoras.

Joss Whedon y sus colaboradores son perversos polimorfos que, ya a finales de los 90, entendían perfectamente que el fandom se alimentaba de todas las metáforas y los dobles sentidos, así que los explotaban a muerte. La propia serie de Buffy era una metáfora con patas del instituto como un lugar infernal. Siempre entendí que, para ellos, la relación entre Buffy y Faith no era más que otro de sus muchos juguetes. Aunque, sinceramente, molesta un poco que luego en los cómics vaya Buffy, nuestra cazavampiros superhetero, y se acueste con una cazadora que no es Faith. Creo que Joss Whedon no le perdonó a Eliza Dushku eso de que los abandonara para filmar la serie Tru Calling.

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“¿Vamos a cazar vampiros, B?”.

El niño mago

Pero si hablo de perversos polimorfos, solo se me ocurre un lugar donde lo que comenzó como una saga infantil se convirtió en el reino de las combinaciones inesperadas y los argumentos sorprendentes: Harry Potter. El fandom de Xena tenía simpatías evidentes por el BDSM. El fandom de Buffy era muy bifriendly y era capaz de extraer subtexto de parejas que yo jamás habría imaginado.

Nada de esto me habría preparado para la vasta diversidad del fandom de Harry Potter. Veelas enamoradas, planes secretos en el n.º 13 de Grimmauld Place, directores de Gringotts volviéndose locos… Nada. Aquí los personajes se emparejaban como por arte de magia (¡ja!) y era posible inventarse todo un pasado de quien no había dicho más que dos palabras en el último libro. Una locura fantástica.

El fandom de Harry Potter es una gran rayada. Imagen de Inganah.

El fandom de Harry Potter es una gran rayada. Imagen de Inganah.

No tengo ninguna pareja de chicas favorita en Harry Potter, aunque he leído muchos fanfics con Hermione. Tampoco es una saga que predisponga especialmente al femslash, como sí lo hacían Xena y Buffy, aunque eso nunca ha detenido a los escritores de fanfic. Años después de que se publicara el séptimo libro pensé que, como mucho, yo shippeaba un Harry/Ron/Hermione, en términos románticos o amistosos. Creo que la propia autora llegó a una conclusión más o menos parecida después de ver las películas, al menos por las palabras que dedicó al Harry/Hermione, pareja de la que siempre había abominado.

Los fanfics que escribí sobre Harry Potter son los más experimentales de todos los que hice, seguramente porque su fandom fue, para mí, el más subversivo de todos. En estos años fui consciente de que la fanfiction se me había quedado pequeña. Recuerdo que planeé un fanfic en el que exploraba la forma en la que vivían su “otredad” las chicas no blancas de Harry Potter a través de lo que comían o cocinaban: Parvati y Padma, Angelina, Cho y Blaise (que en esta época aún no sabíamos si era chico o chica). Erm, interesante. Pero quizá un poco demasiado para un fanfic. Por mucho que me fastidie, lo que se buscaba en la mayoría de fanfics eran largas sagas románticas sobre el personaje o personajes de tu elección, no experimentos literario-culinarios.

Ahora que, finalmente, el mundo editorial ha acogido y celebrado la fanfiction más o menos camuflada; ahora que libros como Cincuenta sombras de Grey o Fangirl son éxitos de ventas; ahora que se escriben las “historias del personaje X” y se publican como libros aparte; ahora que lo que entendíamos como “copias” hoy son “homenajes” y explotar las alternativas de un universo no es exprimir la gallina de los huevos de oro, sino brindar otras perspectivas legítimas, me sonrío. Porque todo esto me suena muy conocido y, la verdad, está bien que por fin haya llegado al mainstream.

Me pregunto, eso sí, dónde está la frontera. Porque si yo escribiera una historia sobre dos chicas que cazan vampiros y resulta que se odian pero en el fondo se quieren y hay brujas y fantasmas y zombis y amigos frikis con muchos traumas y esas cosas, todo el mundo reconocería al instante de dónde viene. ¿Lo llamarían copia descarada? ¿O le darían la bienvenida con emoción? Misterio.

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Cómo crear un hábito de lectura

Hay gente que, cuando se entera de que escribo libros o de que trabajo con libros, me dice enseguida que le gustaría leer más. Al principio solía tratar a estas personas con cierta condescendencia (porque, al fin y al cabo, nadie les impide leer), pero luego recordé que yo también pasé por una época, en torno a los veinte años, en la que leía muy pocos libros al año y me lamentaba por ello. Habiendo sido una gran lectora en mi infancia y adolescencia, me resultaba raro y echaba de menos la sensación de perderme en un libro. Quería leer, pero no podía.

Vamos a ver si os identificáis conmigo a los veinte años: Superusuaria de internet, con un montón de proyectos en la cabeza, que ve un montón de series y sigue un cuatrillón de webs. Capaz de devorar fanfics largos en menos de una hora. Incapaz de tomar un libro que no sea de los de pim, pum, pam y sentarme a leerlo porque, simplemente, “no me centro” o “se me va la cabeza a otras cosas”.

Si tu caso es parecido, lee este artículo. Porque la lectura tiene mucho de hábito y el mundo actual tiene un montón de cosas que van en contra de forjarse un buen hábito de lectura.

Lo primero que tienes que tener claro es:

1. Te quejas de no leer… pero tú ya lees.

Si te has identificado con mi retrato de jovencita, podrás darte cuenta de que, en realidad, tú ya lees. La palabra escrita es el medio por antonomasia para transmitir información o conocimiento y, a pesar de que digan que vivimos en un mundo audiovisual, la transmisión de nuestra cultura se sigue realizando en buena parte a través de la escritura y la lectura.

La mayoría de personas que me dicen “me gustaría leer más” ya leen. Suelen ser seguidores de periódicos o revistas especializadas, de blogs, de fanfiction, lectores de cómics, jugadores de videojuegos muy narrativos… ¡Se lee muchísimo! Lo que pasa es que, efectivamente, eso no son libros y la forma de “leerlos” es diferente. Activan regiones diferentes de tu cerebro y suponen una experiencia distinta.

Aun así, no estás contento. Pasemos al siguiente punto:

2. Crees que no lees (suficientes) libros.

Quieres leer libros, pero no los lees. O lees muy poco, de dos a cinco libros al año a lo sumo. Y tienes la sensación de que deberías leer más libros. Porque a tu alrededor se leen libros y la gente que mola habla mucho de libros.

Vamos a poner las cartas sobre la mesa. Yo creo que leer libros es muy importante, porque hace cosas en tu cabeza que ningún otro medio puede hacer. Pero serás consciente de que los libros, al haber sido el vehículo principal de transmisión de nuestra cultura, gozan de una extraordinaria buena prensa. Solo tienes que ver la cantidad de gente que se hace famoso y… ¡escribe un libro! El libro es símbolo de cultura, de estatus. Está socialmente bien visto, incluso si es el bestseller más ramplón (como mucho, la biografía de Belén Esteban puede ser una excepción). Mejor leer novelas de entretenimiento que no leer. Tú también lo piensas, ¿verdad?

Es probable que pienses que llevar un libro bajo el brazo te hace mejor persona, más deseable o más interesante. Y como ser queridos y aceptados es algo que necesitamos todos, intentas leer libros. O hacer como que los lees, que es lo que hace la mayoría: tenerlos de exposición, discutir sobre libros de los que solo has oído hablar, citar otros que en realidad nunca has abierto…

Hay demasiado postureo en el mundo de la lectura. Todos ganaríamos si dejásemos de leer como si alguien nos estuviera mirando por encima del hombro y tratásemos nuestras lecturas como algo parecido al modo incógnito del Spotify. Leer debería ser una actividad que quieras realizar por sí misma, por los beneficios que te reporta. Por el contrario, leer por obligación o por darse importancia suele, por desgracia, tener un efecto perverso para el hábito lector.

Tu problema puede ser algo tan sencillo como que estás intentándolo con los libros equivocados. A lo mejor no eres un gran lector de novelas, pero sí de relatos. O a lo mejor, por la razón que sea, te gusta la chick-lit. ¡O a lo mejor ni siquiera te gusta la ficción! (Aunque no lo creas, conozco personas muy, muy cultas y muy interesantes que nunca leen ficción.)

Así que date un respiro, deja de intentar meterte en vena lo que en realidad no te llama y ve a por aquello que te despierte el interés. Vamos, que te pongas ese petardeo que llevas tanto tiempo queriendo oír. No tienes por qué casarte con un género. Y a lo mejor, más adelante, descubres que tus gustos han cambiado; es totalmente lícito.

¿Sigo sin dar del todo en el clavo? Entonces lee el siguiente punto:

3. Quieres leer, de verdad, por lo que te hace sentir, pero no consigues concentrarte en un libro.

Recuerdas que leer es bonito y lo echas de menos. A lo mejor leías mucho de pequeño, pero en los últimos años tomas un libro y no sabes lo que pasa: tu cabeza salta inmediatamente a otras cosas. No es que te guste ni que te disguste, es que leer se ha convertido en una tarea titánica.

Bienvenido al mundo moderno.

A riesgo de sonar como una mujer de las cavernas, para mí está claro que el “multitasking” se ha convertido en uno de los peores enemigos de la lectura. Tomamos un libro y de pronto nos viene a la cabeza lo que teníamos que comprar para la cena. O te pones a darle vueltas a lo que te ha dicho ese día tu jefe en el trabajo. O recibimos un whatsapp y hay que atenderlo inmediatamente, porque puede ser urgente (antes la gente te llamaba para las cosas urgentes; hoy puedes recibir la noticia de que alguien se ha roto una pierna por WhatsApp).

En estudios científicos se ha comprobado el efecto “dispersor” de los móviles y ordenadores en nuestras cabezas. Las pantallas, tan útiles para otras cosas, ejercen varios efectos negativos sobre nosotros. Ante todo, dificultan la concentración lectora porque no estamos solos frente al texto, sino leyendo, chateando, consultando el correo y comprando algo en Amazon, todo a la vez. Si leemos mucho en la tableta, en el móvil o en el ordenador mientras tenemos todas las aplicaciones abiertas (o vemos series mientras nos pintamos las uñas, o jugamos mientras escuchamos música…), nos acostumbramos a que la experiencia de lectura es algo intermitente donde “extraemos lo importante” en lugar de leer en profundidad. Por eso las personas que leen mucho en internet se vuelven auténticos expertos en el arte de encontrar palabras clave en una página o deducir su estructura.

El problema es que es como ir al gimnasio y entrenar siempre en la misma máquina: es difícil desarrollar este músculo y a la vez el músculo de la concentración. Y la mayoría de los libros, por ligeros que sean, requieren un mínimo de concentración. Así que, si quieres volver a disfrutar de los libros “como antes”, me temo que tienes que ponerte a trabajar un grupo de músculos que actualmente tienes un poco fofos y olvidados. Es un trabajo arduo, pero los resultados merecen la pena.

No descartes otro hecho importante: las pantallas con retroiluminación requieren más esfuerzo visual y nos agotan más rápido. Cuando yo era joven, me pasaba muchas horas moviendo los ojos delante de un ordenador y después solía sentirme muy cansada. Como hoy en día la mayoría trabajamos con ordenadores, salimos del trabajo con una fatiga visual importante. Si estás intentando leer en tu móvil o en una tableta después de muchas horas así, no me extraña que tu cabeza esté cansada y “salte” automáticamente a otras cosas.

Yo te recomiendo dos cosas muy sencillas: la primera, no leas libros en el ordenador ni en el móvil. Lee en papel o utiliza un dispositivo con tinta electrónica, notarás la diferencia. La segunda: Cuando estés leyendo, simplemente lee. Te vendrán a la cabeza un montón de cosas que podrías estar haciendo. Ignóralas. No mires el móvil. No respondas a los mensajes (a menos que esté ardiendo la casa de alguien). Tendrás tentaciones de meterte en Facebook para continuar ese interesante debate que habías dejado a medias. Resiste. Y cuando hayas logrado dejar pasar una hora, te darás cuenta de que, a lo mejor, no era tan importante responder inmediatamente al GIF animado que te habían pasado por WhatsApp o comentar esa foto de Instagram. No se han ido a ninguna parte, siguen ahí, y ahora puedes dedicarles todo tu tiempo. Esto son enseñanzas valiosas en la vida en general, pero se hacen especialmente útiles a la hora de leer libros.

Lo que nos lleva al punto 4…

4. Quieres leer, pero… no puedes evitar pasar demasiado tiempo en “actividades irrelevantes”. O sea, estar en Facebook, tragarte series enteras en un solo día o pasarte 350 niveles del Candy Crush.

Ya he mencionado la buena prensa que tiene la lectura (de libros) frente a todas estas actividades aparentemente irrelevantes. Es un error pensar que un libro, por el mero hecho de existir, es más interesante que tu Twitter. Hay libros que son verdaderos truños y que merecen menos tiempo del que se tarda en responder a un tuit.

Ahora bien, seamos sinceros. A menos que tu Facebook sea muy diferente al mío, sabes perfectamente que el 85% de todo lo que ves allí son chorradas. Pero el uso de redes sociales responde a necesidades muy diferentes que la lectura y que tienen que ver mucho más con la comunicación que con la relevancia del mensaje. Así que no te sientas culpable ni intentes comparar ambas cosas en una escala de “relevancia”, porque es como comparar el tocino con la velocidad. Ni siquiera intentes comparar el “enganche”, porque estamos programados para que nos resulte mucho más adictiva una serie (que es audiovisual) o un juego (que es interactivo) que un libro. Todo lo que se parezca más a nuestra experiencia del mundo nos resulta mucho más absorbente y es más fácil de asimilar por nuestro cerebro. Por el contrario, la palabra escrita no es transparente: necesitas conocer una serie de códigos para leerla y luego tu cabeza debe reconstruir la narración para entenderla. Si tu cerebro está acostumbrado a descodificar estímulos inmediatos y no a leer en profundidad, te supondrá mucho más esfuerzo leer un libro.

Normalmente yo no encuentro nada malo en que la gente haga lo que le gusta y le reporta placer, pero mi impresión es que las personas que se sienten vacías y angustiadas con este punto han ido demasiado lejos. Es evidente que las actividades que te proporcionan estímulos inmediatos te satisfacen en cierta medida (porque si no, no las harías); pero parece que esa otra parte de ti, aquella a la que le gusta leer libros, está insatisfecha porque se le ha dado de lado.

Lo bueno es que todo es un hábito y que los hábitos pueden modificarse. La capacidad de concentrarte en un libro sigue dentro de ti, solo que debes ponerle las cosas más fáciles. La clave está en crear una rutina. Si lo que quieres es leer más, tendrás que ir reintroduciendo la lectura de libros en tu día a día de forma consciente y, sí, eso supondrá probablemente reducir el tiempo que dedicas a las “actividades irrelevantes” (que muchas de ellas tampoco lo son). Examina fríamente el tiempo que dedicas a cada actividad y recorta de aquellas que no te hagan sentir bien para leer. Sobre todo, no te dejes llevar por la urgencia del momento, porque ya has visto que la mayoría de cosas siguen ahí cuando regresas a ellas y porque, en una escala de inmediatez, los libros siempre tendrán las de perder.

No pienses que no te va a costar. El mundo se encargará a menudo de recordarte que, si no participas en ciertas interacciones (la conversación sobre esta serie, este chiste, la interacción en el grupo de amigos del WhatsApp), te estás perdiendo algo muy importante. Sé tozudo y recuerda que leer es una actividad que te resulta placentera, así que es importante que leas. Créeme: al igual que te has acostumbrado a jugar una hora diaria al Candy Crush (por decir un juego tontuno), puedes acostumbrarte a leer una hora diaria.

5. Tu vida es muy complicada y te es imposible sacar tiempo para leer.

El día tiene 24 horas y no más: el eterno problema del tiempo y de las elecciones vitales. Bien, si realmente quieres leer, tendrás que sacar tiempo de donde sea. Vamos a buscar las actividades menos importantes. ¿Limpiar casa? Vale, sí, importante. ¿Limpiar casa en profundidad? Quizá menos importante. ¿Cocinar? Importante. ¿Cocinar todos los días? ¿No puedes pedir comida un día? ¿O espaciar esa temporada de serie que estás viendo en uno o dos capítulos a la semana? ¿De verdad es tan grave? ¡Si antes lo hacíamos así todo el rato!

Lee de poco en poco. Es lo mejor para ejercitar el hábito. Cuando tengas un rato en el transporte público, saca un libro. Acostúmbrate a leer antes de dormir. O en el baño. (El baño es un lugar extraordinario donde se han forjado los mejores lectores.) Cuando el niño duerma la siesta, en lugar de zapear sin rumbo por los programas de la tele, intenta leer ese libro que tienes a medias.

Es complicado, pero no es imposible. Ya verás que, cuando tienes el hábito, todo viene rodado y los libros pasan por ti cada vez más rápido.

Por último, si nada de esto es exactamente tu caso, podría darse que:

6. Escribes… y eso no te deja tiempo para leer.

Me encanta esta última porque es como una paradoja suprema. Hay personas a las que les ocurre que escriben tanto y con tanto entusiasmo (novelas, fanfics, relatos, poesía, etc.) que apenas pueden leer los libros de otros. Lo más que leen son sus propias historias cuando las corrigen.

Novedades: sin lectores, no hay libros. Punto. Si tú esperas que te lean en algún momento (y no me salgas con falsa humildad, porque es algo que nos gusta a todos), deberías esforzarte por leer libros ajenos. Entre otras cosas, porque jamás he conocido un escritor verdaderamente bueno que no fuera también un gran lector. O dicho con menos pedantería: porque leer te saca de ti y de tu mundo. Y porque eso, inevitablemente, redundará en una riqueza mucho mayor de tus historias, de tus personajes o de tu prosa.

Leer libros es como viajar. Ves muchas cosas y algunas te gustan más que otras. Pero expande tus horizontes de una manera que no tiene parangón. La persona que lee comprende mejor a los demás, se entiende mejor a sí mismo y entiende mejor su propio mundo. Creo que no hay nada que un escritor pueda desear más.

Espero que este artículo te haya resultado útil. Recuerda que yo también escribo y leo, o al menos intento hacer ambas cosas. 😉 Si tienes interés por alguno de mis libros, consulta las secciones de Un pavo rosa o ¡Sí, mi capitana!

Imagen: Calm Reading, de Rob Tolomei <3

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Un pavo rosa tras los focos: de botellas de vino en Barcelona a… botellas de vino en Barcelona

Vamos a recopilar las entradas de este “Un pavo rosa tras los focos“, que se ha extendido bastante más de lo que pretendía por mi vena nostálgica: Mis años de colegio y El diluvio que viene (1994-1997); Mi adolescencia y esa chica rubia (1997-2000); La universidad, Show Me Love y Sugar Rush (2000-2004); El hombre de La Mancha, los musicales y el kitsch (2004-2005). La última de todas (por el momento…) será esta, que irá sobre la época en la que se me ocurrió la novela y su proceso de escritura.

Ya os lo adelanto: fue una época de mierda y es un proceso de mierda. No los recomiendo.

Hoy día, cuando hasta quien no sabe hacer la O con un canuto publica un libro, se diría que escribir es facilísimo. En estas circunstancias, casi me avergüenza decir que, en términos generales, a mí escribir me cuesta un huevo. Y aunque la idea de Un pavo rosa surgió con mucha facilidad, las circunstancias en las que surgió (al borde de una ruptura; a mitad del camino de la vida, sin saber bien dónde me encontraba) y la forma en la que la arrastré durante muchos años, escribiéndola a cachos, han hecho que mi relación con ella no sea especialmente sencilla.

Un momento complicado

Regresemos al año 2007. A ese momento en el que estoy delante del teclado con una botella en la mano. Estoy sola en Barcelona. Estudio un doctorado en teoría cinematográfica, pero tengo que mentir y decir que no tengo la licenciatura para conseguir un currillo en el bus turístico y así subsistir. Vivo en una habitación en un piso compartido. Mi relación con mi familia no es buena, mi pareja y yo hemos roto (aunque seguimos pegándonos revolcones), tengo la mala costumbre de beber cuando estoy sola y no tengo amigos en esta ciudad. Cuando no trabajo, pueden pasar días sin que alguien me dirija la palabra.

Como además tengo encima una crisis existencial de las guapas y no sé adónde me dirijo ni lo que busco, escribo mucho, pero casi todo tiende a convertirse en una espiral sin fin. En una época en la que aún no están de moda las sagas kilométricas ni las novelas al peso, yo tengo problemas para poner punto y final a mis historias, porque casi todas engordan hasta hacerse inabarcables. Mi NaNo de 2006, una novela sobre varias generaciones de mujeres, se quedó más o menos al 80%. Con mi historia sobre las muchachas de un internado británico sucedió más o menos lo mismo: el universo se hizo inmenso y al producto final se le saltaban las costuras por todas partes. Eso sí, me sabía la vida y milagros de todas mis chicas.

Entonces pensé en el NaNo de 2007 y me dije que ya estaba bien. Escribiría una novela y la terminaría. Después de todo, lo había logrado un par de veces cuando era adolescente, ¿por qué no ahora?

Diseñé una novela breve y, para asegurarme el control sobre ella, la orienté a un lector más joven que yo; no necesariamente un adolescente, pero sí alguien que acababa de entrar en la veintena. La acoté también en el tiempo y el espacio: los años 98 y 99 y Alcalá de Henares. Acoté el género: sería una comedia romántica. Todo eso me ayudaría a terminarla, pensé. Sería una cosa sencilla.

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Notas iniciales de Un pavo rosa cuando no eran más que conceptos.

Aquel maravilloso NaNo

Estamos, pues, en 2007. Ese año, mucha gente se apuntó al carro del NaNoWriMo. Para mí era la segunda vez y me dedicaba a la construcción de los esquemas de la novela con fervor religioso. Por suerte, contaba con gente maravillosa como Adhara o Fer para leerme y aconsejarme, personas que también trabajaban en sus propias obras con un entusiasmo contagioso.

Como no hablaba con mucha gente más allá de mi ex, le hablé de la idea que tenía y le envié el esquema para que le echara un vistazo. Mi ex era una persona “leída” y no se cortaba en absoluto a la hora de alabar o poner a caldo las cosas que yo escribía, así que suponía que me daría una crítica constructiva sobre esta. Grave error.

Por razones que ya he comentado en las entradas anteriores, mi ex reconoció enseguida la experiencia personal que había en la novela y reaccionó con una virulencia inesperada. Me puso el esquema a caer de un burro y me dijo que la historia no tenía la más mínima gracia. Lo resumió todo en la frase que hoy más recuerdo: “Lo mejor que puedes hacer con esa historia es no escribirla”.

Ante semejante planchazo, me hice una bola y lloré hasta que Adhara me dio un coscorrón traté de buscar una solución a los muchos problemas en la historia que amablemente había apuntado mi ex, a quien, por cierto, no he vuelto a ver desde entonces. La había tachado de simple y predecible, así que introduje un cambio importante en la narración. Se me ocurrió que todo podría estar contado en una especie de flashback recurrente. Y cambié el principio para ponerle ese comienzo in media res que tiene ahora, con Nick y Álex en la cama.

A veces estoy muy contenta de esta decisión y a veces maldigo el momento en el que se me ocurrió trocear el tiempo de esa manera: la historia original podía pecar de predecible, pero al menos no estaría haciendo las filigranas temporales a las que me veo obligada ahora.

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Y esto son solo unos apuntes a vuelapluma…

Y llegó noviembre…

Estamos en noviembre de 2007. No sé cómo me mantuve sin escribir una sola palabra de Un pavo rosa (por entonces ya tenía claro el título) hasta entonces. Había regresado a Madrid sin portátil (me lo habían robado), sin trabajo y sin saber muy bien qué iba a ser de mi vida. Solo recuerdo que el 1 de noviembre estaba conectada al Messenger y con un archivo de Word abierto.

Cuando el reloj marcó las 00:00, fue como si me prendieran una mecha. Nunca había deseado tanto empezar una novela. El capítulo 1, en el que Nick se despierta de la cama con resaca y ve a Álex a su lado, fue como si se escribiera solo. Y el 2. Y el 3. Si todos los primeros capítulos suenan alocados, casi maníacos, es porque mi estado de ánimo lo era. No sabía qué hacía, solo quería escribir, escribir, escribir esa historia.

Llevaba el NaNo a buen ritmo cuando, en torno al día 7, recibí una llamada de teléfono. Resultó que había hecho una entrevista de trabajo en Frankfurt para un conocido desarrollador de juegos, les había gustado y querían que me incorporara a la plantilla. Acepté y quedamos en que empezaría la semana que viene. Colgué y seguí escribiendo más escenas de Álex y Nick. Luego me levanté, pensé que tenía que planear una mudanza internacional y me mareé un poco, solo un poquito.

En tierras extrañas

No me costó demasiado irme. La estancia en Barcelona me había dejado vacía de cosas, casi de sentimientos. Me marché con una maleta, una mochila y un pequeño portátil que me prestó mi madre. Las primeras semanas me alojé en un lugar a unos cincuenta minutos en tren de la ciudad, en una casa enorme con dos perritos que se intentaban montar todo el rato y que estaba habitada por testigos de Jehová de mi edad que me hablaban de usted. Yo me hacía la cena y luego escribía. Iba por las mañanas a la empresa de Frankfurt, me explicaban qué tenía que hacer en el nuevo trabajo, conocía gente nueva y variopinta, me fascinaba la escasez de luz que había en todas partes y, cuando llegaba a casa, sacaba el pequeño portátil y me ponía a escribir sobre los dimes y diretes de dos adolescentes en Alcalá de Henares. Escribía a toda prisa. Aparte del NaNo, sentía como si me acabara el tiempo.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con los atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Frankfurt, una de las ciudades europeas con atardeceres más bonitos. Solo los atardeceres.

Gané el NaNoWriMo unos días antes de que terminase noviembre. Sin darme casi cuenta, había escrito las 50.000 palabras de rigor y, para mi sorpresa, la historia no había hecho más que empezar. No me concedí apenas descanso y seguí escribiendo a un ritmo parecido: quería terminar la novela. Mi ex me escribió para decirme que había empezado a salir con otra persona. Quise tirarme al río. Al final solo volví a emborracharme un poco y lloré. Seguí escribiendo. No recuerdo si paré de verdad hasta las Navidades. Solo entonces miré atrás, vi todo lo que había escrito y pensé: “Bueno, esto de novela corta tiene poco, lo mismo hay que dividirla en dos o algo así“. Me concedí un respiro. Acababa de terminar el acto I.

Después de la tormenta

Estamos en 2008. Cuando regresé a Alemania después de Navidades, estaba más calmada y no retomé la novela. La veía caótica y quería centrarme en recomponerme sentimentalmente. Así transcurrieron unos meses. Conocí a una persona a la que le gustaba escribir tanto como a mí y que terminó leyendo La Ilíada debajo de la colcha de mi habitación mientras yo usaba el ordenador.

Nunca supe si la ciudad de Frankfurt me había salvado de un remolino de decadencia, si había sido el Pavo, si fue esa persona o si lo hice yo misma. Solo supe que, poco a poco, después de la tormenta, algo comenzaba a florecer. Era sorprendente que estuviera viva después del dolor que había sentido. Cada minuto me resultaba extraño, como regalado.

Estamos en 2009. Casi dos años después del momento en el que había comenzado Un pavo rosa, volví a sentarme frente al ordenador y me mordí las uñas. Había centrado mi vida, había salido del marasmo: solo me faltaba acabar esa novela. Por entonces todavía estaba convencida de que era una sola novela. A mí me gustaba, pero yo tenía por costumbre no dar a leer mis cosas sin terminar a nadie y tenía, por lo tanto, pocas opiniones al respecto. Sin embargo, el acto I estaba terminado y más o menos cerraba una buena parte de la trama, así que hice algo a lo que nunca antes me había atrevido: até un par de cabos, lo puse en un archivo separado y se lo envié a algunos amigos por correo electrónico.

Las primeras reacciones

Tenía un poco de miedo de que estas personas encontraran el acto I del Pavo demasiado infantil, demasiado disparatado, demasiado confuso. Para mi sorpresa, la reacción general fue muy positiva. ¡Mis conocidos lo encontraban divertido! Se implicaban en la historia, odiaban a Nick o la amaban, se reían al recordar escenas, me decían cosas que querían que ocurrieran. Perdí un poco la vergüenza y se lo dejé leer a más gente del trabajo mientras yo intentaba terminar el acto II. Que hubiera gente esperando la continuación de esa historia me ponía presión. Y, teniendo en cuenta que estaba acostumbrada a escribir para mí misma, un poco de presión no me venía nada mal.

Pero el acto II me hacía sufrir. No era ni de lejos tan automático como había sido el I. Yo ya no estaba en la misma situación y las escenas, como es lógico, se estaban volviendo más “adultas”. No explícitas, simplemente adultas. Sentí de nuevo las ganas de huir y me puse a escribir otras historias, que a su vez abandoné a su debido tiempo porque quería volver a estar con el Pavo. (Soy infiel hasta la médula, pero también soy una sentimental.) Entretanto, la vida siguió sucediendo y un acontecimiento me hizo pensar que debía abandonar ese trabajo y esa ciudad.

De país en país

Estamos en 2010. Con la novela bajo el brazo, el chico que se había convertido en mi pareja y yo llegamos al Reino Unido y nos instalamos en una casita con jardín muy cuca, muy fría y muy cara en las afueras de Cambridge. Y no escribí casi una línea del Pavo. Durante esos años me centré en lo que yo consideraba que sería mi carrera profesional y que acabó siendo un fiasco de horas extra, muchas charlas con un cliente estúpido y un estrés que estuvo a punto de destrozarme la mandíbula. Completé otro NaNo casi sin saber lo que hacía, cometí muchas estupideces y en general le dediqué poco tiempo a escribir en serio. Me sentía desconectada; se me ocurrían historias en las que un grupo de gente moría después de confesarse sus penas más indignas. No estaba para el humor más “rosa” (aunque fuera rosa furcia) que requería el Pavo.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Vacas sueltas junto al río: la típica estampa de Cambridge.

Enfermedades y metáforas

Estamos en 2013. Hagamos un flash-forward para decir, simplemente, que mi empresa me ha destinado a Barcelona. Casi al mismo tiempo en que regreso “a casa”, caigo enferma. Me paso un año bien jodido en el que, después de muchas pruebas, me diagnostican una enfermedad crónica, la enfermedad de Crohn.

Dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas que hoy día tendemos a ver la enfermedad como la rebelión de los órganos frente a los castigos a los que sometemos al cuerpo. Sea verdad o mera percepción, en mi caso la rebelión de mi intestino propició que echara el freno al frenesí en el que vivía entonces y me replanteara las cosas. Pensé en cómo quería que fuera a partir de entonces mi vida. Tuve claro que no podía prescindir de la escritura. Y decidí que, ya que era así, necesitaba tomármela más en serio.

Por primera vez pensé en serio en intentar publicar. Nunca lo había visto como la finalidad natural de escribir y todavía me sorprende que haya gente que sí. En mi onanismo literario, el lector era poco más que un elemento ajeno e incomprensible; incluso con el Pavo, todavía pretendía más que nada contar la historia que a mí me habría gustado leer. Sin embargo, me planteé enfocar el proceso de escritura de un modo más ordenado en adelante y tener en cuenta a ese elemento extraño llamado Lector. Aunque mi lector ideal fuese lectora. Aunque mi lector ideal se pareciese a mí como una gota de agua.

Monumento en el monte Carmelo: "El orden de hoy es el desorden del mañana".

Monumento en el monte Carmelo: “El orden de hoy es el desorden del mañana”.

La chica nueva

Estamos en 2014. Barcelona volvía a conectar conmigo de una forma que no habían hecho Cambridge ni Frankfurt. Me volvía a dar tiempo relevante, de ese que otorga ganas de hacer cosas, no de esperar que se pase sin más. Entonces una chica que había trabajado en el mismo sitio de Frankfurt que yo se unió a nuestro equipo en el trabajo y trabamos amistad. Yo, que me iba curtiendo en eso de dar a leer mis obras a la gente sin morirme de la vergüenza y hasta había montado una microeditorial en el proceso, le di a leer alguna que otra maravilla pornográfica salida de mi pluma en unos pocos meses que fue demasiado para ella. Un poco para desairarla y otro poco porque sabía que el estilo sí que se había hecho con ella, le dije: “Pues tengo otra novela a medio terminar que a lo mejor te gusta”.

Fui pasándole el Pavo durante varios meses. Era la primera vez en mi vida que hacía eso: revisaba algunos capítulos y se los enviaba por correo electrónico. Ella se los leía, me comentaba sus impresiones, yo hacía cambios (si era necesario) y seguíamos adelante. Me sentía acompañada, y el hecho de que esta novela sí que le gustara me motivaba mucho. Pasábamos por los capítulos con disciplina y regularidad, que eran dos aspectos que en los años anteriores me habían faltado. Cuando le envié los últimos capítulos del acto I, lo supe seguro: aquello eran dos libros y el primero estaba terminado. Tenía otras obras en la manga, pero gracias a este ejercicio coordinado, el Pavo sería la novela con la que yo intentaría presentarme a las editoriales.

Vender una novela complicada

Estamos en 2015. Pasan muchas cosas. Yo estoy haciendo un máster de edición porque los libros me gustan y me quiero dedicar más en serio a ellos, aunque precisamente por eso sé lo mal que está la industria del libro. Pero como yo en el fondo vivo en el mundo de la piruleta, escribo una propuesta de edición de Un pavo rosa (Acto I) y pruebo suerte enviándosela a varias editoriales y a algunos agentes.

Esta historia ya la he contado en otra entrada, pero resumiendo mucho: o tengo una estrella en el culo o la propuesta me quedó convincente. Envié unas doce propuestas, no más, porque nunca me ha gustado hacer mailings masivos y porque tenía muy claro de entrada que las grandes editoriales iban a pasar lo más grande de mi cara. La mayoría de editoriales no contestaron (no hay tiempo para eso), pero otras se tomaron la molestia de decirme que la industria pasaba por malos momentos (ya) y que no aceptaban autores nuevos. Sin embargo, obtuve varias respuestas que mostraban interés. ¡Glups! ¿Interés?

Un editor me comentó que la idea le gustaba, pero que no le convencía que la historia estuviera ambientada en los años 90. Me invitaba a trasladarla al momento actual cambiando las referencias. (Consideré la posibilidad, pero finalmente la descarté.) Otra editorial me reiteraba que la propuesta les gustaba mucho, que querían leérsela con calma, que… en fin, que la vida es muy complicada, ya lo sé. Hubo una tercera (de la que recibí oferta) y una cuarta, que rechazó finalmente el manuscrito, pero por entonces ya había pasado el tiempo y yo ya había firmado con Meracovia.

La era de Meracovia

Estamos en 2015. A Meracovia llegué por casualidad: era el proyecto editorial de una compañera de máster que parecía sólido y buscaba autores nuevos. La editora se leyó la novela y le gustó, hubo buena química y firmamos un contrato de edición. Después de tanto tiempo, no me creía que todo fuese tan fácil. La gente decía que recibía cientos de rechazos y ahí iba yo, una principiante con mi novela más teen bajo el brazo, y lo clavaba por la escuadra. Además, a Meracovia no solo le gustaba el Pavo, sino que le gustaba el Pavo tal y como era. No querían convertir a Nick en un chico ni trasladar la acción a la época presente. Era una locura y un sueño.

Estamos en 2016. Un pavo rosa (Acto I) sale a la venta en marzo, aunque por temas de retrasos y la Semana Santa en medio, no se empieza a vender de verdad hasta abril. Hype y presentaciones aparte, y alguna otra niña que se me acerca para decirle que le ha gustado, yo me quedo más o menos igual. No me siento distinta, no me cambia la vida. Me pasa un poco como con la virginidad, que yo creía que iba a brillar de todos los colores cuando la perdiese y tampoco fue nada del otro mundo. Estoy contenta, pero tengo que asumir la realidad: formo parte del “grupo de los 2000”. Soy parte de ese nutrido grupo de escritores que se pueden dar con un canto en los dientes si venden 2000 copias de su libro. Y a estas personas no les cambia la vida por publicar una novela. La recompensa, más que nada, es publicarla. Y cuidado con no pasarte el rato dando el peñazo con tu libro o te quedarás sin amigos.

¿Dónde están las cartas de los fans? ¿Es que nadie escribe cartas ya?

Luz al final del túnel

Pero aún queda lo más difícil: la segunda parte de Un pavo rosa. Tras varios años de batalla, sé que es un auténtico león de Nemea para mí, pero ahora que he empezado, no es una opción no publicarla. Más que nada si Meracovia quiere, y, de momento, en Meracovia siguen estando maravillosamente locos.

El problema más grave es que han transcurrido muchos años. Sé mucho de Álex y Nick, pero los personajes han crecido en mi cabeza. Ya no empatizo con tanta facilidad con esa época de locura y confusión. Las escenas que creía cruciales ya lo parecen tanto. Y, como tengo escrito el final, tampoco puedo desviarme demasiado en el camino, porque sé adónde lleva exactamente esa trenza desmadejada de tramas y personajes.

Estamos en 2016, y actualmente estoy repasando el capítulo 22 de Un pavo rosa (Acto II). Sé que esta parte va a exceder los 30 capítulos del acto I, pero también sé que los capítulos son más cortos, así que no creo que quede mucho más larga. También creo que, cuando termine la primera versión, necesitará una revisión más profunda que la primera parte.

Pero sé que voy a acabar y que no va a ser una mierda infumable. Porque ahora tengo presión y yo ya he dicho que, en mi caso, la presión es buena. O porque, a pesar de mis dramas, Un pavo rosa sigue siendo de mis novelas favoritas y sigo sonriendo cuando escribo determinadas escenas. O porque se lo debo a esas personas que han esperado pacientemente hasta que la novela se publicara para saber el final. O porque me lo debo a mí misma después de tantos años. O porque no he pasado por el infierno y he regresado para volver sin algo que contar bajo el brazo.

Ha sido un honor. Gracias por leerme.

There’s a light on in the attic.
Thought the house is dark and shuttered,
I can see a flickerin’ flutter,
And I know what it’s about.
There’s a light on in the attic.
I can see it from the outside.
And I know you’re on the inside… lookin’ out.

—Shel Silverstein

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15 libros que tu hija adolescente debería leer (aunque tú desearías que no)

avt_francoise-sagan_9674Este artículo está en inspirado en 15 libros que tu hijo adolescente debería leer (aunque tú desearías que no).

Si tienes un hijo adolescente que esta en ese difícil momento de crecer, dale un libro que va sobre esos difíciles momentos de crecer. Esa es la filosofía de un artículo que destaca algunos libros de los más clásicos para adultos o jóvenes a punto de serlo. Cuando lo leí me di cuenta de tres cosas: una, había leído más o menos un 70% de las recomendaciones; dos, un 93% de las novelas citadas tenían un protagonista masculino; y tres, el 100% de sus autores eran hombres.

No sé si os habéis dado cuenta de esta tendencia tan clásica y tan literaria. Las novelas sobre chicos adolescentes escritas por hombres suelen considerarse literatura adulta (o literatura a secas) y, por tanto, susceptible de ser prescrita. Mientras tanto, las novelas sobre chicas adolescentes, sobre todo si están escritas por mujeres, suelen considerarse literatura juvenil (o menos literatura). También ocurre con las novelas que hablan sobre la intimidad, el sexo o las relaciones interpersonales: si las escriben hombres, son narrativa general (o narrativa a secas); si las escriben mujeres, son narrativa “femenina” (o menos narrativa).

No me considero prescriptora de nada, pero soy bastante lectora y resulta que me gustan mucho los libros que inciden en esa franja de edad en la que uno debe asumir las responsabilidades de la vida adulta. Precisamente porque me conozco un poco estos libros, creo que, por decirlo de forma educada, la lista original peca de parcial o incompleta. Aquí propongo una lista alternativa que cubra exactamente lo que la otra olvidó: libros escritos y protagonizados por mujeres para jóvenes adultos. Aunque se llama “15 libros que tu hija adolescente debería leer”, en realidad yo también pienso que estos libros son buenos y que debería leerlos cualquiera. Porque hay otro dato curioso: mientras que las mujeres leen libros al margen del género de los autores (es decir, en porcentajes cercanos al 50%), los hombres leen casi en exclusiva libros escritos por hombres. Combatir esta tendencia corresponde tanto a los jóvenes como a todos aquellos que les prescriben libros.

En la elaboración de esta lista he utilizado los mismos recursos que el artículo original: partiendo de “lecturas que plantean dilemas que le ayudarán a formarse” (al adolescente), selecciono 15 libros que, en mi opinión, merecen la pena en general y en especial para esta etapa de la vida. Como dificultad añadida, me he autoimpuesto la exclusión de todos los libros considerados “juveniles”, aunque eso me ha llevado a descartar de entrada obras que me encantan. Además, al igual que el artículo original, dejaré asomar cierta preferencia por alguna obra que se hizo popular en los años 90 (en buena parte gracias a su cóctel de existencialismo, sexo y drogas); incluiré un cómic que trata Temas Serios por eso de meter al menos una novela gráfica; agregaré una autora francesa, contemporánea de Camus, para que se vea que leo a los existencialistas; meteré un libro de relatos de un premio Nobel, aunque no tenga mucho que ver con ritos de paso; añadiré una eterna candidata al Nobel que a mí me gusta mucho, igual que Murakami; y me aseguraré de que hay varios clásicos para que todo el mundo vea que ESTA ES UNA LISTA MUY SERIA.

Estas son mis recomendaciones:

1. La campana de cristal, de Sylvia Plath.

La campana de cristal es la novela clásica de esta gran relatista americana: la única que escribió, en realidad, poco antes de suicidarse. Con un estilo muy personal, nos habla de las experiencias de una chica que trabaja en la industria de las revistas y que lucha contra una depresión que se cierne sobre ella como una “campana de cristal”. La manera en la que Plath describe el mundo adulto y su superficialidad, su sarcasmo y el dolor que rezuman sus experiencias psiquiátricas la convierten en una lectura auténtica y un análisis crudo de la vida adulta.

2. Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.

Es ese libro cuya versión abreviada te hacen leer en las clases de inglés y que merece la pena leerse entero. En él la más salvaje de las hermanas Brontë describe la fuerza de un amor tan visceral y un odio tan terrible que lleva literalmente a la ruina a las familias a las que roza, los Earnshaw y los Linton. La frase que pronuncia Catherine, “¡Nelly, yo soy Heathcliff!”, da una idea de la violencia de las relaciones que se describen en esta obra maestra de la literatura.

3. Nada, de Carmen Laforet.

Con Nada, Laforet ganó el primer premio Nadal de la historia en 1944, cuando contaba tan solo 23 años. La historia de una joven que emigra a Barcelona para estudiar y ve como sus ilusiones se quiebran en una casa sombría, donde todavía habitan las sombras de la Guerra Civil, sedujo a los lectores de la época. Nada, sin embargo, se lee tan bien entonces como hoy; las descripciones impresionistas de Laforet sobre la Barcelona de la época y la agilidad de su estilo brillan con fuerza propia.

4. Puro fuego: Confesiones de una banda de chicas, de Joyce Carol Oates.

Un momento: ¿no se suponía que en esta lista NO había recomendaciones juveniles? Es cierto que esta novela de la eterna candidata al Nobel se ha publicado en algunas colecciones juveniles en Europa, pero siempre ha estado un poco “al límite”. No es de extrañar, porque Puro fuego (Foxfire) contiene un torrente de escenas de violencia gráfica que casi sobrepasa a otras novelas claramente adultas de la autora, como Violación: Una historia de amor o Nosotros los Mulvaney. Puro fuego cuenta la historia de una banda de chicas en los años 50 y su camaradería, forjada para combatir los abusos de los hombres y las injusticias, que degenera en una espiral de violencia que incluye prostitución y asesinatos.

5. La amiga estupenda, de Elena Ferrante.

Los críticos y el público están confusos respecto a la identidad de Elena Ferrante, pero en general se ha metido a ambos en el bolsillo. Este libro es el primero de la llamada “tetralogía napolitana” y habla de los años de infancia de los dos personajes principales, Lila y Elena, en un barrio humilde de Nápoles, ciudad que se convierte en la verdadera protagonista de las novelas. Su título en italiano, L’amica geniale, hacía referencia a la gran inteligencia de ambas chicas, una cuestión que está continuamente en juego en el libro —¿a qué debemos aplicar nuestra inteligencia? ¿Hasta qué punto se nos permite hacerlo?— y que por desgracia no refleja la traducción en castellano.

6. El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys.

Tomando prestado un personaje secundario de una novela clásica británica, Jane Eyre, de Charlotte Brontë, Jean Rhys escribe una especie de “precuela” absolutamente contemporánea acerca de “la loca del ático” y la razón de su encierro. La novela repasa la historia de los criollos en Jamaica y toma prestados varios elementos del vudú y de la propia Jane Eyre para hablar de la desigualdad, la asimilación cultural, el machismo y la pertenencia.

7. Las crónicas de Avalón, de Marion Zimmer-Bradley.

¿Libros fantásticos en esta lista? Sí, ¿por qué no? Igual que a una adolescente interesada por las distopías le puede venir bien leer Los desposeídos, la magistral obra de Ursula K. LeGuin, una amante de la fantasía de inspiración céltica puede encontrar más que interesante esta versión del mito artúrico contada desde la perspectiva de Morgana. Las crónicas de Avalón se componen de cuatro novelas en las que los personajes legendarios cobran una profundidad inusual y en las que se contrapone la caída del matriarcado céltico frente a los valores patriarcales del cristianismo. Zimmer-Bradley fue una de las autoras de fantasía y ciencia ficción más reconocidas de forma internacional, y hoy día sigue siendo alabada por su perspectiva inclusiva del género.

8. Persépolis, de Marjane Satrapi.

La gran novela gráfica de Marjane Satrapi ha sido adaptada al cine y obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, a la vez que desató las protestas del gobierno iraní. Con un dibujo icónico que se basa en la línea clara y el blanco y negro, la autora relata con honestidad la historia de su vida desde su nacimiento en Irán hasta el estallido de la revolución islámica, su exilio en Francia y sus posteriores intentos de regreso al hogar. La revista Newsweek le otorgó el puesto n.º 5 en su lista de mejores libros de no ficción de los años 2000.

9. Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan.

La jovencísima Françoise Sagan saltó a la fama con esta obra semiautobiográfica y con un estilo impecable en 1954, cuando solo tenía dieciocho años. En ella prefiguró buena parte de lo que serían las características de sus obras posteriores: los personajes burgueses y amorales, enfermos de spleen, las relaciones familiares complejas y un mundo que, a pesar de su glamour y su abundancia, esconde turbios secretos.

10. Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxebarria.

No podía faltar en la lista uno de los libros más icónicos de los 90. Posiblemente la mejor novela de la autora, una provocadora nata de la Generación X, Beatriz obtuvo el premio Nadal en 1998 y fue alabada por público y crítica. Es la historia de una joven que huye de su ciudad, Madrid, y del amor no correspondido que siente por su amiga Mónica, para tratar de encontrarse a sí misma en la fría y gris Edimburgo. Una historia adelantada a su tiempo que despliega un torrente de lenguaje coloquial, problemas con las drogas y los amores obsesivos que marcarían muchas obras –y vidas– de la década de los 2000.

11. Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir.

Simone de Beauvoir fue una de las pioneras de la nueva ola del feminismo, catedrática en La Sorbona y pensadora existencialista junto a su compañero Sartre, pero no todo el mundo sabe que también escribía ficción. Tiene varias novelas dignas de mención; por ejemplo, su obra Los mandarines obtuvo el premio Goncourt y describe el incierto panorama ideológico de la izquierda después de la Segunda Guerra Mundial a través de unos personajes que son trasuntos de los propios pensadores existencialistas de la época. Memorias de una joven formal, a pesar de ser una autobiografía (junto a tres otras partes; de Beauvoir no se caracteriza por su brevedad), utiliza tantos recursos narrativos y omite tantas partes de la vida de la propia Simone de Beauvoir que se lee mucho más como un libro de ficción que como una obra documental. Perderse en los pensamientos de una de las mentes más preclaras de la Francia de posguerra, que desde la más tierna edad ya lamentaba ser tratada como un objeto o un animal, es recomendable para cualquiera para quien lo personal sea político y viceversa.

12. Kitchen, de Banana Yoshimoto.

Esta novela breve de la que entonces no era más que una gran promesa de la literatura japonesa incluye muchos elementos similares a las novelas de Haruki Murakami; en particular, los personajes estrambóticos y obsesivos, lo sobrenatural como otra cara de la realidad y el sentido de la maravilla en los lugares comunes. En Kitchen, una chica se muda a la casa de un joven amigo, Yuichi, mientras intenta superar la muerte de su abuela.

13. Relatos africanos, de Doris Lessing.

Doris Lessing (a quien el premio Nobel le sorprendió volviendo a su casa, ya anciana, y dijo “¿a estas alturas?”) pasó gran parte de su vida en una granja en Rodesia del Sur. Sus Relatos africanos, que pueden encontrarse en un solo volumen o en varios (con el título de Cuentos africanos), son una oda a un estilo literario maduro y seguro de sí mismo, a la vez que recogen toda serie de experiencias vividas en estas tierras y pintan un impresionante retrato al óleo del África poscolonial.

14. Claudine en la escuela, de Colette.

Aunque se recuerda a Colette, sobre todo, como una autora de novela erótica, las novelas de Claudine resultan hoy en día más bien cándidas en ese sentido, pero describen muy bien las contradicciones y la doble moral de la sociedad burguesa de la Francia de principios de siglo. En Claudine en la escuela, la decepción sentimental que vive la protagonista al ser rechazada por su profesora marca el resto de su aprendizaje (o desaprendizaje) erótico.

15. Una habitación propia, de Virgina Woolf.

En estos tiempos en los que predomina la lectura ultrarrápida, hace falta un poco de paciencia para leer las obras más reflexivas, como las de Simone de Beauvoir o la modernista-deconstruccionista Virginia Woolf. Sin embargo, la lectura de la exquisita Una habitación propia (a medio camino entre el ensayo, la novela y cualquier otro género) lo merece. Esta obra es vital en tanto que reflexiona sobre el rol de las mujeres en la cultura y su aportación. Se dice que cuando una adolescente la agarra, no la puede soltar. Para bien.

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El eurodance de los 90

Vamos con otra publicación mamarracha y nostálgica para ilustrar la época en la que está situada Un pavo rosa.

Probablemente se recuerden los años 90 como una época musical ecléctica en la que despegaron estilos tan opuestos como la música electrónica, el hip-hop comercial, el pop de las boybands, el desert rock de Foo Fighters o el grunge de Nirvana y sus continuaciones. Cada una de estas cosas daría para una entrada sabrosísima, pero hoy me quiero centrar en lo que se llamó “eurodance” o “dance europeo” y que hoy vuelve a tener cierta pegada bajo el nombre camuflado de “música disco de los 90”.

El eurodance no tiene mucho que ver con la música disco de los 70 u 80. Era una extraña mezcla de estilos house, bases techno y vocales pop que se hizo increíblemente popular allá por la década de los 90. En muchos locales ocupaba el lugar de lo que después sería la “pachanga” y quizá posteriormente el reggaetón. Aunque podemos rastrear sus inicios desde casi finales de los 80, no llegó a ser conocido por el gran público hasta mediados de los 90, cuando llegó al culmen de su popularidad.

Muchas de estas canciones se basaban en la fórmula de base de máquina + chico rapeando + chica en el estribillo, que normalmente se repetía hasta causar perforación de meninges o efecto hipnosis en los cerebros tiernos como los de Álex, Nick y sus amigos. Por algo reinaba en las discotecas con público joven.

La denominación de “euro” es porque fue un estilo que, pese al desconocimiento del gran público, se producía sobre todo en los países nórdicos y la vieja Europa. No exagero: casi todos los grupos que podáis recordar de este palo eran europeos. Muchos estaban incluso formados por integrantes de varias nacionalidades, como el grupo danés-noruego Aqua (responsables del éxito Barbie Girl) o los Vengaboys (Boom Boom Boom Boom, Up & Down). Detrás de ellos había astutos productores alemanes, belgas o suecos que se esforzaban por llevar los temas de las pistas de baile a las radiofórmulas. Y vaya si lo consiguieron…

El eurodance se hizo mainstream con canciones como Bailando, de los belgas Paradisio (a lo mejor la conocéis por la versión de Astrud), o el sorprendente éxito Saturday Night, de la danesa Whigfield. Este último fue un vídeo producido con cuatro perras para una cantante que ya tenía unos años. Nadie esperaba que fuera a convertirse en la canción de moda para niños y mayores y que todo el mundo se aprendería el famoso bailecito, que después sirvió de inspiración para temas como Aserejé.

El eurodance importaba de todos sus estilos y de su reino más vasto, las discotecas, unas letras cargadas de alegría (más bien éxtasis) y de sexualidad explosiva. Y a pesar de ser tan machista como cualquier otro, muchos de sus temas tenían ese toque de que era imposible tomárselos en serio, por lo que en ocasiones surgían éxitos que desafiaban lo normativo sin que nadie se diera cuenta de ello. Como muestra, la canción Shut Up And Sleep With Me, de los alemanes Sin With Sebastian, que si fuera más gay habría sido el tema principal de algún Orgullo.

I love your body
Not so much I like your mind
In fact you’re boring
Pretending not being of my kind
You keep on talking of some girl that I don’t know
When will you shut up and when will we go

Aunque casi todo el eurodance se produjo y escribió en inglés (en ocasiones inglés de Cuenca o de Turín, pero inglés después de todo), hubo algunos cantantes o DJs que se hicieron famosos con letras en otros idiomas. Por ejemplo, el alemán Sash! tenía por costumbre grabar cada tema en un idioma: Ecuador en español, Mysterious Times en inglés, La primavera en italiano y Encore une fois en francés. Y eso solo fueron unos pocos…

A partir de 1997, la popularidad del eurodance fue declinando progresivamente y se metamorfoseó en otros géneros, pero artistas del calibre de Fatboy Slim, Kate Ryan, Katy Perry o la mismísima Lady Gaga hunden sus raíces en este tipo de música, si bien en muchos casos han evolucionado con los tiempos.

Hoy día me pasa a menudo que entro en un sitio y me quedo a cuadros: “¿Están poniendo eurodance de los 90?”. ¡No! La música dance de hoy día, con Avicii o David Guetta, ha vuelto a un punto en el que se parece bastante a lo que había entonces. Más elaborado, más digital, con menos máquina, pero el concepto es parecido: voz melódica sobre música electrónica bailable. No es un mal punto de partida.

A todo esto, si tenéis un local y queréis organizar una fiesta de los 90 con este tipo de música, antes que organizar un aborto vil que acabe no teniendo nada que ver con los años noventa (como me ha ocurrido en la mayoría de fiestas de este tipo a las que he asistido), me podéis pedir consejo. Pese a todo, algunos todavía le tenemos respeto a nuestra adolescencia.

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Y la segunda parte de Un pavo rosa, ¿para cuándo?

Me han preguntado esto algunas veces, así que creo que es mejor dejar constancia de toda mi buena intención al respecto:

El año que viene.

He presionado un poco a la editora para que me presione porque yo trabajo la mar de bien así, con plazos y fechas de entrega. Libertad de creación, musas… Tonterías. Precisamente porque mi musa es caprichosa como pocas, a veces hay que arrastrarla de los pelos. Soy del equipo Picasso o Chris Baty: la inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando.

nosponemosoqué

He dicho que el “Acto II” de Un pavo rosa está escrito en su mayor parte, y es verdad, pero… ¡yo les doy mil vueltas a las cosas antes de terminarlas! Y no habéis visto nada: ¡esta es la carpeta en limpio! La carpeta en sucio tiene mil versiones de la novela, diálogos sueltos, escenas que no sé muy bien si meteré o al final quitaré (como el prólogo del Acto I, que muy bien quitado está), etc.

Ya, sí. Soy caótica. Por eso me vienen bien los planes quinquenales y los plazos.

En general, el Acto II me gusta (y en algunas cosas incluso más que el anterior), pero para mi sorpresa, una de las cosas que más guerra me da son los primeros capítulos. En particular, el orden. Creo que si no lo he replanteado veinte veces, no lo he replanteado ninguna. Con el Acto I tenía clarísimo dónde quería que empezara la historia, pero con el Acto II tengo varias posibilidades (porque, por supuesto, la historia también es fragmentada, muajajá). Solo tengo claro que empezará con la misma palabra que el primero.

Para mí es importante que la “bilogía” concluya relativamente pronto porque el Acto II es la continuación evidente de Un pavo rosa, con los mismos personajes y casi los mismos lugares. Sí que me gustaría escribir en el futuro una novela más sobre Álex y Nick, pero esa ya la veo muy lejana. Incluso podría ser que, llegado el momento, ya no quiera escribir más sobre ellas y use otros personajes. Aun así, el Acto II ya lleva consigo la semilla de esa futura historia… ¡por si acaso!

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Un pavo rosa en la Feria Romántica de Benicàssim

¿Habéis escuchado ya la entrevista que me hicieron Ana Satchi y Carme Pollina en InOutRadio? Me sentí muy cómoda y hablamos de muchas cosas. Es un placer charlar sobre Un pavo rosa y literatura con gente que sabe del tema. Y me encantó la música 😉

¡Ahora hablemos de próximos eventos!

El 24 y 25 de junio estaré en la I Feria Nacional de Novela Romántica en Benicàssim. Que bueno, que yo voy a charlar y a picotear y a lo que surja, pero es evidente que lo que yo escribo solo es romántica desde una perspectiva muy amplia y me pregunto qué tal encajará Un pavo rosa en este ambiente. De hecho, es la única novela homoerótica del programa (aunque no la única discordante; echad si no un vistazo al libro de Perra de Satán).

En teoría, Un pavo rosa es romántica porque el centro de su historia es una relación sentimental que tiene mucho, además, de idealización. En la práctica, tiene bastantes detalles que la distinguen del género romántico tradicional. Empezando por que la relación romántica principal es entre dos chicas, y siguiendo con que la mayor parte del tiempo el lector está más entretenido en reírse de ellas que en compartir sus sinsabores en materias amorosas. Lo que no quiere decir que no lo haga…

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En defensa del género romántico, hace tiempo que sus estereotipos solo conforman la línea más conservadora. Yo voy a Benicàssim a defender una concepción renovada del género. Por ejemplo, la enorme mayoría de las llamadas “homoeróticas” o “novelas LGBT” ya eran románticas de por sí; solo ahora están pasando a integrarse con la romántica en general. En cuanto a la chick-lit, se podrá decir lo que quiera, pero ha ayudado bastante a integrar la comedia con lo femenino y ha producido muchas comedias de calidad protagonizadas por mujeres, algo que nos hacía falta como el comer. Y por último, las mujeres se han apropiado del género erótico, tan denostado, para crear nuevas perspectivas del mismo. Y no, aunque sea lo que más nos llega, no todas tienen que ver con millonarios chiflados…

Quiero romper una lanza por la romántica tal como yo la entiendo: la historia de dos personajes (o más) y su relación. Su atracción. Su afecto. Su odio. Su amor, si llega a haberlo. Muchas de las historias que ponen el énfasis en las relaciones entre personajes son, de alguna manera, románticas por definición. Y el sector más abierto del género romántico ya se ha dado cuenta de esto. Me he topado con muchas fans de la romántica a las que les gusta leer sobre relaciones sentimentales (de todo tipo), pero que están cansadas de los tópicos. Varias chicas me han dicho con Un pavo rosa: “¡menos mal, estaba harta de las típicas historias chico-chica!”. Y no simplemente porque sean chico-chica, ¡sino porque se limitan a repetir lo mismo! Eso aburre hasta a la fan más acérrima del género, y eso que los lectores “de género” siempre tienen una parte a la que le encanta la repetición. ¡Pero no que todo sea exactamente igual, caray!

Creo que todos podemos abrir la mente e impulsar una narrativa romántica más audaz; más creíble, si queréis. Una narrativa en la que no todos los ambientes sean bonitos, en la que las relaciones a veces fracasan, en la que se hable de sexo sin tapujos. ¡Incluso que haya mal sexo! A mí me gusta mucho leer este tipo de historias y creo que en estos contextos es donde florecen los mejores romances (literarios). Al menos, los que a mí me llegan al corazón.

Supongo que siempre seguiré siendo un lobo estepario por esa costumbre mía de mezclar géneros, pero al final voy a tener más en común con las autoras de New Adult y de erótica de lo que creía…

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Fanarts de Un pavo rosa

Por fin he escaneado los fanarts que me dio Cano sobre Álex y Nick. ¡Mirad qué geniales! Eso sí, las texturas de la acuarela se aprecian mucho mejor en vivo y en directo.

Una de las primeras escenas de la novela, vista por el fabuloso Cano.

Una de las primeras escenas de la novela. La conversación entre Cano y yo fue más o menos así: “No sabía si Nick llevaba camiseta o no, en el libro no dice que se la ponga”. Yo: “Er… tampoco dice que se la quite, ¿no?”.

Otro fanart de Cano sobre Álex y Nick.

Otro fanart de Cano sobre Álex y Nick, también cuidado al detalle.

He actualizado la página de Un pavo rosa para incluirlos junto a la canción de Basketball to the Face y la portada inicial épica-ridícula que creó Henar Torinos. Soy muy fan de todas estas personas. Algún día escribiré alguna cosa sobre sus personajes o sus canciones para devolverles el favor.

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Cuando Eurovisión es político y otras mamarrachadas

Ha pasado el festival de Eurovisión de este año como un vendaval y nos ha dejado como ganadora una canción cantada en inglés con cuatro palabras en su idioma en tártaro de Crimea: la ucraniana 1944, de Jamala. Supuestamente está basada en la deportación masiva de los tártaros de la península de Crimea ordenada por el gobierno soviético de Stalin, en teoría por haber sido colaboracionistas nazis. Y si la teoría falla, simplemente porque le salía del nabo.

Eurovisión es la mamarrachada musical que veo todos los años y a la que he logrado aficionar a mis amigos. Nunca me he tomado el concurso en serio, ni siquiera cuando decía que no me gustaba. Creo que lo veo un poco por homenaje a un amigo mío, hoy fallecido, que defendía que había buenos números musicales en el festival (y no le faltaba razón, siempre se cuela algo interesante), y otro poco porque de vez en cuando me gusta desconectar y bitchear acerca de vestidos horrorosos, sonrisas a la cámara, voces desafinadas y bailarines haciendo cosas extrañas mientras el cantante de turno intenta defender lo que a veces es indefendible. Con todo, hay que reconocer que es un magnífico espectáculo.

Eurovisión siempre ha prohibido las referencias a la política en sus letras porque se supone que es un concurso buenrollista, de unión y amor, donde todos los países se llevan bien y aunque haya alguien cosiendo a bombazos al vecino, no lo vamos a decir porque aquí venimos a llevarnos bien. Algo así como la Liga o esos festivales similares de fútbol para los que no nos gusta el fútbol, que también somos legión.

Sin embargo, a veces es muy difícil excluir ya no la política, sino simplemente la actualidad de las letras musicales (aunque el vacío existencial de muchas letras de canciones modernas vendría a contradecirme). Por ejemplo, mientras nosotros nos reíamos de esa referencia a Hugo Chávez del innombrable Chikilicuatre —la chorrada puesta en marcha por La Sexta para reírse del concurso de TVE, que acabó haciéndose tan gorda que tuvieron que enviar al actor a Eurovisión—, la Unión Europea de Radiodifusión consideró que la letra hacía referencia a asuntos políticos y que había que cambiarla. No es que nadie se enterara demasiado.

Este año Ucrania ha ganado no con una referencia a la actualidad, sino al pasado. La letra de 1944, inspirada en la deportación de la abuela de Jamala, se parece a esa serie de televisión en la que parece que hay bollerío pero en realidad está todo en tu imaginación: con una letra que, si la analizas, no dice nada, hace una referencia sutil a toda una tragedia humanitaria que sucedió hace no tanto tiempo. Teniendo en cuenta que Rusia partía como favorita con una canción efectista que llevaba al extremo la interactuación con el escenario, como el sueco del año pasado, esto ha sido un “zas en toda la boca” para los que apoyaban al cantante de la ex Unión Soviética.

Claro, los ánimos están calientes. A Ucrania le ha faltado tiempo para colgarle medallas a la cantante de 1944 y a Rusia le ha sentado como una patada en la entrepierna esa victoria con esa canción que medio se ve, medio no se ve. Dicen que vulnera las reglas, que es política. Si incluimos este tipo de canciones en “política” —y deberíamos, porque las fronteras entre lo público y lo privado son muy tenues—, una se pregunta qué deberíamos pensar cuando Rusia, en 2015 y en plena guerra de Crimea, manda a su cantante Elsa de Frozen Polina Gagarina a cantar sobre la paz mundial. O todas esas veces que Israel, justo cuando la violencia en Palestina se recrudecía, enviaba tiernas canciones con mensajes de entendimiento al festival (“There Must Be Another Way”, 2009). ¿Tendrían que haberlas prohibido también?

Bajo su capa de amor y buen rollo, Eurovisión oculta bastantes sobornos y deja entrever las tensiones geopolíticas de muchos de los países participantes. El año pasado tuvimos el pifostio, rápidamente silenciado, en el que se metió Armenia al enviar un tema (de nuevo supuestamente) sobre el genocidio armenio en la 1ª Guerra Mundial con un estribillo que entona “Don’t Deny“. Vamos, una canción hecha a medida para alegrar las caras de Turquía y Azerbaiyán. Al igual que para el canal oficial ruso la canción de Jamala de este año era sobre “los tártaros que se mudaban”, para esta gente los armenios tenían que ser personas que cambiaban alegremente de casa y saltaban para clavarse bayonetas en la espalda porque les apetecía.

Históricamente, recuerdo ese 2009 en el que no pudo enviarse la canción de Georgia, “We Don’t Wanna Put In”, porque alguien sagaz detectó que ese put in sonaba demasiado como Putin, y a Rusia le faltó tiempo para desplegar toda su maquinaria coercitiva e impedir que la canción de Georgia se presentara en el festival. Razón por la cual los georgianos votan últimamente a Rusia con tanto cariño. En el 2007 también hubo una canción polémica, la de Israel, con ese despreocupado “he’s gonna push the button” que se interpretaba que hacía referencia al pulso nuclear con Irán, aunque la canción no hacía distinciones entre quién iba a apretar el botón y acabó presentándose sin problemas.

Poco afecto hay también entre Chipre y Grecia, dos países que tradicionalmente participan en el festival. En 1976 ocurrió algo muy parecido a lo que ha pasado ahora: después de un año de ausencia por problemas internos y la invasión de la región septentrional de Chipre por parte de Turquía, Grecia reaparece con una canción protesta llamada “Panagia Mou (The Death of Cyprus)” que les sienta a los turcos como una patada en la boca. Esa canción no se vio en la televisión turca.

Pero la “política” en Eurovisión no se ciñe exclusivamente a lo geopolítico ni a los enfrentamientos entre Estados. Últimamente hemos visto muchas canciones sobre el drama de la emigración (desde De la capăt de Voltaj, la canción de Rumanía de 2015, hasta Utopian Land de Argo, la propuesta de Grecia de este año). Sorprende un poco que aún nadie haya dicho mucho sobre la inmigración, un tema con el que Europa tiene un serio problema por la forma en que lo afronta. Quizás porque sería destapar la caja de Pandora.

Por último, el tema LGBT y los derechos sociales siempre han estado muy presentes, teniendo en cuenta que gran parte de los seguidores del festival son homosexuales. Cuando Dana International ganó el festival de 1998 por Israel, lo hizo casi por sorpresa: nadie se había parado a pensar en el logro tan impresionante que suponía que una cantante transexual (repito, representando a Israel) ganara en un festival de semejante calibre.

Lo gracioso es que Eurovisión siempre fue muy gay, tal como demuestran temascomo Samo Ljubezen, de Eslovenia (2002), pero parece que solo somos conscientes de ello desde que ganó Conchita Wurst en 2014 con su combinación de vestido y barba. Desde esos años, hemos tenido pequeñas polémicas como el beso lésbico de Finlandia en 2013 y más chicos/chicas se han besado entre ellos en el escenario, pero lo dicho, es una tontería, teniendo en cuenta que Turquía ya ganaba en 2003 con Everywhere That I Can, esta propuesta de tintes lésbicos. Que dudo que fueran conscientes de ello, pero fue lo que les salió.

Por cierto, que las que realmente se tenían que haber morreado en el escenario fueron las t.A.t.U. en 2003 y al final no lo hicieron. Rusia es un país realmente extraño: por una parte, condena la homosexualidad flagrante; por otra parte, va y tiene un grupo de dos niñas a las que les pide que finjan cometer actos de homosexualidad flagrante, porque eso vende.

Hasta aquí la crónica eurovisiva, pero no la crónica de mamarrachadas. Lo mejor me lo reservo para otra entrada.

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